Autora: MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte
Género: Realismo mágico y costumbrismo

—Macumba hizo sentar a la mujer frente a ella, se embarró bien las manos de la manteca de chancho que tenía derretida en un perol y empezó por el cuello con mucho cuidado y decía:
—Para esto hay que tener estilo, no es cualquiera el que quita una pega o un venteo de medianoche. A mí me lo enseñó mi abuela.
Después bajó por los brazos —la muchacha se retorcía del dolor en el banco de madera— y pasó a las manos, con otro buen embarrijo de manteca de chancho tibiecita. Luego siguió por el estómago, con movimientos que solo ella comprendía; después bajó a los pies con mucha mayor fortaleza y le pasó la manteca por las pantorrillas.
Cuando Macumba terminó, ya estaba empapada en sudor por el gran esfuerzo que había hecho para sacar el cuajo de aire. La mujer, en cambio, quedó con la cara completamente rozagante y recuperada. Por último, le dio un té de llantén.
—¡Quedé como nueva! —exclamó la mujer—. Ya no tengo el estómago revuelto, siento como si un nudo me hubiera bajado hasta los tobillos. ¡Claro que me siento mucho mejor!
— ¿Cuánto le debo? —le preguntó el esposo de la mujer a la yerbera.
—Lo que usted guste.
—Bueno, le voy a dar cinco mil.
—Es mucho. Mejor deme tres mil.
El hombre le pagó y se marchó con su mujer, ya completamente recuperada.
—Abríguese para evitar otro venteo peor —le advirtió Macumba a la mujer como instrucción final.
Era Luisa, la curandera a quien le decían Macumba por el tiempo en que permaneció internada en el hospital durante más de dos años, debido a una enfermedad que casi le cuesta la vida. Las enfermeras le pusieron el sobrenombre de Macumba por su conocimiento acerca de las hierbas, remedios caseros y algunas prácticas relacionadas con la buena suerte, al punto que hasta los mismos médicos del hospital la buscaban para escuchar acerca de aquel conocimiento antiguo. Desde entonces se quedó así, y así fue como su nombre se extendió entre muchos que buscaban ayuda con alguna situación o enfermedad.
Ella sabía que muchas de aquellas cosas pertenecían a creencias de antaño, pero también sabía por qué las hacía: tenía cinco pequeños que alimentar.
—Señor, perdóname. Tú sabes que hago esto para que mis hijos no pasen calamidades. Yo no quiero hacerle daño a nadie. Solo quiero poder alimentarlos para que puedan crecer sanos —solía orar entre dientes.
Cuando no tenía clientes, Macumba lavaba ropa ajena. El padre de sus hijos pasaba largos períodos entregado a la bebida y la responsabilidad de mantener el hogar recaía sobre ella.
Una mañana, una joven llegó a su casa. Su hija mayor fue quien abrió la puerta.
—Mamá, la busca una muchacha.
Macumba salió a recibirla.
—¿Qué se le ofrece, muchacha? Aunque el asunto era más que evidente.
La joven bajó la mirada.
—¿Usted es Macumba? Me la recomendaron.
—Sí, pero mi nombre es Luisa. Por favor, pase y tome asiento. Y dígame cuál es su nombre.
La joven se sentó con dificultad.
—Verá usted, doña Luisa, mi nombre es Lucía, tengo diecinueve años y mi espalda está muy doblada. Hizo una pausa mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.
La joven padecía de cifosis.
—Ni siquiera he podido tener novio. Siento que ningún muchacho se fija en mí por este problema. Me siento muy afligida.
Macumba la observó en silencio. Aquella muchacha no necesitaba únicamente un remedio; necesitaba recuperar más seguridad y esperanza.
—No llore, Lucía. Para eso y más está Dios y para Él no hay imposibles. Vamos a hacer una oración.
Llamó a su hija.
—Aurora, tráigame, por favor, un vaso con agua.
Cuando el agua estuvo sobre la mesa, Macumba colocó una mano sobre la cabeza de la joven y la otra sobre el agua, comenzó a orar con toda la fe que llevaba dentro. Al terminar, le solicitó tomarse el agua para amortiguar el sufrimiento.
