Categories
Uncategorized

Mila y la volanta

Autora:  MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte

Código ORCIDhttps://orcid.org/0009-0005-6079-4214

Les voy a contar la historia de Emilia, a quien de cariño le decían Mila. Era una muchacha de veintitrés años, de carácter reservado. Cada mañana bajaba al río a lavar la ropa, aprovechando las primeras horas, cuando aún era de madrugada. En aquellos tiempos, era costumbre lavar temprano para luego atender las faenas del campo.

Después de tender la ropa en las enredaderas y ramas frente al rancho, corría a la cocina y, en el molino, con el saquillo repleto de granos, molía el maíz y chorreaba el café. El olor se esparcía por todo el caserío. Cuando sus padres, Pedro y Clemencia despertaban, la mesa ya estaba servida con cuajada, tortillas y café endulzado con dulce de caña.

Emilia también elaboraba el famoso jabón de chancho, que vendía en todo el caserío los fines de semana. Se encargaba de las gallinas ponedoras, recogía los huevos y limpiaba los corrales. Como sus padres ya eran mayores, ayudaba incluso en la siembra, en la limpieza de granos y semillas, y hasta en el deshierbe de la huerta.

Por la tarde se ocupaba de los remiendos y bordados de vestidos, pantalones y camisas de manta y lienzo; después buscaba leña seca para el fogón. Era callada, reservada y hacendosa. Todos en el caserío admiraban su fortaleza y humildad.

Pedro, su padre, era peón en la hacienda de Tito Vargas, hijo de doña Virginia, la heredera del español don Bartolomé Vargas de la Peña, antiguo dueño de la hacienda conocida como San Bartolomé de los Cafetos. Don Bartolomé fue un inmigrante andaluz que falleció algunos años atrás y dejó la propiedad a su hija Virginia, quien vivía allí con su hijo Tito, de treinta y ocho años.

La familia Vargas de la Peña siempre había sido muy conocida en la zona por su trato cordial y su buena posición económica.

Tito solía pasar por el río con la yunta de bueyes, camino al pueblo, para atender asuntos de la hacienda. En más de una ocasión se cruzó con Emilia. Él la veía ir y venir, siempre ocupada en sus labores.

Un día, Tito se detuvo junto al riachuelo para dar de beber a los animales. Al pasar, Emilia tropezó, y él se apresuró para ayudarle a levantarse.

—Pero si sos Emilia, la hija de Pedro…

Ella le sonrió con timidez y amabilidad y, con un leve gesto, le dio a entender que podía continuar su camino.

Sin saberlo ella, esa misma tarde Tito se presentaría en la estancia, por encargo de su madre, para hablar con don Pedro con toda la seriedad del caso. Debía expresarle el deseo de doña Virginia de que Emilia asistiera a clases con el cura y colaborara en la hacienda bajo su amparo, pues había notado en aquella muchacha callada, trabajadora y recatada, virtudes que no pasaban inadvertidas y eran dignas de admiración.

Emilia, por su parte, aunque sintió una alegría honda en el pecho, siguió en lo suyo, callada, como si no hubiera escuchado nada.

Así fue pasando el tiempo. Emilia estudiaba por la mañana y ayudaba a doña Virginia en la hacienda por las tardes; por las noches colaboraba con su madre. Sin embargo, como la carga de trabajo se volvió pesada, Lupita la vecina empezó a ayudarle más a Clemencia en ausencia de Mila.

Doña Virginia, mujer seria, de buen juicio y ya entrada en años, con los meses fue tomándole un profundo cariño y respeto a Emilia.

Pues era una muchacha de conducta intachable y de buenas maneras, tal como la habían criado Pedro y Clemencia. Mila ayudaba en los quehaceres de la hacienda junto a otras tres muchachas, a quienes Tito y su madre también les brindaban ayuda.

Entre todas, Emilia era quien más destacaba, tanto por su dedicación como por su buen comportamiento: siempre sencilla y humilde.

En la hacienda trabajaban otros jóvenes, como Juancito y Timoteo, quienes también asistían a clases con el cura del pueblo. No todos, sin embargo, mostraban el mismo interés: muchos preferían el trabajo recio del campo, bajo el sol de los cañales, cafetales y sembradíos, sin mayor inclinación por las letras ni la aritmética.

