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Noche de espantos

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte.

Toño González y Jovel Arroyo eran habilidosos bailarines y los solterones más galanes de la zona. Todos los sábados bajaban a caballo al centro de la provincia de Alajuela a malgastar el jornal ganado tras una ardua semana en los cafetales de las faldas del volcán.

Una noche de esas en que la pachanga se alargaba, después de una buena juerga, encontraron en Desamparados de Alajuela un salón de baile, abierto a muy altas horas de la noche, que nunca habían visto en aquel oscuro lugar, por lo que decidieron entrar para cerrar con broche de oro aquella tremenda farra. 

El sitio era extraño, envuelto en una atmósfera cargada y bañada por una luz tenue y grisácea. Del centro brotaban chorros de humo denso y, entre la neblina, aparecían de la nada mujeres de mediana edad ataviadas con trajes decorados con plumas de faisán. Aunque los escaños resultaban excesivamente cómodos, el lugar no dejaba de sentirse lúgubre y tétrico.

Cuando ya el baile había calentado y estaban al máximo de embriaguez, les servían tragos de licores finos y para rematar gallos de bocas exquisitas, pero lo que más les llamaba la atención, era que las anfitrionas de aquel salón nocturno eran sólo mujeres, bastante bellas por cierto.

Después de largas horas de estar comiendo y gozando de aquellos suculentos bocadillos, en compañía de aquellas hermosas damas, Jovel notó algo extraño y era que las bocas a pesar de ser sabrosas, no tenían sal, fue así como al momento que Jovel externó tal apreciación en voz alta a sus compañeros, que el enigma se desvaneció por completo.

De pronto, se percataron de la verdad; no había salón, ni luces, ni damas. Estaban en la oscuridad de un lote baldío, sentados en el barro y bajo unos palos de guayaba, comiendo cagajones de yegua, rodeados de bestias desbocadas que no paraban de relinchar, al fondo del terreno sus caballos amarrados a las ramas, se agitaban espantados y hacían también gran relincho y alboroto, pues ellos en su instinto animal sabían que esas apariciones no eran de este mundo.

Relatos antiguos, cuentan que aquellas hermosas mujeres que servían en el misterioso salón eran espantos que salen por las noches para perder a las almas callejeras, y como la sal se utilizaba antes para espantar los malos espíritus, según las creencias y supersticiones; apenas Jovel lo mencionó, con solo decirlo, el espejismo se deshizo y el salón se desvaneció en la penumbra de la noche.

Nuestros gallardos jinetes, vueltos ya en razón, montaron sus caballos y escaparon de aquel terreno baldío a todo galope. No volvieron la vista atrás, temiendo encontrarse con las yeguas ya transfiguradas en seres horripilantes; tal fue el espanto que, desde aquella noche, Toño y Jovel le dijeron adiós para siempre a la vida nocturna…

Reflexión de la autora: Las historias que se suscitaban en los cafetales y los caminos rurales de nuestra tierra son mucho más que simples relatos; son la esencia de nuestra identidad. «Noche de espantos» nace del deseo de rescatar esas voces de antaño, donde lo cotidiano se entrelaza con lo sobrenatural y el misticismo.

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Agustina la rezadora

Autora:  María Chacón Eduarte.

¿Quién fue Agustina?

Muchos te recordarán como la rezadora de fe inquebrantable: mujer de rezos largos, de corridos cantados a pulmón abierto y de verdades descalzas.

Esta es la historia de una mujer sencilla, olvidada por muchos, pero jamás borrada de la memoria.

Como un endeble y difuso rastro de la mujer recia y maciza que fue alguna vez, alejándose por el camino a paso lento y vacilante, vencida por el cansancio, avanzaba doña Agustina; con los pies resentidos por el peso de los años y el trabajo duro sostenido durante toda su vida.

Solía vestir con estricta pulcritud.  Su espalda dibujaba una pronunciada curvatura que marcaba su silueta y, a su paso, dejaba un tenue aroma a agua de rosas, proveniente del botecillo que había comprado años atrás y que aún conservaba con gran recelo, a pesar de las limitaciones.

