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La Finca Experimental Fernando Varela Zúñiga: un aula viva para la investigación y la conservación

Por: Elsa López / Kimberly Alvarado Matamoros

La Finca Didáctica Experimental Fernando Varela Zúñiga de la Universidad Técnica Nacional, ubicada en el Coyolar de Orotina, en la provincia de Alajuela, con una extensión aproximada de 11,3 hectáreas, este espacio combina áreas de bosque secundario, sistemas agroforestales y cultivos, lo que permite integrar la teoría con la práctica en un entorno real. En el año 2019, la finca fue nombrada en honor a Fernando Varela Zúñiga, en reconocimiento a su aporte al desarrollo institucional, especialmente durante su labor en el antiguo Colegio Universitario de Puntarenas y su participación en el proceso de transición hacia la UTN. Este es un espacio que impulsa la investigación, la conservación y el aprendizaje práctico. Actualmente, la finca continúa desempeñando un papel fundamental como centro de aprendizaje, investigación y vinculación con la comunidad, promoviendo la sostenibilidad y el uso responsable de los recursos naturales.

En este escenario se desarrolla el proyecto Evaluación de la composición y estructura de la avifauna asociada a microhábitats presentes en la Finca Experimental Fernando Varela Zúñiga de la UTN, el cual busca conocer la diversidad de aves y la relación que mantienen con los diferentes ambientes presentes en la finca. Como parte de nuestra práctica profesional, tuvimos la oportunidad de integrarnos a esta investigación, el cual esta llevado a cabo por los profesores: Alejandro Zuñiga Ortiz y Silvia Ramírez Flores.

En este proyecto nos correspondió hacer observación y monitoreo de aves, sistematización información, así mismo, se usaron cámaras trampa para registrar la diversidad de fauna presente en el lugar. Durante el periodo de muestreo con las cámaras se logrado registrar la presencia de diversas especies de fauna silvestre, entre las que destacan el manigordo, oso hormiguero, mapache, zorros, coyotes, zorro pelón, zorrillo y pizotes, lo que evidencia la diversidad biológica presente en la finca. Esta experiencia nos permitió aplicar los conocimientos adquiridos durante nuestra carrera, fortalecer nuestras habilidades en investigación y comprender la importancia de conservar los ecosistemas que forman parte de este valioso recurso universitario.

La práctica profesional desarrollada en la Finca permitió aplicar de manera integral los conocimientos adquiridos durante la formación académica en la carrera de Gestión Ecoturística en el nivel de Bachillerato. A través de las diferentes actividades realizadas, asimismo, el desarrollo de esta práctica facilitó la adquisición de habilidades en investigación, manejo de herramientas digitales, trabajo de campo y análisis de información, aspectos fundamentales para el desempeño profesional en el ámbito ecoturístico.

Los resultados obtenidos evidencian la importancia de la finca como un espacio clave para la conservación, la educación ambiental y la investigación aplicada, así como su potencial para generar estrategias de manejo sostenible que favorezcan la protección de la fauna silvestre. En este sentido, la experiencia no solo fortaleció la formación profesional, sino que también reafirmó la relevancia del turismo sostenible como una herramienta para la conservación de los recursos naturales en Costa Rica.

La Finca Didáctica Experimental Fernando Varela Zúñiga es mucho más que un lugar para realizar investigaciones; es un aula viva que ofrece experiencias únicas de aprendizaje y contacto con la naturaleza. Invitamos a toda la comunidad estudiantil de la Universidad Técnica Nacional a conocer este espacio, recorrer sus senderos y descubrir la riqueza natural que alberga, aprovechando una oportunidad que fortalece tanto la formación profesional como el compromiso con la conservación del ambiente.

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“Thank you, life, for giving me so much.”

Hay historias que empiezan antes de nacer.

En una fotografía antigua, tomada en el país de Chile, dos jóvenes celebran su compromiso y unión, rodeados de familia y sueños, sin imaginar lo que la vida les depara. En esa imagen, detenida en el tiempo, también habita una ausencia: la de Marcela Sepúlveda, tía paterna de Izabella, cuya vida fue arrebatada durante la violencia política del golpe de Estado en Chile. Aunque Izabella aún no había nacido, aquella historia marcaría profundamente la manera en que aprendería a comprender el amor, la paz y la vida misma.

Nacida en San José, Costa Rica, creció en un entorno familiar amoroso, donde la lectura ocupó un lugar central. Su padre leía en voz alta novelas, historias policiacas y leyendas chilenas y costarricenses, sembrando en ella una relación temprana con los libros. Leer no era únicamente un pasatiempo, sino una forma de comprender el mundo. distinta. Introvertida y con dificultad para vincularse con personas de su edad, encontró mayor afinidad fuera de las estructuras formales. En el barrio, entre juegos, árboles y tardes compartidas, construyó un sentido de pertenencia más auténtico. Esa dualidad, entre el mundo interior y la vida social, marcaría su forma de relacionarse con el entorno.

A los once años, su vida se amplió al trasladarse a Canadá junto a sus abuelos paternos. Dos años después regresó a Costa Rica, pero con una mirada distinta. La experiencia le permitió comprender que existen múltiples formas de vivir y de entender la realidad.

Desde sus primeros años, valores como la amistad, el respeto, el compromiso, la puntualidad y la compasión formaron parte de su vida. Con el paso del tiempo, esos valores adquirieron una dimensión más profunda al comprender la historia de su tía paterna, Marcela Sepúlveda. A partir de ello, la paz se convirtió en un valor fundamental: no como una idea abstracta, sino como una convicción profundamente sentida, nacida de la conciencia de que la violencia y la guerra dejan heridas que atraviesan generaciones.

Izabella define su infancia con una palabra: “libre”. Libre de esquemas únicos, enriquecida por la convivencia de diversas tradiciones, formas de crianza y perspectivas de vida que no se contraponían, sino que se entrelazaban.

Con el paso del tiempo, la vida le presentó experiencias decisivas: el nacimiento de sus hijos, Fabián y Fiorella; el proceso de su divorcio; y, en 2025, el diagnóstico de Esclerosis múltiple. Cada una de estas vivencias le permitió descubrir en sí misma capacidades que no había imaginado: resiliencia, adaptabilidad, persistencia y una profunda gratitud.

Su forma de ver el mundo también evolucionó. Lo que suele llamarse madurez, ella lo nombra con humor “viejera”: una manera de elegir con mayor conciencia, de asumir riesgos significativos y de dejar pasar aquello que no aporta sentido.