Al cabo de dos años de asistir a clases, Emilia ya dominaba las cuatro operaciones fundamentales: sumar, restar, dividir y multiplicar. Escribía con letra clara y ordenada, y contaba con los conocimientos necesarios para llevar las cuentas de cualquier abarrotería. A ello se sumaban los oficios domésticos, que realizaba en la hacienda con gran esmero y dedicación.

Por tal motivo, Tito y doña Virginia le confiaban, por las noches, el manejo de las cuentas del comercio de la hacienda, donde ponía en práctica todo lo aprendido. Así, además de ganarse algún reconocimiento adicional, podía corresponder, en parte, a la ayuda recibida.

Pasado el tiempo, una de las hermanas religiosas que impartían clases en la casa cural se enfermó, por lo que debieron trasladarla a otra localidad con menos obligaciones. Ante la situación, doña Virginia habló con el cura, don Arnoldo Cascante, para que consideraran a Emilia como su reemplazo.

La noticia llenó de alegría a sus padres. Tanto así que don Pedro dispuso sacrificar una gallina criolla bien cebada para que Clemencia preparara su deliciosa gallina achiotada. Las mejores porciones fueron destinadas para doña Virginia y Tito.

La misma Mencha, como le decía don Pedro a Clemencia, fue a llevarles la cazuela con profundo agradecimiento, casi con los ojos nublados por todo el bien que le habían hecho a Emilia.

En el ambiente todo era alegría y felicidad, hasta que una mañana de diciembre Emilia tomó su bolsa de manta y salió muy temprano a hacer unas compras que le había encargado doña Virginia en el almacén de Chepito Flores. Ese día llegaba el tren de carga con jabón, velas, lámpara de aceite, telas y otras mercaderías. Emilia quería evitar las largas filas y conseguir todo a tiempo, por lo que llevó a Timoteo como acompañante, para que la ayudara con lo más pesado.

Aunque en la hacienda se producía y comerciaba casi todo lo necesario, había cosas que solo podían conseguirse en el almacén: jabón de tocador, con delicados aromas de violetas y jazmín para doña Virginia; la colonia para después del afeitado de don Tito y la Glostora; así como unas hermosas peinetas de carey color ámbar, finamente adornadas, para el cabello castaño de doña Virginia, quien siempre lucía pulcra y elegante.

También debía comprar telas para las enaguas, encaje blanco y lienzos de distintos colores, pues ella misma se confeccionaba la ropa. Emilia cuidaba cada detalle con esmero. En esta ocasión, además, debía traer dos ollas grandes de metal, algunos ungüentos medicinales, vino tinto y coñac.

Al acercarse al almacén de Chepito Flores, Emilia notó el alboroto y la algarabía de una boda. Había tanta gente y tanto movimiento que, sin darse cuenta, quedó detenida en medio del camino, sorprendida y sin saber cómo reaccionar, mientras los demás se apartaban hacia la orilla.

De pronto, la multitud comenzó a hacerle señas y a gritarle:

—¡Emilia, quítese, que viene la volanta!

—¡Emilia, córrase!

Pero ella, en medio del bullicio, no alcanzó a escuchar. Todo ocurrió en un instante. Lo último que vio fue a Timoteo lanzándose hacia ella, intentando apartarla, mientras otros corrían en su auxilio.

Emilia fue atendida por don Eusebio, el boticario, y llevada de regreso a su humilde rancho, con severos golpes y raspones.

Después de varios meses de convalecencia, su pie derecho quedó con secuelas: no podía apoyarlo bien y caminaba con dificultad. Ya no podía ayudar como antes en las faenas que requerían esfuerzo físico. Con tristeza, permanecía en silencio, como siempre, de manera reservada.

Durante las noches, cuando el caserío quedaba en penumbra y solo se oía el canto lejano de los grillos, Emilia permanecía despierta. No se quejaba, pero recordaba el instante del camino, el bullicio, las voces que no alcanzó a escuchar… y el accidente que marcó su vida. No lograba conciliar el sueño: pensaba en su madre, en el esfuerzo de su padre, en la mano generosa de doña Virginia… y en todo lo que sentía que había quedado inconcluso.

Una tarde, cuando ya pudo sentarse junto a la puerta del rancho, vio pasar a unas muchachas del pueblo que iban sonriendo por la calle polvorienta. Emilia las siguió con la mirada, en silencio. Fue entonces cuando comprendió que debía retomar el oficio de la enseñanza en la casa cural.