Los domingos salía de visita a casa de su hermana y, de vez en cuando, era contratada como rezadora. Su rezo era de antaño, a todo pulmón, colmado de cantos, ruegos incansables y responsos; tan prolongado que terminaba por vencer el cansancio de más de un devoto. Nunca cobró, lo hacía por mérito propio y dejaba a conciencia el reconocimiento que quisieran ofrecerle en señal de pago.

Durante los rezos del rosario nunca faltaba el bizcocho casero, el café chorreado, el tamal de elote y algún picadillo de papa o arracache, que se compartían al final entre murmullos y agradecimientos.

Agustina también se había dedicado a hacer corridos, como remembranza de sus tiempos mozos, subida en tarimas proselitistas durante campañas electorales, allá por el año de 1953. Así fue como se convirtió en una destacada declamadora, acostumbrada a recitar extensos corridos y poesías de su propia autoría, con gran facilidad y agrado para quienes la escuchaban.

Era una mujer de espíritu alborozado, alegre y optimista, independientemente de las adversidades que estuviera atravesando. En sus momentos de soledad escuchaba canciones de Javier Solís, Bienvenido Granda y otros famosos de su tiempo; y los domingos, en el baile de La Polilla, en el Parque Central de Alajuela, era siempre la primera en salir a la pista, como una bailadora incansable, aun con todo y sus achaques.

Vivió sola en su casita, en algún barrio de Alajuela; sostenida apenas con lo indispensable. Así vivió Agustina, ayudando, aunque pareciera imposible, a quien pudo, aun cuando se sacara el propio bocado de la boca, sin más sustento que la caridad, la divina providencia y una pensión del Régimen No Contributivo, que se le esfumaba a medio mes.

Había criado tres hijas naturales. Todas crecieron, se marcharon y formaron un hogar, enfrentando los mismos apuros económicos de tantos matrimonios envueltos en las fatigas de la crianza y esa rutina diaria que apenas les permitía ofrecerle ayuda o compañía.

Así fue como pasó Agustina los últimos años de su vida, en una casa sencilla, escuchando música ranchera en compañía de su lora, que llenaba el silencio con su voz.

 “Agus dame amor” repetía la lora, “Agustina, Agustina”

Fue su única compañía, pues muchas de sus amistades y familiares habían fallecido, y otros se fueron distanciando con el tiempo. La lengua de Agustina era muy franca y no a todos les agradaba que les señalaran las faltas de frente. Decía la verdad sin tapujos, aun cuando incomodara, y en ocasiones la aderezaba con exageraciones nacidas de su imaginación, como quien agrega rabo y cola a una historia, más por el gusto de contarla que por la intención de herir.

De cuando en cuando recibía alguna visita, a la que atendía con esmero, ofreciéndole un pedazo de pan casero ya entrado en días, que sacaba de la estufa sin reparar en su estado. En sus ratos de ocio se la pasaba escuchando canciones rancheras o viendo algún programa nacional en un televisor antiguo, ubicado en la esquina de la pequeña sala. Al caer la noche, se le escuchaba en ferviente oración, prolongada durante horas.

Hacía tiempo que demandaba cariño, aceptación y buen trato, con la esperanza de ser asistida en la vejez. Con los años, su visión se fue volviendo más borrosa y sus manos más lentas, marcadas por los dolores persistentes en los hombros y las articulaciones.  Aun así, lo que encontraba era indiferencia.

Una noche en que la soledad le pesaba más de lo habitual, decidió visitar a una de sus hijas,  con la esperanza de que la invitara a pasar, le ofreciera un café caliente y algunas palabras de afecto. La visita, sin embargo, derivó en una discusión, cargada de reproches antiguos. La alteración fue tal que su hija sufrió una descompensación que obligó a pedir ayuda de urgencia.

Minutos después se escucharon sirenas de patrullas que acudieron al lugar, en medio de la confusión.