Hoy, para Izabella, aprender significa no rendirse. Es avanzar, crecer, valorar lo vivido y compartirlo con otros. Su aporte en los espacios que ha habitado se basa en la coherencia: no exigir sin haber intentado primero, reconocer límites y acompañar procesos desde el ejemplo.

En el ámbito profesional, ha desarrollado iniciativas significativas en la Universidad Técnica Nacional, como la implementación de cursos optativos en traducción e interpretación, así como la creación de una instancia institucional dedicada a estas áreas. Estas acciones han permitido ampliar oportunidades para estudiantes y fortalecer el trabajo académico interdisciplinario.

A ello se suma su designación como Traductora Oficial del Gobierno de Costa Rica, un reconocimiento que no solo valida su trayectoria, sino que también conecta con aquella niña que descubrió en la lectura una forma de entender el mundo y de habitar otros lenguajes. En ese logro se entrelazan su historia personal, su vocación y su compromiso por tender puentes entre culturas.

Más allá de sus logros, lo que la motiva a seguir avanzando es la posibilidad de contribuir en la vida de otras personas. No desde la magnitud del impacto, sino desde la disposición constante de darse.

Al mirar hacia atrás, reconoce que los aprendizajes más valiosos han surgido de las experiencias más difíciles: pérdidas, fracasos y momentos de dolor que, lejos de detenerla, le han permitido reafirmar su capacidad de continuar.

Si pudiera dirigirse a su versión más joven, le diría que se tenga paciencia y que aprenda a quererse primero. Porque en ese acto reside la base para todo lo demás.

A quienes hoy enfrentan dificultades, les comparte un mensaje claro: no rendirse. En esa decisión se encuentra la posibilidad de seguir viviendo plenamente.

Hoy, al contemplar aquella fotografía que guarda como símbolo, comprende que su historia está tejida por lazos invisibles que trascienden el tiempo. En ellos reconoce una certeza que atraviesa toda su vida: el amor, incluso en medio del dolor, siempre prevalece.

Haciendo propias las palabras de Violeta Parra:

“Gracias a la vida, que me ha dado tanto.”

 Izabella Sepúlveda

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Mila y la volanta

Autora:  MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte

Código ORCIDhttps://orcid.org/0009-0005-6079-4214

Les voy a contar la historia de Emilia, a quien de cariño le decían Mila. Era una muchacha de veintitrés años, de carácter reservado. Cada mañana bajaba al río a lavar la ropa, aprovechando las primeras horas, cuando aún era de madrugada. En aquellos tiempos, era costumbre lavar temprano para luego atender las faenas del campo.

Después de tender la ropa en las enredaderas y ramas frente al rancho, corría a la cocina y, en el molino, con el saquillo repleto de granos, molía el maíz y chorreaba el café. El olor se esparcía por todo el caserío. Cuando sus padres, Pedro y Clemencia despertaban, la mesa ya estaba servida con cuajada, tortillas y café endulzado con dulce de caña.

Emilia también elaboraba el famoso jabón de chancho, que vendía en todo el caserío los fines de semana. Se encargaba de las gallinas ponedoras, recogía los huevos y limpiaba los corrales. Como sus padres ya eran mayores, ayudaba incluso en la siembra, en la limpieza de granos y semillas, y hasta en el deshierbe de la huerta.

Por la tarde se ocupaba de los remiendos y bordados de vestidos, pantalones y camisas de manta y lienzo; después buscaba leña seca para el fogón. Era callada, reservada y hacendosa. Todos en el caserío admiraban su fortaleza y humildad.

Pedro, su padre, era peón en la hacienda de Tito Vargas, hijo de doña Virginia, la heredera del español don Bartolomé Vargas de la Peña, antiguo dueño de la hacienda conocida como San Bartolomé de los Cafetos. Don Bartolomé fue un inmigrante andaluz que falleció algunos años atrás y dejó la propiedad a su hija Virginia, quien vivía allí con su hijo Tito, de treinta y ocho años.

La familia Vargas de la Peña siempre había sido muy conocida en la zona por su trato cordial y su buena posición económica.

Tito solía pasar por el río con la yunta de bueyes, camino al pueblo, para atender asuntos de la hacienda. En más de una ocasión se cruzó con Emilia. Él la veía ir y venir, siempre ocupada en sus labores.

Un día, Tito se detuvo junto al riachuelo para dar de beber a los animales. Al pasar, Emilia tropezó, y él se apresuró para ayudarle a levantarse.

—Pero si sos Emilia, la hija de Pedro…

Ella le sonrió con timidez y amabilidad y, con un leve gesto, le dio a entender que podía continuar su camino.

Sin saberlo ella, esa misma tarde Tito se presentaría en la estancia, por encargo de su madre, para hablar con don Pedro con toda la seriedad del caso. Debía expresarle el deseo de doña Virginia de que Emilia asistiera a clases con el cura y colaborara en la hacienda bajo su amparo, pues había notado en aquella muchacha callada, trabajadora y recatada, virtudes que no pasaban inadvertidas y eran dignas de admiración.

Emilia, por su parte, aunque sintió una alegría honda en el pecho, siguió en lo suyo, callada, como si no hubiera escuchado nada.

Así fue pasando el tiempo. Emilia estudiaba por la mañana y ayudaba a doña Virginia en la hacienda por las tardes; por las noches colaboraba con su madre. Sin embargo, como la carga de trabajo se volvió pesada, Lupita la vecina empezó a ayudarle más a Clemencia en ausencia de Mila.

Doña Virginia, mujer seria, de buen juicio y ya entrada en años, con los meses fue tomándole un profundo cariño y respeto a Emilia.

Pues era una muchacha de conducta intachable y de buenas maneras, tal como la habían criado Pedro y Clemencia. Mila ayudaba en los quehaceres de la hacienda junto a otras tres muchachas, a quienes Tito y su madre también les brindaban ayuda.

Entre todas, Emilia era quien más destacaba, tanto por su dedicación como por su buen comportamiento: siempre sencilla y humilde.

En la hacienda trabajaban otros jóvenes, como Juancito y Timoteo, quienes también asistían a clases con el cura del pueblo. No todos, sin embargo, mostraban el mismo interés: muchos preferían el trabajo recio del campo, bajo el sol de los cañales, cafetales y sembradíos, sin mayor inclinación por las letras ni la aritmética.

Al cabo de dos años de asistir a clases, Emilia ya dominaba las cuatro operaciones fundamentales: sumar, restar, dividir y multiplicar. Escribía con letra clara y ordenada, y contaba con los conocimientos necesarios para llevar las cuentas de cualquier abarrotería. A ello se sumaban los oficios domésticos, que realizaba en la hacienda con gran esmero y dedicación.

