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Huellas talentosas

Ausencia

Autora: María de los Ángeles Chacón Eduarte. 

ORCID: https://orcid.org/0009-0005-6079-4214 

Con los rostros semejantes a las hojas de un magazine francés, desteñidas por el paso del tiempo cuando el color adquiere una palidez suave y áurea; así lucían las caras de aquellas dulces ancianas, con sus lindos cabellos blanquecinos ceñidos en una trenza impecablemente elaborada.

Sentadas y apoyadas en el borde de los camastros podían contemplarse una a la otra, como dos seres que habían aprendido a convivir con la lasitud de los días, a quienes la vida parecía estarles concediendo un tiempo adicional debido a su extraordinaria longevidad, pues Consuelo Rojas ya rondaba los noventa y cuatro años y Olivita Johnson las noventa y seis primaveras.

Nunca estuvo entre sus aspiraciones casarse o formar una familia propia; sin embargo, conservaban una serenidad que pocas personas logran alcanzar. Habían transitado por la existencia encontrando satisfacción en el servicio a los demás, en las pequeñas labores cotidianas y en la tranquilidad que produce una conciencia en paz.

La vida se convierte entonces en un invariable transcurrir, donde el panorama se conoce a fuerza de contemplarlo todos los días desde la misma ventana; tanto así que al cerrar y abrir los ojos permanece allí la misma pintura del paisaje, etéreamente perpetuo, como si el tiempo hubiese decidido detenerse una tarde cualquiera, justo cuando comenzaron los dolores, la rigidez y las limitaciones propias de su avanzada edad.

¿Pero quién decide sobre los designios de la humanidad sino el Supremo y Soberano Creador que moldea los destinos con el cincel de la verdad, encuadrando un incomprensible devenir donde nadie sabe con certeza qué le concederá el mañana?

Existe de todo un poco en el viñedo de la creación; personas que gastan sus fuerzas persiguiendo afanes y otras que encuentran plenitud en una existencia sencilla y equilibrada.

Así vivían Consuelo y Olivita; amigas inseparables desde tiempos mozos. Durante décadas acompañaron a familiares, vecinos y conocidos en momentos de necesidad, permaneciendo junto a quienes sufrían, ofreciendo ayuda cuando era requerida y procurando aliviar cargas ajenas antes que las propias.

Ahí estaban hasta el final, compartiendo una misma morada con el fin de hacerse compañía y patentizar cuál de las dos partiría primero de este mundo. Pasaban los días incesantes con las pupilas vacías y turbadas por los años, pero profundamente conformes con el camino recorrido. A pesar de las limitaciones propias de la edad, conservaban una tranquilidad difícil de explicar y una gratitud sincera por la vida que les había sido concedida; en verdad se sentían plenas y realizadas.

Hasta que un día, entrada la noche, Consuelo sintió un frío que le recorría la espalda y que poco a poco le invadía todo el cuerpo, acompañado de un ligero desvanecimiento. Pensó entonces:

—Creo que ya llegó mi hora postrera… No voy a molestar a Olivita; al fin y al cabo es mejor que se dé cuenta mañana. Voy a fingir dormir y esperar a que esta tribulación termine pronto, de forma callada y discreta… Así mañana Olivita me ayudará a recibir la Santa Unción como despedida, sin tener que enfrentar llantos ni sufrimientos a medianoche; ¿para qué voy a adelantarle esa angustia?

Así se perdió entre pensamientos, sin fuerzas, hasta quedarse profundamente dormida…

Al cantar de los gallos llegó el nuevo día. La luz comenzó a filtrarse por la ventana y los primeros rayos del sol se dejaron sentir sobre el aposento. Así lo percibió Consuelo al abrir los ojos, todavía aturdida al descubrir que seguía con vida y que aquel episodio nocturno no había sido más que una falsa alarma, producto del frío desolador que la había sobresaltado durante la noche.

Después de elevar una larga plegaria en agradecimiento al Creador, se incorporó poco a poco y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno ligero que solía compartir con Olivita. Más tarde se acomodarían en las poltronas del patio interior para tomar un poco de aire fresco y continuar con aquella rutina que, con el paso de los años, se había convertido en parte necesaria de su existencia.