En cuanto Agustina escuchó las sirenas, se alejó con premura entre las sombras del vecindario, mientras los ladridos y aullidos de los perros se alzaban en medio del ruido. Agustina terminó cayendo rendida rodeada por los oficiales, y así concluyó el escape.

Pues no había tal persecución, fue solo un malentendido. Tras escucharla con atención, los guardias la dejaron en libertad, obsequiándole un puñado de monedas y billetes que reunieron, luego de oír también algunos ingeniosos corridos y versos que Agustina recitó con gran soltura y desenvolvimiento.

Así regresó a su humilde casa, agotada pero contenta, con lo suficiente para un café caliente y unos bollos de pan casero, satisfecha por los corridos que recitó con tanta gracia.

¡Cómo cuesta con los hijos, una vez criados… hijos criados, trabajos redoblados!, murmuraba Agustina, sentada en su cocina, envuelta en la penumbra de la noche, y sonriendo al escuchar de nuevo la voz de su innegable amiga, la lora, repitiendo: ¡Agustina, dame amor!, ¡Agustina, dame amor!

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Un nacimiento enmantillado

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte

En tiempos antiguos, cuando el nacimiento dependía del conocimiento y el talento de la partera, la vida pendía de un hilo frágil, sostenida más por la fe y la esperanza. De eso trata la historia a continuación.

Las contracciones iniciaron a eso de las cinco de la tarde. Cada dolor se volvía más intenso, mientras la partera limpiaba el sudor de la frente de Altagracia y el sangrado aumentaba de manera preocupante.  La lluvia hacía un golpeteo hueco y constante sobre la teja de arcilla.

La matrona, visiblemente alterada, llamó a Nicomedes y le susurró con la voz quebrada:  No escatime en tiempo, vaya y ruéguele a Dios. No lo voy a engañar, temo por la vida de su mujer y de la criatura.

Nicomedes, frunciendo el ceño y con una mueca de desesperación, apretó la mano de la partera, suplicándole que hiciera todo lo posible.

Sin decir más, la mujer cerró la puerta y regresó junto a la parturienta. Ayudó a Altagracia a recostarse en el camastro y, al palpar de nuevo, sintió la cabeza del niño.  Con el rostro desencajado Altagracia pronunció el nombre de Nicomedes y exhaló un suspiro largo, casi como un quejido de desesperación.

Muy cerca de la habitación, en el pasillo, Nicomedes se arrodilló en el piso de madera, junto a un altar que su mujer había colocado días atrás, con un hermoso ramo de geranios rojos. Temblaba de sufrimiento entre sollozos, suplicándole a Dios misericordia.  Allí permaneció en oración por varios minutos, mientras veía cómo entraban y salían, llevando palanganas con agua tibia y mantas.

De repente, en la penumbra del pasillo, comenzó a ver destellos luminosos que giraban a su alrededor, como pequeñas luces de bengala: diminutas chispas suspendidas en el aire. Atónito, no supo explicarse qué eran aquellas misteriosas luminarias.

El cansancio y el humo de la vela de cebo terminaron por vencerlo. Sentado en el suelo, recostado a la pared, se desvaneció entre el sueño y la preocupación. Aquel día había trabajado desde muy temprano en la finca y quedó profundamente dormido, con la cabeza apoyada en la esquina de la pared.

Soñó que caminaba por una senda oscura, subiendo hacia la montaña. Al final, veía una luz cada vez más intensa. Conforme se acercaba, una calidez y una calma lo envolvían, como si una gran fortaleza naciera en su interior. Cuando ya no pudo avanzar más, cayó de rodillas y sintió una paz profunda.

De pronto, unos movimientos lo sacudieron. Al abrir los ojos tenía enfrente a Tomasa.  Ella lo abrazó con cariño y le dijo:

Venga, don Nico, vamos para que se tome un tecito de azahares con leche; eso calma los nervios.

Lo llevó a la cocina y se sentaron frente al fogón.   Mientras le acercaba la taza, añadió con voz segura:

Altagracia es una mujer valiente. Ánimo don Nico, susurró como si se tratara de un niño:   Todo es cuestión de fe; acuérdese de la historia de san Ramón Nonato. Dicen que lo sacaron del vientre de su madrecita cuando ella ya había muerto durante el parto.  Ahora solo queda esperar.