Por tal motivo, Tito y doña Virginia le confiaban, por las noches, el manejo de las cuentas del comercio de la hacienda, donde ponía en práctica todo lo aprendido. Así, además de ganarse algún reconocimiento adicional, podía corresponder, en parte, a la ayuda recibida.

Pasado el tiempo, una de las hermanas religiosas que impartían clases en la casa cural se enfermó, por lo que debieron trasladarla a otra localidad con menos obligaciones. Ante la situación, doña Virginia habló con el cura, don Arnoldo Cascante, para que consideraran a Emilia como su reemplazo.

La noticia llenó de alegría a sus padres. Tanto así que don Pedro dispuso sacrificar una gallina criolla bien cebada para que Clemencia preparara su deliciosa gallina achiotada. Las mejores porciones fueron destinadas para doña Virginia y Tito.

La misma Mencha, como le decía don Pedro a Clemencia, fue a llevarles la cazuela con profundo agradecimiento, casi con los ojos nublados por todo el bien que le habían hecho a Emilia.

En el ambiente todo era alegría y felicidad, hasta que una mañana de diciembre Emilia tomó su bolsa de manta y salió muy temprano a hacer unas compras que le había encargado doña Virginia en el almacén de Chepito Flores. Ese día llegaba el tren de carga con jabón, velas, lámpara de aceite, telas y otras mercaderías. Emilia quería evitar las largas filas y conseguir todo a tiempo, por lo que llevó a Timoteo como acompañante, para que la ayudara con lo más pesado.

Aunque en la hacienda se producía y comerciaba casi todo lo necesario, había cosas que solo podían conseguirse en el almacén: jabón de tocador, con delicados aromas de violetas y jazmín para doña Virginia; la colonia para después del afeitado de don Tito y la Glostora; así como unas hermosas peinetas de carey color ámbar, finamente adornadas, para el cabello castaño de doña Virginia, quien siempre lucía pulcra y elegante.

También debía comprar telas para las enaguas, encaje blanco y lienzos de distintos colores, pues ella misma se confeccionaba la ropa. Emilia cuidaba cada detalle con esmero. En esta ocasión, además, debía traer dos ollas grandes de metal, algunos ungüentos medicinales, vino tinto y coñac.

Al acercarse al almacén de Chepito Flores, Emilia notó el alboroto y la algarabía de una boda. Había tanta gente y tanto movimiento que, sin darse cuenta, quedó detenida en medio del camino, sorprendida y sin saber cómo reaccionar, mientras los demás se apartaban hacia la orilla.

De pronto, la multitud comenzó a hacerle señas y a gritarle:

—¡Emilia, quítese, que viene la volanta!

—¡Emilia, córrase!

Pero ella, en medio del bullicio, no alcanzó a escuchar. Todo ocurrió en un instante. Lo último que vio fue a Timoteo lanzándose hacia ella, intentando apartarla, mientras otros corrían en su auxilio.

Emilia fue atendida por don Eusebio, el boticario, y llevada de regreso a su humilde rancho, con severos golpes y raspones.

Después de varios meses de convalecencia, su pie derecho quedó con secuelas: no podía apoyarlo bien y caminaba con dificultad. Ya no podía ayudar como antes en las faenas que requerían esfuerzo físico. Con tristeza, permanecía en silencio, como siempre, de manera reservada.

Durante las noches, cuando el caserío quedaba en penumbra y solo se oía el canto lejano de los grillos, Emilia permanecía despierta. No se quejaba, pero recordaba el instante del camino, el bullicio, las voces que no alcanzó a escuchar… y el accidente que marcó su vida. No lograba conciliar el sueño: pensaba en su madre, en el esfuerzo de su padre, en la mano generosa de doña Virginia… y en todo lo que sentía que había quedado inconcluso.

Una tarde, cuando ya pudo sentarse junto a la puerta del rancho, vio pasar a unas muchachas del pueblo que iban sonriendo por la calle polvorienta. Emilia las siguió con la mirada, en silencio. Fue entonces cuando comprendió que debía retomar el oficio de la enseñanza en la casa cural.

Días después, cuando el cura Arnoldo Cascante llegó al rancho, Emilia reunió el valor para hablarle:

—Padre… si Dios me lo permite, quiero preparar a los niños y jóvenes de este pueblo.

El sacerdote la miró con atención y ternura. —principalmente a las mujeres —añadió ella— Quiero enseñarles a leer y a escribir.

Don Arnoldo asintió con la cabeza despacio.

—Emilia, tienes toda la capacidad, paciencia y buena voluntad —le dijo—. Les harías mucho bien, porque enseñar también es servir, y en eso siempre te has destacado.

Afuera, el sol caía sobre los cafetales. El cura le dio la bendición y le indicó que, apenas estuviera restablecida, se presentara con las otras dos hermanas en la casa cural.

Cuando Emilia pudo caminar con mayor firmeza, comenzó a enseñar. Llegaban niños de todo el vecindario, con los pies descalzos y curtidos por la tierra; muchos apenas sabían expresarse con claridad.  La tarea no fue sencilla.

La ignorancia, por aquellos tiempos, estaba muy extendida, y no fueron pocos los que perdieron tierras, animales o bienes en manos de hombres letrados que, amparados en su ventaja, vivían de engañar a los más humildes.

Desde entonces, Emilia comprendió que educar era una misión importante que Dios le había confiado, y se dedicó con esmero a enseñar a niños y jóvenes a leer, escribir y contar.

Con los días, doña Virginia le cedió a Emilia una salita en la hacienda para que preparara a las muchachas también en algunas labores domésticas. Las jóvenes, los miércoles después de sus clases en la casa cural, acudían por las tardes a la hacienda. Entre ellas estaba Lupita, la muchacha que ayudaba a los padres de Mila en los quehaceres. Era mulata, de manos fuertes y sonrisa contagiosa.

El primer día, en la clase de cocina, Lupita dejó quemar el arroz de tal manera que el humo salió hasta el corredor.

—¡Jesús, María y José! —exclamó doña Virginia.

Lupita soltó la risa de inmediato:

—Doña Virginia, creo que sirvo más para ordeñar y arrear ganado.

Con la aguja tampoco tenía buen pulso. Sus costuras salían torcidas y desiguales.

—Esto no es lo mío —decía casi llorando.

Fue entonces cuando doña Virginia se integró de lleno en la enseñanza de las más jóvenes en los quehaceres domésticos.

Con toda la experiencia que había adquirido, comenzó a instruir en el oficio del bordado y en la preparación de remedios caseros, convencida de que la enseñanza también debía servir para la vida y el cuidado del hogar.
—No basta con leer —decía—.