—Vea, Lucía. Tenga paciencia y no pierda la fe. Yo quiero recomendarle que repose sobre una superficie plana boca arriba por lo menos dos veces al día, pero no se lastime ni haga nada que le cause dolor. Y, sobre todo, no deje de buscar la ayuda médica que necesita para su condición, ¿qué le ha dicho el doctor?
—No tengo seguro médico… añadió Lucía.
A Macumba se le nublaron los ojos, y una lágrima disimulada se deslizó sobre su semblante. Pensó que ella no era la única que pasaba por situaciones difíciles; después de una larga conversación, finalmente se despidieron.
Antes de marcharse, Lucía le pagó los tres mil colones por la consulta. Se fue optimista pues encontró algo que no había venido buscando y que quizá necesitaba más que cualquier otro remedio: esperanza, apoyo y seguridad.
Pasaron las semanas. En ocasiones no llegaba ningún cliente y el dinero comenzaba a escasear.
—Mamá, necesito dinero para pagar el pasaje del bus para el colegio.
Macumba revisó lo poco que tenía.
—Pues no tengo mucho. Tome estos quinientos colones para el almuerzo y los pasajes. Tenemos que hacer rendir lo que queda.
Por las noches, después de lavar ropa ajena, se arrodillaba junto a su cama.
—Tatica Dios, ayúdame. Ya no hay dinero. Me van a cortar la luz. Mándame mañana a alguien. Es para darles de comer a mis hijos.
A la mañana siguiente, casi como respuesta a su oración, llegó un nuevo paciente. Era un hombre conocido de un barrio cercano.
—¿Usted es doña Macumba?
—Sí, señor. Pase adelante.
El hombre le explicó que tenía un problema de salud que le preocupaba. Macumba lo escuchó y le recomendó algunos remedios caseros. Antes de irse, el hombre le dijo:
—Doña Luisa, mañana le voy a enviar otro paciente. Es un caso muy extraño.
—Está bien. Pero recuerde que, como digo siempre, todo lo que hago se lo encomiendo a Dios; Él es quien tiene la última palabra.
Al día siguiente llegó un hombre mayor acompañado de su hijo. El muchacho tenía una barba abundante y una apariencia muy delgada y débil.
—Este es mi hijo —explicó el hombre— Hace tiempo atraviesa problemas de nervios y períodos de profunda tristeza. Ahora se ha convencido de que si se corta la barba se debilitará y podría enfermar gravemente.
Macumba observó al joven.
—Lo primero es que recupere sus fuerzas. Necesita alimentarse bien y recibir la atención necesaria.
Le indicó la siguiente dieta:
—Apunte, por favor —sugirió Macumba—. Un tazón de sopa de gallina de patio de día de por medio. Por la mañana, un atol de avena tibiecito con tapa de dulce, al que se le debe añadir una yema de huevo fresco. Y cada quince días, un buen caldo de jarrete bien espeso, con guineo y culantro de coyote o bien sopa de frijoles negros si lo prefiere.
El padre del muchacho anotó cada instrucción con lujo de detalle.
—Muchas gracias, doña Luisa.
Después de que se marcharon, Macumba guardó el dinero recibido debajo del colchón. Aquella pequeña cantidad significaba comida para sus hijos.
Esa misma tarde, Macumba atendió a otro hombre que llegó con una fuerte tos. Le recomendó algunas hierbas y le regaló unos tallos de saúco que tenía en su jardín.
Después de despedirlo, sintió un fuerte malestar. Esta vez no pudo ignorarlo. Macumba salió hacia el hospital. Los médicos descubrieron que tenía un padecimiento grave en el hígado. Llevaba meses sintiéndose mal, pero había pospuesto la atención médica porque no podía dejar de trabajar.
Su situación era delicada. Macumba fue internada nuevamente.
Pasaron los días y luego las semanas. Desde aquella cama de hospital solo podía pensar en sus hijos. Una noche, sintiéndose sin fuerzas, se arrodilló. Tenía el cuerpo debilitado y la frente cubierta de sudor. Con lágrimas en los ojos comenzó a orar:
—Señor, si me permites recuperar la salud, te prometo que nunca más volveré a dedicarme a estas prácticas. He buscado la manera de ayudar a mi familia, pero sé que las verdaderas bendiciones vienen de Ti. Si me das otra oportunidad, quiero servirte de otra manera.
