Hay historias que empiezan antes de nacer.

En una fotografía antigua, tomada en el país de Chile, dos jóvenes celebran su compromiso y unión, rodeados de familia y sueños, sin imaginar lo que la vida les depara. En esa imagen, detenida en el tiempo, también habita una ausencia: la de Marcela Sepúlveda, tía paterna de Izabella, cuya vida fue arrebatada durante la violencia política del golpe de Estado en Chile. Aunque Izabella aún no había nacido, aquella historia marcaría profundamente la manera en que aprendería a comprender el amor, la paz y la vida misma.
Nacida en San José, Costa Rica, creció en un entorno familiar amoroso, donde la lectura ocupó un lugar central. Su padre leía en voz alta novelas, historias policiacas y leyendas chilenas y costarricenses, sembrando en ella una relación temprana con los libros. Leer no era únicamente un pasatiempo, sino una forma de comprender el mundo. distinta. Introvertida y con dificultad para vincularse con personas de su edad, encontró mayor afinidad fuera de las estructuras formales. En el barrio, entre juegos, árboles y tardes compartidas, construyó un sentido de pertenencia más auténtico. Esa dualidad, entre el mundo interior y la vida social, marcaría su forma de relacionarse con el entorno.

A los once años, su vida se amplió al trasladarse a Canadá junto a sus abuelos paternos. Dos años después regresó a Costa Rica, pero con una mirada distinta. La experiencia le permitió comprender que existen múltiples formas de vivir y de entender la realidad.
Desde sus primeros años, valores como la amistad, el respeto, el compromiso, la puntualidad y la compasión formaron parte de su vida. Con el paso del tiempo, esos valores adquirieron una dimensión más profunda al comprender la historia de su tía paterna, Marcela Sepúlveda. A partir de ello, la paz se convirtió en un valor fundamental: no como una idea abstracta, sino como una convicción profundamente sentida, nacida de la conciencia de que la violencia y la guerra dejan heridas que atraviesan generaciones.
Izabella define su infancia con una palabra: “libre”. Libre de esquemas únicos, enriquecida por la convivencia de diversas tradiciones, formas de crianza y perspectivas de vida que no se contraponían, sino que se entrelazaban.
Con el paso del tiempo, la vida le presentó experiencias decisivas: el nacimiento de sus hijos, Fabián y Fiorella; el proceso de su divorcio; y, en 2025, el diagnóstico de Esclerosis múltiple. Cada una de estas vivencias le permitió descubrir en sí misma capacidades que no había imaginado: resiliencia, adaptabilidad, persistencia y una profunda gratitud.
Su forma de ver el mundo también evolucionó. Lo que suele llamarse madurez, ella lo nombra con humor “viejera”: una manera de elegir con mayor conciencia, de asumir riesgos significativos y de dejar pasar aquello que no aporta sentido.
Hoy, para Izabella, aprender significa no rendirse. Es avanzar, crecer, valorar lo vivido y compartirlo con otros. Su aporte en los espacios que ha habitado se basa en la coherencia: no exigir sin haber intentado primero, reconocer límites y acompañar procesos desde el ejemplo.

En el ámbito profesional, ha desarrollado iniciativas significativas en la Universidad Técnica Nacional, como la implementación de cursos optativos en traducción e interpretación, así como la creación de una instancia institucional dedicada a estas áreas. Estas acciones han permitido ampliar oportunidades para estudiantes y fortalecer el trabajo académico interdisciplinario.
A ello se suma su designación como Traductora Oficial del Gobierno de Costa Rica, un reconocimiento que no solo valida su trayectoria, sino que también conecta con aquella niña que descubrió en la lectura una forma de entender el mundo y de habitar otros lenguajes. En ese logro se entrelazan su historia personal, su vocación y su compromiso por tender puentes entre culturas.
Más allá de sus logros, lo que la motiva a seguir avanzando es la posibilidad de contribuir en la vida de otras personas. No desde la magnitud del impacto, sino desde la disposición constante de darse.
Al mirar hacia atrás, reconoce que los aprendizajes más valiosos han surgido de las experiencias más difíciles: pérdidas, fracasos y momentos de dolor que, lejos de detenerla, le han permitido reafirmar su capacidad de continuar.
Si pudiera dirigirse a su versión más joven, le diría que se tenga paciencia y que aprenda a quererse primero. Porque en ese acto reside la base para todo lo demás.
A quienes hoy enfrentan dificultades, les comparte un mensaje claro: no rendirse. En esa decisión se encuentra la posibilidad de seguir viviendo plenamente.
Hoy, al contemplar aquella fotografía que guarda como símbolo, comprende que su historia está tejida por lazos invisibles que trascienden el tiempo. En ellos reconoce una certeza que atraviesa toda su vida: el amor, incluso en medio del dolor, siempre prevalece.
Haciendo propias las palabras de Violeta Parra:
“Gracias a la vida, que me ha dado tanto.”
Izabella Sepúlveda

One reply on ““Thank you, life, for giving me so much.””
Para los padres no hay más grande medalla que el juicio crítico, pero compasivo, de sus propios hijos. Gracias Iza.