Aun así, hasta Lupita llegó a desenvolverse con gran maestría en las labores domésticas bajo la guía de doña Virginia, y aprendió a escribir y leer de corrido con Mila.

Viendo el crecimiento de aquella obra, doña Virginia habilitó un salón más grande en la hacienda y encargó a Pepe, uno de sus peones, la construcción de varios escaños de madera. Con el tiempo, incluso los hombres mayores asistían a clases con Emilia cuando el trabajo del campo lo permitía.

Pero fueron las mujeres y los niños quienes encontraron allí un verdadero espacio para aprender. Así nació una obra que comenzó a transformar la historia: mujeres que antes no tenían acceso al estudio aprendieron y se fortalecieron, cambiando de manera profunda las costumbres y formas de pensar en el pueblo.

Con el tiempo, la fama de Emilia y de doña Virginia se extendió a otros lugares. Un día llegaron emisarios y personas de gran prestigio en busca de Emilia, pues deseaban llevarla a otra región donde pudiera compartir sus enseñanzas con más personas. Habían oído hablar de la paciencia con que enseñaba, de la bondad con que trataba a los muchachos y de cómo procuraba que hasta los más tímidos lograran instruirse y salir adelante.

Doña Virginia guardó silencio. Sabía que perdería a su mano derecha, a Mila, a quien había llegado a querer como a una hija.
Sin embargo, comprendió que Emilia estaba destinada a ser luz y guía para otros, y que su misión no debía detenerse.

Antes de partir, Mila dejó a Lupita al cuidado de doña Virginia, mientras que se llevó consigo a sus padres Pedro y Clemencia, quienes ya eran adultos mayores y necesitaban de su respaldo más que nunca.

El pueblo lloró la ausencia de Emilia, pero su trabajo no se detuvo. La semilla que dejó siguió creciendo: varias mujeres continuaron enseñando en el salón de doña Virginia, y la educación se volvió una parte importante de la vida cotidiana del pueblo.

Los años pasaron. Mila nunca se casó. Su vida fue la enseñanza; su vocación era formar niños y jóvenes. Tito, cada vez que viajaba, la visitaba. Le llevaba encargos de doña Virginia, quien nunca dejó de verla como una hija. Y en el pueblo, nunca la olvidaron.

Emilia caminaba con dificultad desde aquel accidente con la volanta, pero nunca permitió que aquello marcara su destino. Siguió adelante, firme, haciendo lo que más amaba: enseñar. Con el tiempo, fueron muchos los que aprendieron a leer, a escribir y a contar con Emilia.

Así, su vida no se midió por las dificultades que enfrentó, sino por el bien que hizo a los demás.

Reflexión de la autora:

Este relato rinde honor a la enseñanza y a todas aquellas personas que, a lo largo de la historia, lucharon para que la educación llegara a todos los estratos sociales. La salud y la educación deben ser siempre los pilares más importantes dentro de cada sociedad.

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Conociendo el Club de Lectura de la UTN

En la Universidad Técnica Nacional (UTN) existe un espacio que va más allá de lo académico: un lugar donde las historias cobran vida y las personas se conectan a través de la lectura. Hoy, en Un café con Arje, te invitamos a conocer el Club de Lectura de la UTN.

Este club nace en el II cuatrimestre de 2025, gracias a la iniciativa de Guillermo Calvo, de la Biblioteca de Sede Central, quien creó este proyecto con el objetivo de abrir nuevas puertas dentro de la vida universitaria.

 ¿Cuál es la idea del club?

El Club de Lectura tiene propósitos muy claros:

  • Dar a conocer a la comunidad universitaria que la biblioteca no solo ofrece material académico, sino también una amplia variedad de lecturas recreativas. 
  • Generar espacios de socialización, donde la lectura se convierta en un punto de encuentro entre estudiantes. 

Más allá de leer, este espacio permite conocer nuevas personas, compartir opiniones y disfrutar de un hobby que, aunque menos común, sigue siendo profundamente enriquecedor. Además, puede complementarse con otros intereses como el deporte o actividades culturales, formando una experiencia más integral.

Un espacio para encontrarnos

El club busca ser ese lugar donde podemos desconectarnos de la rutina académica, relajarnos y ¿por qué no? encontrarnos entre nosotros mismos y con otros.

Es también una opción recreativa diferente, que cubre otros intereses dentro de la comunidad estudiantil y visibiliza todo lo que la biblioteca tiene para ofrecer.

¿Cómo funciona?

  • Días: miércoles y jueves 
  • Hora: 5:00 p.m. a 6:00 p.m. 
  • Lugar: Salas de estudio grupal dentro de la biblioteca de Sede Central, con posibilidad de hacer encuentros virtuales.
  • Lecturas: Principalmente cuentos 

Además, el club cuenta con una antología digital, lo que facilita el acceso al material y permite mayor alcance y practicidad para los participantes.

¡Una invitación abierta!

El Club de Lectura es más que un grupo: es una invitación a retomar el hábito de leer, a compartir ideas y a construir comunidad.

Si estás buscando una forma distinta de pasar tu tiempo, conocer personas con el mismo gusto por la lectura y descubrir nuevas historias para enriquecer tu experiencia lectora, este espacio es para vos.

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Más allá del espejo

Ilustración digital generada con IA

Autora:  MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte

Género: Ciencia ficción y suspenso psicológico con enfoque espiritual

Cada noche, antes de dormir, Neferet se sentaba frente al hermoso espejo de su habitación para cepillar su cabello rubio. De marco dorado y estilo gótico, estaba colocado junto a una elegante mesa de tocador.

Neferet era una adolescente de rasgos agraciados. Su cabello largo caía suavemente alrededor de su rostro, enmarcando una mirada dulce y serena. Había en ella una belleza casi inadvertida. Su madre le había dado el nombre de “Neferet”, inspirada en la reina Nefertiti, que significa “la que trae belleza y bondad”.

Su cama estaba frente al espejo. Neferet solía dormir con la ventana abierta, por donde entraba el aire fresco. A su lado, una lámpara de mesa proyectaba una luz tenue que evocaba un ambiente de calma.

Sin embargo, esa noche no lograba conciliar el sueño. Del espejo emanaba una luz inquietante, y el calor era tan intenso que, aun con la ventana abierta, no se movía ni una sola hoja en el jardín contiguo a su alcoba.

La luz se intensificaba poco a poco. Neferet sentía su cuerpo ligero, mientras una opresión en el pecho le dificultaba respirar. Era como si una fuerza la empujara hacia el espejo. Intentó moverse, pero le costaba reaccionar. Con algo de esfuerzo, logró salir de ese estado.

