Omari y Tarig

Autora: MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte

https://orcid.org/0009-0005-6079-4214

Omari y Tarig son dos tiernos niños que habitaban un rincón de la República Democrática del Congo en África Central. Un territorio de montañas verdes, bosques tropicales, ríos, lagos, y pequeñas comunidades, donde también existen zonas transformadas por la agricultura, la minería y los asentamientos humanos.

Es ahí donde trabajaban a su corta edad junto a otros niños, extrayendo cobalto. Debido a su pequeño tamaño, ambos eran enviados a introducirse en galerías subterráneas muy estrechas. Algunas veces con picos, palas o incluso con sus propias manitas extraían de la tierra las rocas donde se hallaba el mineral.

Otras veces debían cargar sacos pesados o palanganas sobre sus espaldas o en sus cabezas recorriendo un extenso trecho hasta llegar a la superficie.

También pasaban horas sumergiendo las rocas y lavando el sedimento en el agua para separar el cobalto del lodo y la arena; en algunas ocasiones, el escuchar el ruido del agua o mirar algún pajarito era motivo de gran satisfacción y alegría, pues la mayoría del tiempo no veían la luz del sol.

Seleccionaban a mano las piedras que contenían el mineral, algo que para ellos al principio resultaba entretenido, pero que con el pasar del tiempo y la monotonía se volvía repetitivo y cansado.

Todo ese proceso lo realizaban sin guantes, mascarillas ni cascos de protección, lo que les ocasionaba tos, y otras veces sufrían alguna cortadura o enfrentaban derrumbes repentinos en los túneles de los cuales salían corriendo sobre sus pequeños piecitos.

Esta historia sucedió hace muchos años, en la antigua provincia de Katanga…Su nombre era Omari, un hermoso niño de ocho años, de ojos grandes y expresivos que reflejaban inocencia y ternura. Su piel era de un tono color chocolate y su cabellera estaba formada por unos rizos muy suaves. Siempre tenía una sonrisa que iluminaba su rostro y que irradiaba mucha dulzura para quien lo mirara.

Era un caso especial, si así podemos llamarlo, porque los niños que trabajan en las minas suelen lucir cansados y tristes debido a la explotación y la pobreza extrema que enfrentan. Sin embargo, Omari siempre se veía optimista y alegre a pesar de su situación.

El mejor amigo de Omari era Tarig, un niño de seis años con quien siempre compartía lo poco que tenía para comer. Cuando nadie los veía, o cuando tenían un momento libre, jugaban durante unos cuantos minutos antes de que el capataz los encontrara y les solicitara que regresaran a la faena.

Al final del día, sus cabellos rizados terminaban polvorientos y enmarañados. Omari y Tarig dormían en un campamento improvisado, sobre el duro suelo sin tan siquiera una manta que los cubriera del frío. Omari le cantaba a Tarig, en medio de su cansancio, una canción que había aprendido en las minas y que se llamaba Shosholoza.

Sus manitas endurecidas y llenas de callos acariciaban el pelo de Tarig mientras los dos se iban quedando dormidos. A pesar del hambre, lograban descansar escuchando el canto y el susurro de los grillos, los búhos y las lechuzas.

Han de saber que Omari y Tarig trabajaban muchas horas al día, a menudo desde el amanecer hasta el anochecer. De vez en cuando recibían pan de yuca, ñame o malanga. Ambos eran niños huérfanos; sus padres habían muerto. El capataz, Bomani, era quien les llevaba comida y era el único que se acordaba de ellos.

Aquella noche, mientras Omari le cantaba Shosholoza a Tarig, tenía tanta hambre que sintió que su cuerpo se elevaba unas cuantas pulgadas del suelo. Sentía el cuerpo rígido; había trabajado tanto y se sentía tan cansado…

Una tarde, mientras Omari y Tarig transportaban unos sacos, en medio de una oscura galería, el suelo se volvió inestable y comenzó a colapsar. Tarig quedó guindando a unos cuantos metros de Omari cuando, de repente y suspendido en el vacío, aferrado con sus pequeñas manos a una raíz que apenas resistía su peso, gritó:

—¡Omari! Ayúdame, amigo, ayúdame!

Omari soltó el saco que llevaba sobre los hombros y corrió hacia él. Se tendió sobre la tierra y estiró sus brazos, pero sus dedos apenas alcanzaban los de su amigo.

Entonces de repente y después de mucha insistencia Omari ya rendido sintió nuevamente aquella extraña ligereza que había experimentado la noche en que cantaba Shosholoza. Su cuerpo comenzó a elevarse lentamente. Primero unos centímetros; después, un poco más.

—¡Tarig, no tengas miedo! Susurró.

El niño extendió sus brazos y, como si una fuerza invisible lo sostuviera, descendió hasta donde estaba su amigo Tarig.

Pero esta vez no estaba solo. Entre el polvo de la mina aparecieron unas figuras luminosas. No tenían aspecto de hombres ni de mujeres; parecían hechas de luz. Uno de ellos tomó a Tarig de la mano y el otro ser sostuvo a Omari.

Y los dos niños comenzaron a subir… y subieron tan alto por encima de la mina, por encima de la montaña, por encima de aquella tierra que durante tantos años había visto su sufrimiento y trabajo. Por primera vez, Omari no sintió el peso de los sacos sobre sus hombros y Tarig tampoco sintió hambre.

Y mientras subían Omari volvió a cantar aquella canción que tantas noches había compartido con su amiguito, la canción “Shosholoza…”

Abajo quedaron las minas, los túneles, los metales y todo lo que los hacía sufrir. Los dos partieron con una hermosa sonrisa porque al fin se sentían libres.

Por último, vieron cómo se acercaban a un lugar maravilloso, lleno de flores, ríos y frutas variadas y de muy buen aspecto, donde otros niños los esperaban para jugar. Ahí reconocieron también los rostros de algunos antiguos amigos de las minas que habían partido antes.

Desde aquel día, se contaba en las minas la historia de Omari y Tarig. Cuando alguien preguntaba dónde estaban Omari y Tarig, los niños de la mina señalaban hacia el cielo.

Ese día abajo, en las minas encontraron unas flores y dos sacos en el lugar donde se derrumbó la mina. Se comenta que alguien puso esas hermosas flores ahí, pero nunca se supo quién.

Sin embargo, todos los que escuchaban la historia lo interpretaban como un símbolo para recordar que ningún niño debe quedar olvidado por el mundo mientras buscan los metales que codician las industrias y se apaga la sonrisa tierna en la penumbra de la tierra, sin juguetes y cargando incómodas herramientas, además del sufrimiento y el hambre.

Reflexión de la autora: En el negocio de la minería alrededor del mundo se vive una profunda crisis humanitaria que ocurre a plena luz del día, ante la vista y paciencia de todos. Es una cruel realidad, dado que el llamado avance científico y tecnológico actual se sostiene, en gran medida, por la sobreexplotación de hombres y mujeres, el trabajo infantil y la violación sistemática de los derechos humanos en los sitios de extracción. Irónicamente, la percepción que se tiene es que nuestra propia humanidad ha decidido darle la espalda a esta situación e ignorar el sufrimiento de muchos inocentes.

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