Días después, cuando el cura Arnoldo Cascante llegó al rancho, Emilia reunió el valor para hablarle:

—Padre… si Dios me lo permite, quiero preparar a los niños y jóvenes de este pueblo.

El sacerdote la miró con atención y ternura. —principalmente a las mujeres —añadió ella— Quiero enseñarles a leer y a escribir.

Don Arnoldo asintió con la cabeza despacio.

—Emilia, tienes toda la capacidad, paciencia y buena voluntad —le dijo—. Les harías mucho bien, porque enseñar también es servir, y en eso siempre te has destacado.

Afuera, el sol caía sobre los cafetales. El cura le dio la bendición y le indicó que, apenas estuviera restablecida, se presentara con las otras dos hermanas en la casa cural.

Cuando Emilia pudo caminar con mayor firmeza, comenzó a enseñar. Llegaban niños de todo el vecindario, con los pies descalzos y curtidos por la tierra; muchos apenas sabían expresarse con claridad.  La tarea no fue sencilla.

La ignorancia, por aquellos tiempos, estaba muy extendida, y no fueron pocos los que perdieron tierras, animales o bienes en manos de hombres letrados que, amparados en su ventaja, vivían de engañar a los más humildes.

Desde entonces, Emilia comprendió que educar era una misión importante que Dios le había confiado, y se dedicó con esmero a enseñar a niños y jóvenes a leer, escribir y contar.

Con los días, doña Virginia le cedió a Emilia una salita en la hacienda para que preparara a las muchachas también en algunas labores domésticas. Las jóvenes, los miércoles después de sus clases en la casa cural, acudían por las tardes a la hacienda. Entre ellas estaba Lupita, la muchacha que ayudaba a los padres de Mila en los quehaceres. Era mulata, de manos fuertes y sonrisa contagiosa.

El primer día, en la clase de cocina, Lupita dejó quemar el arroz de tal manera que el humo salió hasta el corredor.

—¡Jesús, María y José! —exclamó doña Virginia.

Lupita soltó la risa de inmediato:

—Doña Virginia, creo que sirvo más para ordeñar y arrear ganado.

Con la aguja tampoco tenía buen pulso. Sus costuras salían torcidas y desiguales.

—Esto no es lo mío —decía casi llorando.

Fue entonces cuando doña Virginia se integró de lleno en la enseñanza de las más jóvenes en los quehaceres domésticos.

Con toda la experiencia que había adquirido, comenzó a instruir en el oficio del bordado y en la preparación de remedios caseros, convencida de que la enseñanza también debía servir para la vida y el cuidado del hogar.
—No basta con leer —decía—.

Aun así, hasta Lupita llegó a desenvolverse con gran maestría en las labores domésticas bajo la guía de doña Virginia, y aprendió a escribir y leer de corrido con Mila.

Viendo el crecimiento de aquella obra, doña Virginia habilitó un salón más grande en la hacienda y encargó a Pepe, uno de sus peones, la construcción de varios escaños de madera. Con el tiempo, incluso los hombres mayores asistían a clases con Emilia cuando el trabajo del campo lo permitía.

Pero fueron las mujeres y los niños quienes encontraron allí un verdadero espacio para aprender. Así nació una obra que comenzó a transformar la historia: mujeres que antes no tenían acceso al estudio aprendieron y se fortalecieron, cambiando de manera profunda las costumbres y formas de pensar en el pueblo.

Con el tiempo, la fama de Emilia y de doña Virginia se extendió a otros lugares. Un día llegaron emisarios y personas de gran prestigio en busca de Emilia, pues deseaban llevarla a otra región donde pudiera compartir sus enseñanzas con más personas. Habían oído hablar de la paciencia con que enseñaba, de la bondad con que trataba a los muchachos y de cómo procuraba que hasta los más tímidos lograran instruirse y salir adelante.

Doña Virginia guardó silencio. Sabía que perdería a su mano derecha, a Mila, a quien había llegado a querer como a una hija.
Sin embargo, comprendió que Emilia estaba destinada a ser luz y guía para otros, y que su misión no debía detenerse.

Antes de partir, Mila dejó a Lupita al cuidado de doña Virginia, mientras que se llevó consigo a sus padres Pedro y Clemencia, quienes ya eran adultos mayores y necesitaban de su respaldo más que nunca.