Permaneció largo rato de rodillas. No sabía si aquella sería su última noche, pues su estado era delicado.
Al mes siguiente, su hija mayor, Aurora, se graduó de contadora. La joven llegó al hospital con su título debajo del brazo. Al ver otra vez a su madre tendida en aquella cama, comenzó a llorar. Macumba también lloró.
—Perdóneme por no haber podido estar en su graduación.
—No se preocupe, mamá. Tía Jovita nos llevó a vivir a su casa desde que supo que usted estaba hospitalizada. Hemos estado comiendo muy bien.
La joven tomó las manos de su madre.
—Y le tengo otra noticia. Ya terminé la práctica en la Cooperativa de Ahorro y Crédito La Unión. Al gerente le gustó tanto mi trabajo que me dejaron contratada de una vez.
Macumba la miró sin poder creerlo.
—Ahora sí es cierto que usted ya no tendrá que trabajar más porque yo voy a ayudarla. Nunca más tendrá que lavar ropa ajena para mantenernos.
Aquellas palabras llenaron de emoción a la mujer. Pero todavía faltaba superar la prueba más difícil. Ese mismo día debía ser sometida a una intervención quirúrgica de emergencia.
La familia entera esperó en el hospital entre lágrimas y oraciones. Pasadas varias horas, finalmente recibieron la noticia:
—La operación salió bien. Está en sala de recuperación.
Macumba había sobrevivido por segunda vez en su vida. Eso sí, fueron necesarias varias transfusiones y tuvo que permanecer algunos meses más hospitalizada, pero finalmente llegó el día en que pudo regresar a casa, donde la esperaban con gran anhelo.
La casa ya tenía algunos cambios…
—¿Quién arregló las sillas del comedor? —preguntó sorprendida con voz de debilidad.
—Fui yo —respondió su hija Aurora—. Con el dinero de la práctica. Y ahora que tengo trabajo, poco a poco vamos a arreglar esta casa.
Luisa comenzó a llorar y se dijo a sí misma en silencio mustio: “Señor, primero me salvaste la vida y ahora me envías esta gran bendición. ¡Gracias por escuchar mis súplicas!”.
A partir de entonces dejó atrás aquella vida de necesidades y sacrificios, pues sus otros dos hijos varones también comenzaron a trabajar. Empezó a asistir regularmente a misa y dedicó sus días a la oración, mientras sus hijos menores continuaban con sus estudios.
Un año después, una mañana, una joven llegó hasta la casa preguntando por la curandera Macumba.
—Mi mamá ya no atiende pacientes.
—Necesito verla, por favor.
La insistencia de la joven hizo que Macumba saliera. La muchacha la miró con los ojos llenos de ilusión.
—¿Se acuerda de mí?
Luisa la observó detenidamente. No lograba reconocerla. Entonces la joven sonrió.
—Soy Lucía.
Macumba abrió los ojos sorprendida.
—¿Lucía?
—Sí, doña Luisa. La muchacha que vino hace aproximadamente un año buscando ayuda.
Pero aquella joven ya no era la misma. Su espalda había cambiado y su rostro reflejaba una seguridad que antes no tenía. Lucía sacó un pequeño paquete.
—No diga nada, por favor. Solo quería agradecerle. Su hija ya me contó que usted ya no atiende. Le traje este pequeño presente. Es algo sencillo, pero quería darle las gracias.
Luisa tomó el regalo entre sus manos.
—Dios te bendiga, Lucía.
—Dios la bendiga a usted, doña Luisa.
La joven se despidió y se alejó por la calle, caminando de forma erguida y elegante. Luisa permaneció inmóvil en la puerta, contemplándola. Luego levantó los ojos al cielo. Una sonrisa apareció en su rostro.
—¡No cabe duda de que eres profundamente misericordioso, Señor!
Reflexión de la autora: Muchas veces, la literatura funciona como un espejo social; si el reflejo molesta o resulta crudo, no es culpa del espejo, sino de la realidad o del contexto que retrata. Ocultar la pobreza o el abandono bajo una narrativa muy adornada no los hace desaparecer; solo los vuelve invisibles para quienes habitan en una burbuja.