Sin embargo, algo le resultó extraño. El tiempo avanzaba lentamente y Olivita aún no daba señales de haberse levantado.

Apenas terminó de preparar el té, afligida por una extraña sensación y un fatal presentimiento, se apresuró hacia la habitación para despertar a Olivita. Sobrecogida, mientras la incertidumbre secuestraba sus pensamientos, la llamó repetidamente.

Cuando al fin le tomó la mano, la encontró pesada e inerte. ¿Qué era aquello que estaba sujetando, lánguido y frío?… Aquella sensación helada le recordó el escalofrío que la había sobresaltado durante la noche.

El mundo se le vino encima, el silencio de la habitación se volvió ensordecedor y poseída de un estupor, Consuelo comenzó a suplicar por ayuda y sintió su vida desvanecerse en un agujero que la arrastraba hacia las profundidades; cuanto más descendía, más angosto y oscuro se iba tornando todo a su alrededor…

Horas más tarde despertó en un aposento diferente al que compartía con Olivita. No había ventanas; estaba completamente cerrado. Una mujer entró por la puerta y acercándose con amabilidad, le dijo:

—No se preocupe, aquí va a estar bien —dijo la dama voluntaria con una sonrisa serena.

Los ojos de Consuelo se humedecieron. —¿Dónde está Olivita? —preguntó con voz temblorosa.

 —¿Olivita? Ah, ¿se refiere a la señora que compartía el aposento con usted? No se preocupe, ya se encargaron de todo. Ella ya descansa en la paz eterna.

Una profunda tristeza desdibujó el rostro de Consuelo. Pensó que ni siquiera había tenido la fuerza necesaria para despedirse de su entrañable compañera de tantos años y exclamó en su corazón:

—Señor, que se haga Tu Santa Voluntad…

Luego se dirigió hacia la puerta con paso indeciso y lento. Al salir de la habitación encontró muchos rostros surcados por los años y miradas pausadas inmersas en un silencio supremo. Entonces otra anciana residente se acercó y le tomó la mano para integrarla a aquel nuevo grupo, trayendo de inmediato a su memoria el recuerdo de Olivita,

Absorta y profundamente conmovida, todavía una lágrima le recorría la mejilla. Se sentó en un taburete junto a la ventana, como quien hace fila junto a sus compañeros para esperar el próximo autobús, aunque esta vez sin ninguna prisa por llegar al destino.

De repente salió la dama voluntaria del cuarto y le dijo en voz alta:

—Hermana Consuelo, ya puede pasar al baño; le ayudaré a quitarse su hábito de monja.

Y por primera vez, desde que amaneció aquel día, Consuelo sintió la inmensidad de la ausencia…

Reflexión de la autora

Llegar a una edad longeva permite acumular experiencias, compartir con los seres queridos y contemplar el fruto de los años vividos. Este relato invita a valorar y respetar a los adultos mayores, cuya sabiduría enriquece a la sociedad, y nos recuerda que cada ser humano, sin distinción de edad, posee una dignidad invaluable y merece vivir rodeado de amor, respeto y consideración.

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“Thank you, life, for giving me so much.”

Hay historias que empiezan antes de nacer.

En una fotografía antigua, tomada en el país de Chile, dos jóvenes celebran su compromiso y unión, rodeados de familia y sueños, sin imaginar lo que la vida les depara. En esa imagen, detenida en el tiempo, también habita una ausencia: la de Marcela Sepúlveda, tía paterna de Izabella, cuya vida fue arrebatada durante la violencia política del golpe de Estado en Chile. Aunque Izabella aún no había nacido, aquella historia marcaría profundamente la manera en que aprendería a comprender el amor, la paz y la vida misma.