Al despertar, se incorporó lentamente. Le pareció que había sido una pesadilla. Pero entonces notó algo inquietante: la superficie del espejo giraba en espiral, como un vórtice que conducía a otra dimensión.

Atónita, extendió la mano y sintió cómo sus dedos se hundían en la superficie del espejo, como si quisiera atravesarlo. En cuestión de segundos, todo desapareció. Cuando volvió en sí, estaba en su dormitorio y el espejo había recuperado su forma normal.

Confundida, trató de entender lo ocurrido, pero no encontró explicación. Pensó, una vez más, que todo formaba parte de la misma pesadilla.

A la mañana siguiente, Neferet se preparó para ir al colegio. Después de ducharse, encontró a su madre, Dafne, en la cocina, esperándola con el desayuno.

Comió con prisa, tomó su merienda y salió hacia el garaje, donde su padre, Sebastián, la aguardaba para llevarla al Instituto Tecnológico Kepler.

Antes de partir, él le dio un beso en la frente y se despidió. Neferet lo vio alejarse en el vehículo hasta desaparecer en la esquina.

En ese instante vio a una joven cruzar la calle. Al principio no le prestó atención, pero algo la hizo detenerse. La miró con más atención… y se quedó pasmada: era idéntica a ella. La joven levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Durante un instante, ambas se observaron con desconcierto.

Cuando logró reaccionar, corrió hacia la esquina, pero ya era tarde: la desconocida subía a un autobús.

Neferet quedó aturdida. Nunca había visto a alguien tan parecido a ella. Pensó que tal vez se trataba de una extraña coincidencia.

Más tarde, durante la clase de Química, logró apartar de su mente lo ocurrido y continuó con sus actividades habituales. Al finalizar las clases, iría al gimnasio con algunas compañeras del curso.

Neferet aún no le había comentado nada a su madre sobre lo ocurrido. Pensó que tal vez se debía al estrés de los exámenes finales y prefirió no darle importancia.

Además, no quería preocupar a Dafne. Su madre cumplía largas jornadas en el hospital y, en las últimas semanas, incluso había tomado turnos extra durante la madrugada.

Todo aquel esfuerzo tenía un propósito: ahorrar para el viaje de graduación que deseaba regalarle. La joven sabía que regresaba a casa demasiado cansada como para añadirle inquietudes que quizá no eran más que producto de su propia imaginación.

Una semana después, Neferet volvió a percibir la misma sensación extraña al mirar el espejo. Aun así, le restó importancia e intentó dormir, pues al día siguiente tenía examen de Física y el cansancio empezaba a vencerla. Necesitaba descansar.

A la mañana siguiente, durante la clase de Física, la profesora Valery recogió los exámenes y anunció:

 —Hoy comenzaremos a ver algunos principios de la física cuántica. Antes, repasaremos ciertas ideas que nos ayudarán a comprender mejor estos conceptos.

El tema despertó de inmediato el interés de Neferet. Siempre se había sentido atraída por ese tipo de conocimientos y, en otra ocasión, había leído con especial interés sobre el tiempo y el universo.

Al llegar la noche, ya más descansada tras los exámenes, Neferet pensó que por fin podría dormir con tranquilidad. Sin embargo, apenas logró conciliar el sueño, un ruido la despertó.

En la penumbra de su cuarto, el espejo volvió a emitir aquellas luces extrañas. Vencida por el cansancio, terminó por caer en un sueño profundo.

La escena cambió de inmediato. Todo a su alrededor se volvió confuso y agitado. Frente a ella apareció una mujer vestida con un elegante atuendo antiguo.

Era ella misma… solo que con unos quince años más.

De sus manos se aferraban dos niños, mientras varias personas los apresuraban a avanzar. Cruzaban un muelle a toda prisa para abordar una embarcación que se agitaba sobre aguas inquietas. En el ambiente se percibía una atmósfera de tensión e incertidumbre.

El viento y la humedad del mar golpeaban su rostro. Aun así, no soltaba a los niños, debía protegerlos.

Al despertar, la inquietud permanecía. Sintió el impulso de seguir durmiendo para comprender lo que había visto, pero el sonido del despertador la obligó a reaccionar. Debía apresurarse si quería llegar a tiempo a la clase de Física.

Ese mismo día, por la tarde, recibió un aviso por correo de la Clínica Odontológica Oradent, en el que se informaba sobre su cierre temporal debido a trabajos de construcción en la esquina contigua.

—Neferet —comentó Dafne, desechando el mensaje—, quizá debas hacerte la próxima limpieza en la clínica dental a la que asiste tu tía Emma. He oído que es muy buena. Si quieres, mañana llamo y te agendo una cita.

Absorta en su lectura en la terraza, Neferet respondió con un ligero movimiento de cabeza.

—¿Qué lees? —preguntó Dafne.

—Física cuántica y metafísica —dijo ella, mostrando los libros.

—Demasiado para mí —murmuró su madre antes de ir a la cocina.

Una semana después, llegó el día de la cita. Mientras hojeaba revistas en la recepción junto a su madre, una sensación inquietante la invadió. La disposición del lugar, la ventana, la sala de espera… todo le resultaba muy familiar, como si ya hubiera estado allí.

Se acercó a la ventana. Afuera se extendía un parque repleto de palomas de Castilla, con la cúpula de la iglesia y varias casas al fondo. Todo le resultaba extrañamente conocido.

Al salir del consultorio, Dafne notó su expresión inquieta.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Me gustaría seguir viniendo aquí —respondió Neferet con una leve sonrisa. Sin embargo, al detenerse frente a la fachada, un escalofrío le recorrió la espalda. A pesar de no conocer ese lugar, volvió a sentir la certeza de haber estado allí antes.

Ya era tarde y debía asistir a su clase de Química. Aunque no le interesaba tanto como la de Física, debía estar atenta a la entrega de resultados. La cercanía de su graduación la mantenía ilusionada, hasta que Dafne la tomó del brazo y le abrió la puerta del vehículo.

—A clases, señorita —dijo su madre.

El mes de noviembre avanzaba cargado de compromisos, como antesala a la graduación. Aprovechando el interés de la clase, la profesora Valery propuso una breve discusión sobre fenómenos inexplicables, alimentada por los comentarios habituales entre los estudiantes.

La sesión transcurrió entre anécdotas y preguntas sin respuesta. Al terminar, Neferet le pidió unos minutos.

Se quedaron en la cafetería del instituto. Valery pidió un café; Neferet apenas dio unos sorbos a una infusión de azahar mientras reunía valor para hablar. Finalmente, le contó sobre sus sueños y las sensaciones extrañas que la habían acompañado en los últimos meses. La profesora escuchó con atención, sin interrumpirla.