Más calmado, Nicomedes se quedó junto a la lumbre aferrado a la espera.

De pronto, el llanto de un bebé rompió el silencio de la madrugada. Tomasa y Nicomedes se miraron y corrieron al cuarto. La matrona Samira salió con el niño en brazos y exclamó con voz firme: ¡Es un varón grande y saludable!

Luego añadió: Don Nico, su hijo vino al mundo enmantillado… Nació envuelto en la bolsa amniótica, tal como estaba en el vientre materno.  En todos mis años de partera, nunca me había tocado atender un parto de esta naturaleza; pues ocurre en muy raras ocasiones.  Esto es lo que nuestros abuelos llamaban un parto velado.

Es un gran augurio de buena suerte y bendición.  Este niño probablemente trae una misión muy especial para cumplir en esta vida.

Hacía unos minutos, en el cuarto, al ver al recién nacido rodeado por la membrana transparente, Samira recordó a su madre, quien también había sido una de las mejores parteras de su tiempo.  Ella le hablaba de los partos con zurrón como verdaderos portentos.

Con sumo cuidado, retiró la membrana; luego la envolvió en una manta limpia y se la entregó a Nicomedes, explicándole que debía guardarla como símbolo de protección.

Con lágrimas en los ojos, Nicomedes recibió a su hijo y lo estrechó contra su pecho. Tomasa se acercó y, después de observar al niño con detenimiento, comentó que se parecía mucho a Altagracia, aunque los ojos eran iguales a los de él.

Luego, con gesto respetuoso, tomó el mantillo de la mano de Nicomedes y, con unos cogollos de ruda, le roció unas gotas de agua tibia del perol que había quedado en el fogón; después lo envolvió entre mantas para secarlo y lo guardó en un lienzo blanco.

Samira indicó, con una sonrisa serena:  Don Nico, no sé a qué Santo le rezó usted, pero Altagracia se recuperó de una forma que nunca había visto.  La hemorragia se detuvo y el niño salió sin dificultad, envuelto en ese hermoso manto.

Llevó al bebé hasta el camastro y lo colocó junto a su madre, que yacía pálida y exhausta.  Ella sonrió al ver a Nicomedes. 

Ahora debe guardar reposo, indicó Samira: buena comida, bastante agua y descanso. Que le dé pecho al niño; el calostro es importante para ambos. Aunque sea a ratos, con calma y paciencia.

Nicomedes se recostó en la poltrona, contemplando a su amada esposa y a su hijo. Ya era de madrugada.  Extenuados, dejaron que la noche se fuera disipando.

Al día siguiente, Altagracia le contó a Nicomedes que había visto una extraña luz atravesar la puerta y que, desde ese momento, una fuerza inesperada la sostuvo hasta el final del parto. Nicomedes no dudó ni un instante.  Fue un milagro de Dios, dijo, con los ojos nublados de felicidad.

Tomasa tocó a la puerta con un cofre de madera en sus manos y le consultó a Altagracia dónde quería que colocara el mantillo, ella le indicó que debajo del moisés.  

En ese instante, entró por la ventana un viento suave que acarició el rostro del recién nacido y que parecía traer la tranquilidad después de tanta agitación y sufrimiento.

Reflexión de la autora:  Recuerdo que de niña,  mi madre me comentó acerca del nacimiento “enmantillado”.  Años después confirmé que este fenómeno realmente existe; lo que más me sorprendió fue descubrir que ella ya lo sabía, sin haberlo leído o investigado.

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Juliana Candil

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte

Belisario tomó la cruceta y empezó a repartir cinchazos en el aire, pues no había nada delante de él  más que la oscuridad de la noche; la supuesta aparición era una hermosa mujer montada en un caballo negro azabache y lustroso.   La mujer soltaba unas risotadas de espanto, según exclamaba el hombre, en medio del terreno encharralado, a la entrada de su casa, cuando ya ni siquiera podía sostenerse debido a la embriaguez que se cargaba.