Nacida en San José, Costa Rica, creció en un entorno familiar amoroso, donde la lectura ocupó un lugar central. Su padre leía en voz alta novelas, historias policiacas y leyendas chilenas y costarricenses, sembrando en ella una relación temprana con los libros. Leer no era únicamente un pasatiempo, sino una forma de comprender el mundo. distinta. Introvertida y con dificultad para vincularse con personas de su edad, encontró mayor afinidad fuera de las estructuras formales. En el barrio, entre juegos, árboles y tardes compartidas, construyó un sentido de pertenencia más auténtico. Esa dualidad, entre el mundo interior y la vida social, marcaría su forma de relacionarse con el entorno.

A los once años, su vida se amplió al trasladarse a Canadá junto a sus abuelos paternos. Dos años después regresó a Costa Rica, pero con una mirada distinta. La experiencia le permitió comprender que existen múltiples formas de vivir y de entender la realidad.

Desde sus primeros años, valores como la amistad, el respeto, el compromiso, la puntualidad y la compasión formaron parte de su vida. Con el paso del tiempo, esos valores adquirieron una dimensión más profunda al comprender la historia de su tía paterna, Marcela Sepúlveda. A partir de ello, la paz se convirtió en un valor fundamental: no como una idea abstracta, sino como una convicción profundamente sentida, nacida de la conciencia de que la violencia y la guerra dejan heridas que atraviesan generaciones.

Izabella define su infancia con una palabra: “libre”. Libre de esquemas únicos, enriquecida por la convivencia de diversas tradiciones, formas de crianza y perspectivas de vida que no se contraponían, sino que se entrelazaban.

Con el paso del tiempo, la vida le presentó experiencias decisivas: el nacimiento de sus hijos, Fabián y Fiorella; el proceso de su divorcio; y, en 2025, el diagnóstico de Esclerosis múltiple. Cada una de estas vivencias le permitió descubrir en sí misma capacidades que no había imaginado: resiliencia, adaptabilidad, persistencia y una profunda gratitud.

Su forma de ver el mundo también evolucionó. Lo que suele llamarse madurez, ella lo nombra con humor “viejera”: una manera de elegir con mayor conciencia, de asumir riesgos significativos y de dejar pasar aquello que no aporta sentido.

Hoy, para Izabella, aprender significa no rendirse. Es avanzar, crecer, valorar lo vivido y compartirlo con otros. Su aporte en los espacios que ha habitado se basa en la coherencia: no exigir sin haber intentado primero, reconocer límites y acompañar procesos desde el ejemplo.

En el ámbito profesional, ha desarrollado iniciativas significativas en la Universidad Técnica Nacional, como la implementación de cursos optativos en traducción e interpretación, así como la creación de una instancia institucional dedicada a estas áreas. Estas acciones han permitido ampliar oportunidades para estudiantes y fortalecer el trabajo académico interdisciplinario.

A ello se suma su designación como Traductora Oficial del Gobierno de Costa Rica, un reconocimiento que no solo valida su trayectoria, sino que también conecta con aquella niña que descubrió en la lectura una forma de entender el mundo y de habitar otros lenguajes. En ese logro se entrelazan su historia personal, su vocación y su compromiso por tender puentes entre culturas.

Más allá de sus logros, lo que la motiva a seguir avanzando es la posibilidad de contribuir en la vida de otras personas. No desde la magnitud del impacto, sino desde la disposición constante de darse.

Al mirar hacia atrás, reconoce que los aprendizajes más valiosos han surgido de las experiencias más difíciles: pérdidas, fracasos y momentos de dolor que, lejos de detenerla, le han permitido reafirmar su capacidad de continuar.

Si pudiera dirigirse a su versión más joven, le diría que se tenga paciencia y que aprenda a quererse primero. Porque en ese acto reside la base para todo lo demás.

A quienes hoy enfrentan dificultades, les comparte un mensaje claro: no rendirse. En esa decisión se encuentra la posibilidad de seguir viviendo plenamente.

Hoy, al contemplar aquella fotografía que guarda como símbolo, comprende que su historia está tejida por lazos invisibles que trascienden el tiempo. En ellos reconoce una certeza que atraviesa toda su vida: el amor, incluso en medio del dolor, siempre prevalece.