—Es posible que estés bajo mucha presión —explicó la profesora Valery—. La mente puede reaccionar de formas inesperadas. Aun así, hay conceptos que podrían ayudarte a comprender lo que sientes.

En ese momento, la lluvia comenzó a golpear con fuerza los ventanales.

—Por ejemplo, los espejos —continuó—. A lo largo de la historia se les ha atribuido un significado especial: no solo reflejan la imagen, sino que, en algunos casos, también pueden alterar la percepción de quien se mira. En muchas culturas se cubren durante el luto o se evitan de noche, porque se cree que poseen fuerzas extrañas… aunque esto responde más a creencias místicas. Desde una mirada racional, funcionan como estímulos que pueden intensificar la sugestión, sobre todo en estados de estrés.

Hizo una breve pausa antes de seguir.

—Sobre esa otra versión de ti que mencionas, la ciencia no contempla que existan dos personas exactamente iguales. Sin embargo, existen teorías que hablan de múltiples realidades. Aunque no son comprobables en la práctica, forman parte de modelos teóricos que intentan explicar la naturaleza del universo.

Neferet la escuchaba con atención.

—Y esa sensación de haber estado en un lugar antes… se conoce como déjà vu. Suele ser una respuesta del cerebro ante información procesada de forma irregular. Es más común de lo que crees.

Valery sonrió, como para aliviar la tensión.

—Nada de esto indica que haya algo fuera de lo normal. El estrés, los cambios y el final del curso, con la graduación cada vez más cerca, pueden hacer que todo se perciba con mayor intensidad.

La conversación se diluyó mientras la lluvia se hacía más fuerte. Neferet permaneció en silencio, tratando de procesar la información.

Al despedirse, agradeció a la profesora y salió de la cafetería. Al llegar al automóvil, su padre le ofreció la chaqueta.

Desde el interior, miró a través del vidrio empañado mientras las gotas descendían con fuerza, deformando los edificios a su alrededor.

Noviembre y diciembre transcurrieron veloces. Neferet concluyó con éxito su quinto año en el Instituto Tecnológico Kepler, cerrando el ciclo con un memorable recital de piano que conmovió a todos los presentes.

Tras la graduación, la familia se dedicó a los preparativos para el viaje a Perú.

El domingo en la tarde, después de la misa de acción de gracias por haber terminado el quinto año, Neferet encontró finalmente el valor para contarle a su madre lo que le había estado ocurriendo: las pesadillas, las sensaciones extrañas y todo aquello que no lograba comprender. Dafne la escuchó con dulzura y trató de tranquilizarla.

—No hay nada de qué preocuparse, hija. Dios tiene el control, y lo que has visto no es más que construcciones mentales, a veces influenciadas por nuestra imaginación. Estoy segura de que eso es todo: simples sueños sin importancia. Te aconsejo que hagas una oración al acostarte y al despertar, como solías hacerlo de niña. Recuerda que siempre te he dicho que la oración nos protege y nos llena de fortaleza.

—Ahora, mi “bella durmiente”, prepárate porque mañana salimos muy temprano. Tu padre ya tiene los boletos para el viaje a Perú. Rodeada de esas montañas imponentes, te olvidarás de todo. Recuerda que ya eres toda una bachiller y que pronto empezarás la universidad.

Ambas salieron abrazadas de la iglesia, llenas de optimismo. Mientras caminaban hacia el vehículo donde Sebastián las esperaba, Neferet experimentó una liberación profunda. Se sentía segura y decidida, lista para emprender uno de sus anhelos más grandes: conocer el imponente paisaje de las ruinas incas.

Al llegar a casa, sentía que aquel capítulo se cerraba ante sus ojos. Dejaba atrás las aulas y la rutina de los exámenes de graduación; ahora el tiempo le pertenecía para decidir, sin prisa, su ingreso a la universidad y elegir entre la Física, la Arqueología o la Docencia… hasta que el llamado de su madre interrumpió sus pensamientos.

—Duerme, cariño. Mañana salimos temprano.

A través de su ventana, las estrellas brillaban con una claridad inusual. Se acomodó bajo la frazada e hizo una larga oración de agradecimiento y de protección, tranquila por primera vez en mucho tiempo. Las pesadillas parecían haber quedado atrás.

Al apagar la lámpara, un destello cruzó la superficie del cristal, pero Neferet ya dormía profundamente, ajena a toda inquietud. En las últimas semanas había alcanzado mayor madurez, confianza en Dios y seguridad en sí misma; el espejo ya no ocupaba lugar en sus pensamientos.

Así, entre la calma y la esperanza, se abría un nuevo horizonte ante su vida.

Reflexión de la autora:

A menudo creemos que lo que no podemos percibir o comprobar con nuestros sentidos no existe; sin embargo, vivimos rodeados de fuerzas invisibles. Hay experiencias que escapan a nuestra comprensión.

La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Dios siempre nos cuida y, a través de la oración, encontramos paz, fortaleza y dirección.

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Transformando la Práctica Docente: Guía Esencial para la Investigación Educativa en la UTN

La Universidad Técnica Nacional (UTN) ha desarrollado una herramienta fundamental para su cuerpo docente: la Guía para la Formulación de Diseño de Investigación. Este recurso surge como una respuesta estratégica para fortalecer las competencias investigativas en el marco del rediseño curricular de las carreras de Bachillerato en Enseñanza de Especialidad Técnica y Licenciatura en Mediación Pedagógica. Su objetivo principal es orientar la creación de anteproyectos de investigación que cumplan con los estándares de la Vicerrectoría de Investigación.

Estructura y Formato Profesional

Para garantizar la rigurosidad académica, la guía exige que los documentos sigan los lineamientos del estilo APA, séptima edición. Esto incluye el uso de fuentes específicas como Times New Roman (12 pts) o Arial (11 pts), interlineado doble, márgenes de 2,54 cm en todos los lados y una sangría de 1,27 cm al inicio de cada párrafo.

Componentes Clave de una Propuesta Exitosa

El documento detalla los elementos que configuran una propuesta de investigación robusta, entre los que destacan:

  • Título y Resumen: El título debe ser claro, creativo y no exceder las 15 palabras. Por su parte, el resumen (máximo 500 palabras) debe sintetizar el qué, cómo y los resultados esperados del estudio.
  • Justificación e Impacto: Se debe explicar la relevancia de la propuesta, vinculándola con las áreas estratégicas de la UTN, los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y su impacto social, económico o ambiental.
  • Antecedentes (Estado de la Cuestión): Consiste en una revisión exhaustiva de fuentes académicas para identificar vacíos en el conocimiento y justificar la necesidad del estudio. Se recomienda una extensión de 3 a 6 páginas para este análisis comparativo.
  • Marco Teórico y Problema: El marco teórico debe ser un diálogo entre teorías y conceptos, no una mera lista de citas. El problema de investigación, generalmente en forma de pregunta, define el norte de la indagación.