 ¡Juliana Candil!, gritaba Belisario una y otra vez.

Desde adentro se escuchaba a su mujer, Teresa, en medio de la congoja, rezando en voz alta y temblorosa, al escuchar aquel escándalo estruendoso:

“Señor San Silvestre del Monte Mayor, resguarda mi casa de todo alrededor, de brujas hechiceras, de brujas en cabresto y de un hombre traidor.  Ya toca la endona, la misa rezada, Jesucristo la reza, los ángeles la adoran, dichosa el alma que se acuesta a esta hora.  Si me acuesto, Jesucristo me reza, si me muero Jesucristo me vela, en la casa bendita de Jerusalén, donde velaron las doce mil candelas del Señor Jesucristo. ¡Amén!

Juliana Candil vivía en el Barrio de Quebrada Seca.  A la entrada de su casa de madera, colgaba un sapo disecado, de mal aspecto, sujeto a una cuerda transparente, con la intención de espantar a los curiosos, pues en el barrio se corría el rumor de que la pobre mujer era bruja.  El aire estaba impregnado de sahumerios: sándalo, palo dulce y salvia virgen,  acentuando el halo de misterio.

Era una mujer de buen ver, difícil de pasar inadvertida; llevaba el pelo negro rizado, tenía tez blanca y siempre olía a agua florida.   Por lo general vestía de negro o gris, de manera recatada, en señal de respeto por su difunto esposo.

Teresa le gritaba desde adentro a  Belisario, mientras quitaba una cafetera tiznada del anafre:

¡Belisario, nada de eso existe: ni los aparecidos, ni los entierros, ni las brujas! Pasá para adentro, que ya es muy tarde.  Agarrá juicio, por favor.

¡Qué ideas tan descarriadas, mujer!, ¡yo sé lo que digo! refunfuñaba Belisario entre dientes, con una borrachera de semanas encima, oliendo a puro chinchibí y hasta viendo espectros en el aire.

Belisario, tené cuidado con esa mujer, porque pesca la mirada de los hombres con puras mañas y encantos.

¡Qué me estás hablando mujer! Me voy a acostar para bajar esta tranca que me traigo.

Teresa lo miraba de reojo, con tristeza, pues no había comida, solo tortilla tiesa del fogón de anafre para acompañar con café tibio.

Lo único que recordaba Belisario era ver a Juliana, muy hermosa, atravesando la esquina, en silencio y sin cruzarle una sola mirada. Para ella, él no era más que un hombre atrevido convencido de que ella era una bruja temible.

No me molestés Teresa, que estoy cansado y preocupado, con la huerta de don Manuel voy atrasado y ya ve cómo me tiene, que la quiere lista para el día de San Isidro. Me metí primero con las piletas de doña Filomena, pero todavía no me ha pagado; dice que hasta que vuelva don Anselmo de San Carlos.

Lo dijo entre sollozos, como excusa por la borrachera para tranquilizar a su mujer. Se quitó las botas, cayó redondo en el camastro sumido en un sueño profundo.

Y así quedó Belisario, roncando como toro, soñando que Juliana lo miraba con ternura.  Con resignación, Teresa lo cubría con una manta ajada mientras pensaba:  En Quebrada Seca no hay brujas; las inventan las lenguas de estos hombres que por culpa del guaro de caña, terminan viendo visiones.

Era la belleza de Juliana la que tenía a más de uno dando vueltas por su casa, y la supuesta brujería no estaba en ella,  sino en los chismes del caserío y en las desdichas que deja el licor.  Al amanecer,  de nuevo  Teresa le servía tortillas secas y café entibiado, cansada pero aferrada a la idea de que las penurias no serían para siempre.

Reflexión de la autora:  Este relato de Juliana Candil evoca tiempos en los que el misticismo, la imaginación y las creencias populares animaban las reuniones familiares y cautivaban a niños y a jóvenes.  Por lo general, encerraban una enseñanza o advertencia.