Haciendo propias las palabras de Violeta Parra:

“Gracias a la vida, que me ha dado tanto.”

 Izabella Sepúlveda

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Noticias

Naturaleza y alcance de la palabra Arjé

Dr. José Matarrita Sánchez.

Coordinador del Programa Institucional de Formación Humanística, UTN

Reseña histórica

En los albores de la presente Revista, surgió una conversación entre el compañero Alexander Porras y el suscrito, en dicha tertulia se pretendía asignarle un nombre adecuado al esfuerzo académico de consolidar pensamientos universitarios para su respectiva difusión, entre otros asuntos se buscaba pertinencia intelectual aplicada a la educación técnica universitaria.

Partiendo de la máxima que dicta que el lenguaje crea cultura me pareció oportuno sugerir el nombre de Arjé, este bello término proviene del griego ἀρχή (arché), posiblemente, uno de los conceptos centrales y de alcance universal de la filosofía clásica ¿Qué significa? Es mucho más que un comienzo, implica la búsqueda del sentido, del origen de todo lo que existe. Desde los Presocráticos, hablar del Arjé, sin duda, representó la búsqueda de aquello que explica la existencia de las cosas y les otorga unidad. Eso se busca desde esta prestigiosa Revista.

Con la venia de las autoridades universitarias del momento (2016), a todas luces, con ese nombre se trazó una ruta académica que vincula la labor investigativa con la búsqueda permanente de los fundamentos del conocimiento humano en plena armonía con el carácter técnico de la Universidad Técnica Nacional de Costa Rica.

El significado filosófico de Arjé

Tal como fue esbozado, en la cosmovisión presocrática, el Arjé era entendido como el principio explicativo de todas las cosas. Se buscaba superar los mitos y construir una explicación razonable para relacionarse con el contexto vital.

 Desde esta perspectiva articulada con la visión universitaria actual, el concepto de Arjé representa un puente entre la ciencia y la técnica, puesto que estamos ante la actitud teórica y práctica en convergencia, de los que no se conforman con las apariencias, sino que buscan las causas profundas de los fenómenos y las razones que sustentan la realidad. Estamos ante el paso de las entidades mentales (ideas o pensamientos teóricos) a las entidades reales (técnica aplicada que busca soluciones prácticas). Así pensamos el horizonte de la Revista Académica Arjé.

Revista Académica Arjé. Relación entre el nombre y su misión educativa universitaria

La universidad en general y la UTN, en particular, tiene entre sus fines esenciales la generación, conservación y difusión del conocimiento. No obstante, la labor educativa no se limita a una función de repositorio, más bien debe aspirar a estudiar y difundir las razones profundas de los fenómenos naturales, sociales, tecnológicos, técnicos y culturales. Saber cómo y saber para qué son tareas insoslayables de una universidad de naturaleza técnica.

Desde esta perspectiva, el concepto de Arjé se relaciona directamente con la misión de una universidad en el siglo XXI porque invita a:

  • Investigar los orígenes de los problemas actuales.
  • Fomentar el pensamiento crítico.
  • Promover el diálogo interdisciplinario.
  • Construir soluciones innovadoras para la sociedad.
  • Aplicar criterios éticos en la formulación teórica y aplicación práctica del conocimiento.

La UTN, por medio de la Revista Arjé, es un lugar de aprendizaje donde se estudian los principios que sustentan la realidad y se generan nuevas respuestas prácticas para los desafíos del presente y del futuro.

Conclusión

Al evocar el origen, el fundamento y la búsqueda de sentido, el término Arjé expresa la vocación académica de indagar las raíces del conocimiento y de promover una reflexión rigurosa sobre la realidad no solo con fines de interpretativos sino con la aspiración de transformar el contexto.

En definitiva, a través de esta narrativa se puede constatar cómo por medio de una conversación académica fraterna nació a la vida académica, para la Universidad Técnica Nacional, la Revista Arjé que simboliza el compromiso institucional con una investigación aplicada. En la época clásica y en la actualidad saber qué hacer con el conocimiento es una forma de buscar el principio explicativo de todas las cosas.