Metodología y Objetivos

La guía enfatiza que el objetivo general debe estar íntimamente relacionado con el problema, mientras que los objetivos específicos (máximo tres) detallan los pasos para lograrlo. En cuanto a la metodología, se debe especificar el enfoque (cualitativo, cuantitativo o mixto) y el alcance (descriptivo, exploratorio, etc.), describiendo claramente las fases de planificación, inmersión y análisis.

Un punto relevante es la distinción técnica en el análisis: las investigaciones cuantitativas suelen trabajar con hipótesis y variables, mientras que los estudios cualitativos emplean categorías analíticas.

Difusión de Resultados

Más allá de la investigación interna, la UTN promueve una estrategia de difusión orientada a la publicación en revistas científicas externas de alto impacto bibliométrico. El propósito es evitar la endogamia académica y asegurar que el conocimiento generado sea transferido y validado por la comunidad científica internacional.

Finalmente, toda propuesta debe incluir un cronograma, presupuesto y las referencias bibliográficas actualizadas, asegurando la viabilidad y transparencia de la labor investigativa.

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Poemas

Lucía Gabriela Vindas Vargas, mejor conocida como “La Bruja Poética”, es una poeta costarricense apasionada por todas las manifestaciones artísticas y por los temas esotéricos y espirituales. Comenzó a escribir poesía en su adolescencia, participando en concursos estudiantiles, y desde entonces ha sido invitada a diversos recitales y actividades culturales; sus escritos han sido difundidos en programas de radio, revistas culturales y sitios web literarios, tanto nacionales como internacionales. Ha sido publicada en múltiples antologías —incluyendo tres a nivel nacional y cinco a nivel internacional (en países como Argentina, Chile, Colombia, España, Guatemala, Italia, México, Perú y Venezuela). En 2023 publicó su primer poemario titulado Tríptico de mí, y en 2024 obtuvo el segundo lugar en el Festival Internacional de Poesía “La Estación del Arte”, en Madrid. Más información en este enlace: https://biolink.website/LaBrujaPoetica

Mujer*

Soy mujer, he nacido,

tengo emociones y palabras.

Yo exijo, por lo tanto,

que me dejen usarlas.

No soy un ángel: soy una mujer

(sin comparación a más nada).

Pero exijo una sociedad sin estereotipos,

y justicia para mis hermanas.

No pido promesas vacías

que perecen en una hoja blanca.

Pido comprensión, equidad,

autonomía, sororidad y paz en mi casa…

Soy mujer, es decir,

humana con derechos y libertades.

Y exijo, por lo tanto,

que me dejen usarlas.

*Este poema fue escrito inspirado en el poema “Hombre” de Jorge Debravo

Habitar la poesía*

Es recorrer esa casa de la memoria,

a la que se acude como un lugar seguro

lejos de la realidad que perfora nuestros ojos;

donde los sonetos son calmantes para el dolor

y nos cubrimos las heridas

con los versos que un día dejamos inconclusos.

Habitar la poesía

es trazar una ruta profunda,

desde nuestra alma hasta nuestra mente,

es orquestar una sinfonía

entre lo efímero y lo eterno,

y convertirse en alquimista de las palabras.

Habitar la poesía es vivir diariamente,

en una permanente, pero desafiante

coexistencia con el verbo,

descubriendo y describiendo,

en un mundo a veces tan sombrío como la muerte,

la singular belleza de las cosas.

*Con este poema gané el segundo lugar en el Festival Internacional de Poesía La estación del Arte 2024

Septiembre

Con la calma de un lirio

te esperan mis manos,

confiando en un setiembre

en que rebosen de tu esencia;

donde mis labios encuentren un pretexto

para cantar en tu espalda,

para escribir sonetos

y danzar entre caracolas;

donde mi piel respire la tersura de tu nombre,

y mis tatuajes se pueblen de tus sonidos.

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Noche de espantos

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte.

Toño González y Jovel Arroyo eran habilidosos bailarines y los solterones más galanes de la zona. Todos los sábados bajaban a caballo al centro de la provincia de Alajuela a malgastar el jornal ganado tras una ardua semana en los cafetales de las faldas del volcán.

Una noche de esas en que la pachanga se alargaba, después de una buena juerga, encontraron en Desamparados de Alajuela un salón de baile, abierto a muy altas horas de la noche, que nunca habían visto en aquel oscuro lugar, por lo que decidieron entrar para cerrar con broche de oro aquella tremenda farra. 

El sitio era extraño, envuelto en una atmósfera cargada y bañada por una luz tenue y grisácea. Del centro brotaban chorros de humo denso y, entre la neblina, aparecían de la nada mujeres de mediana edad ataviadas con trajes decorados con plumas de faisán. Aunque los escaños resultaban excesivamente cómodos, el lugar no dejaba de sentirse lúgubre y tétrico.

Cuando ya el baile había calentado y estaban al máximo de embriaguez, les servían tragos de licores finos y para rematar gallos de bocas exquisitas, pero lo que más les llamaba la atención, era que las anfitrionas de aquel salón nocturno eran sólo mujeres, bastante bellas por cierto.

Después de largas horas de estar comiendo y gozando de aquellos suculentos bocadillos, en compañía de aquellas hermosas damas, Jovel notó algo extraño y era que las bocas a pesar de ser sabrosas, no tenían sal, fue así como al momento que Jovel externó tal apreciación en voz alta a sus compañeros, que el enigma se desvaneció por completo.

De pronto, se percataron de la verdad; no había salón, ni luces, ni damas. Estaban en la oscuridad de un lote baldío, sentados en el barro y bajo unos palos de guayaba, comiendo cagajones de yegua, rodeados de bestias desbocadas que no paraban de relinchar, al fondo del terreno sus caballos amarrados a las ramas, se agitaban espantados y hacían también gran relincho y alboroto, pues ellos en su instinto animal sabían que esas apariciones no eran de este mundo.

Relatos antiguos, cuentan que aquellas hermosas mujeres que servían en el misterioso salón eran espantos que salen por las noches para perder a las almas callejeras, y como la sal se utilizaba antes para espantar los malos espíritus, según las creencias y supersticiones; apenas Jovel lo mencionó, con solo decirlo, el espejismo se deshizo y el salón se desvaneció en la penumbra de la noche.

Nuestros gallardos jinetes, vueltos ya en razón, montaron sus caballos y escaparon de aquel terreno baldío a todo galope. No volvieron la vista atrás, temiendo encontrarse con las yeguas ya transfiguradas en seres horripilantes; tal fue el espanto que, desde aquella noche, Toño y Jovel le dijeron adiós para siempre a la vida nocturna…

Reflexión de la autora: Las historias que se suscitaban en los cafetales y los caminos rurales de nuestra tierra son mucho más que simples relatos; son la esencia de nuestra identidad. «Noche de espantos» nace del deseo de rescatar esas voces de antaño, donde lo cotidiano se entrelaza con lo sobrenatural y el misticismo.

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Agustina la rezadora

Autora:  María Chacón Eduarte.

¿Quién fue Agustina?

Muchos te recordarán como la rezadora de fe inquebrantable: mujer de rezos largos, de corridos cantados a pulmón abierto y de verdades descalzas.

Esta es la historia de una mujer sencilla, olvidada por muchos, pero jamás borrada de la memoria.

Como un endeble y difuso rastro de la mujer recia y maciza que fue alguna vez, alejándose por el camino a paso lento y vacilante, vencida por el cansancio, avanzaba doña Agustina; con los pies resentidos por el peso de los años y el trabajo duro sostenido durante toda su vida.

Solía vestir con estricta pulcritud.  Su espalda dibujaba una pronunciada curvatura que marcaba su silueta y, a su paso, dejaba un tenue aroma a agua de rosas, proveniente del botecillo que había comprado años atrás y que aún conservaba con gran recelo, a pesar de las limitaciones.

Los domingos salía de visita a casa de su hermana y, de vez en cuando, era contratada como rezadora. Su rezo era de antaño, a todo pulmón, colmado de cantos, ruegos incansables y responsos; tan prolongado que terminaba por vencer el cansancio de más de un devoto. Nunca cobró, lo hacía por mérito propio y dejaba a conciencia el reconocimiento que quisieran ofrecerle en señal de pago.

Durante los rezos del rosario nunca faltaba el bizcocho casero, el café chorreado, el tamal de elote y algún picadillo de papa o arracache, que se compartían al final entre murmullos y agradecimientos.

Agustina también se había dedicado a hacer corridos, como remembranza de sus tiempos mozos, subida en tarimas proselitistas durante campañas electorales, allá por el año de 1953. Así fue como se convirtió en una destacada declamadora, acostumbrada a recitar extensos corridos y poesías de su propia autoría, con gran facilidad y agrado para quienes la escuchaban.

Era una mujer de espíritu alborozado, alegre y optimista, independientemente de las adversidades que estuviera atravesando. En sus momentos de soledad escuchaba canciones de Javier Solís, Bienvenido Granda y otros famosos de su tiempo; y los domingos, en el baile de La Polilla, en el Parque Central de Alajuela, era siempre la primera en salir a la pista, como una bailadora incansable, aun con todo y sus achaques.

Vivió sola en su casita, en algún barrio de Alajuela; sostenida apenas con lo indispensable. Así vivió Agustina, ayudando, aunque pareciera imposible, a quien pudo, aun cuando se sacara el propio bocado de la boca, sin más sustento que la caridad, la divina providencia y una pensión del Régimen No Contributivo, que se le esfumaba a medio mes.

Había criado tres hijas naturales. Todas crecieron, se marcharon y formaron un hogar, enfrentando los mismos apuros económicos de tantos matrimonios envueltos en las fatigas de la crianza y esa rutina diaria que apenas les permitía ofrecerle ayuda o compañía.

Así fue como pasó Agustina los últimos años de su vida, en una casa sencilla, escuchando música ranchera en compañía de su lora, que llenaba el silencio con su voz.

 “Agus dame amor” repetía la lora, “Agustina, Agustina”

Fue su única compañía, pues muchas de sus amistades y familiares habían fallecido, y otros se fueron distanciando con el tiempo. La lengua de Agustina era muy franca y no a todos les agradaba que les señalaran las faltas de frente. Decía la verdad sin tapujos, aun cuando incomodara, y en ocasiones la aderezaba con exageraciones nacidas de su imaginación, como quien agrega rabo y cola a una historia, más por el gusto de contarla que por la intención de herir.

De cuando en cuando recibía alguna visita, a la que atendía con esmero, ofreciéndole un pedazo de pan casero ya entrado en días, que sacaba de la estufa sin reparar en su estado. En sus ratos de ocio se la pasaba escuchando canciones rancheras o viendo algún programa nacional en un televisor antiguo, ubicado en la esquina de la pequeña sala. Al caer la noche, se le escuchaba en ferviente oración, prolongada durante horas.

Hacía tiempo que demandaba cariño, aceptación y buen trato, con la esperanza de ser asistida en la vejez. Con los años, su visión se fue volviendo más borrosa y sus manos más lentas, marcadas por los dolores persistentes en los hombros y las articulaciones.  Aun así, lo que encontraba era indiferencia.

Una noche en que la soledad le pesaba más de lo habitual, decidió visitar a una de sus hijas,  con la esperanza de que la invitara a pasar, le ofreciera un café caliente y algunas palabras de afecto. La visita, sin embargo, derivó en una discusión, cargada de reproches antiguos. La alteración fue tal que su hija sufrió una descompensación que obligó a pedir ayuda de urgencia.

Minutos después se escucharon sirenas de patrullas que acudieron al lugar, en medio de la confusión.

En cuanto Agustina escuchó las sirenas, se alejó con premura entre las sombras del vecindario, mientras los ladridos y aullidos de los perros se alzaban en medio del ruido. Agustina terminó cayendo rendida rodeada por los oficiales, y así concluyó el escape.

Pues no había tal persecución, fue solo un malentendido. Tras escucharla con atención, los guardias la dejaron en libertad, obsequiándole un puñado de monedas y billetes que reunieron, luego de oír también algunos ingeniosos corridos y versos que Agustina recitó con gran soltura y desenvolvimiento.

Así regresó a su humilde casa, agotada pero contenta, con lo suficiente para un café caliente y unos bollos de pan casero, satisfecha por los corridos que recitó con tanta gracia.

¡Cómo cuesta con los hijos, una vez criados… hijos criados, trabajos redoblados!, murmuraba Agustina, sentada en su cocina, envuelta en la penumbra de la noche, y sonriendo al escuchar de nuevo la voz de su innegable amiga, la lora, repitiendo: ¡Agustina, dame amor!, ¡Agustina, dame amor!