El pueblo lloró la ausencia de Emilia, pero su trabajo no se detuvo. La semilla que dejó siguió creciendo: varias mujeres continuaron enseñando en el salón de doña Virginia, y la educación se volvió una parte importante de la vida cotidiana del pueblo.

Los años pasaron. Mila nunca se casó. Su vida fue la enseñanza; su vocación era formar niños y jóvenes. Tito, cada vez que viajaba, la visitaba. Le llevaba encargos de doña Virginia, quien nunca dejó de verla como una hija. Y en el pueblo, nunca la olvidaron.

Emilia caminaba con dificultad desde aquel accidente con la volanta, pero nunca permitió que aquello marcara su destino. Siguió adelante, firme, haciendo lo que más amaba: enseñar. Con el tiempo, fueron muchos los que aprendieron a leer, a escribir y a contar con Emilia.

Así, su vida no se midió por las dificultades que enfrentó, sino por el bien que hizo a los demás.

Reflexión de la autora:

Este relato rinde honor a la enseñanza y a todas aquellas personas que, a lo largo de la historia, lucharon para que la educación llegara a todos los estratos sociales. La salud y la educación deben ser siempre los pilares más importantes dentro de cada sociedad.

Categories
Uncategorized

Más allá del espejo

Ilustración digital generada con IA

Autora:  MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte

Género: Ciencia ficción y suspenso psicológico con enfoque espiritual

Cada noche, antes de dormir, Neferet se sentaba frente al hermoso espejo de su habitación para cepillar su cabello rubio. De marco dorado y estilo gótico, estaba colocado junto a una elegante mesa de tocador.

Neferet era una adolescente de rasgos agraciados. Su cabello largo caía suavemente alrededor de su rostro, enmarcando una mirada dulce y serena. Había en ella una belleza casi inadvertida. Su madre le había dado el nombre de “Neferet”, inspirada en la reina Nefertiti, que significa “la que trae belleza y bondad”.

Su cama estaba frente al espejo. Neferet solía dormir con la ventana abierta, por donde entraba el aire fresco. A su lado, una lámpara de mesa proyectaba una luz tenue que evocaba un ambiente de calma.

Sin embargo, esa noche no lograba conciliar el sueño. Del espejo emanaba una luz inquietante, y el calor era tan intenso que, aun con la ventana abierta, no se movía ni una sola hoja en el jardín contiguo a su alcoba.

La luz se intensificaba poco a poco. Neferet sentía su cuerpo ligero, mientras una opresión en el pecho le dificultaba respirar. Era como si una fuerza la empujara hacia el espejo. Intentó moverse, pero le costaba reaccionar. Con algo de esfuerzo, logró salir de ese estado.

Al despertar, se incorporó lentamente. Le pareció que había sido una pesadilla. Pero entonces notó algo inquietante: la superficie del espejo giraba en espiral, como un vórtice que conducía a otra dimensión.

Atónita, extendió la mano y sintió cómo sus dedos se hundían en la superficie del espejo, como si quisiera atravesarlo. En cuestión de segundos, todo desapareció. Cuando volvió en sí, estaba en su dormitorio y el espejo había recuperado su forma normal.

Confundida, trató de entender lo ocurrido, pero no encontró explicación. Pensó, una vez más, que todo formaba parte de la misma pesadilla.

A la mañana siguiente, Neferet se preparó para ir al colegio. Después de ducharse, encontró a su madre, Dafne, en la cocina, esperándola con el desayuno.

Comió con prisa, tomó su merienda y salió hacia el garaje, donde su padre, Sebastián, la aguardaba para llevarla al Instituto Tecnológico Kepler.

Antes de partir, él le dio un beso en la frente y se despidió. Neferet lo vio alejarse en el vehículo hasta desaparecer en la esquina.

En ese instante vio a una joven cruzar la calle. Al principio no le prestó atención, pero algo la hizo detenerse. La miró con más atención… y se quedó pasmada: era idéntica a ella. La joven levantó la mirada y sus ojos se encontraron. Durante un instante, ambas se observaron con desconcierto.

Cuando logró reaccionar, corrió hacia la esquina, pero ya era tarde: la desconocida subía a un autobús.

Neferet quedó aturdida. Nunca había visto a alguien tan parecido a ella. Pensó que tal vez se trataba de una extraña coincidencia.

Más tarde, durante la clase de Química, logró apartar de su mente lo ocurrido y continuó con sus actividades habituales. Al finalizar las clases, iría al gimnasio con algunas compañeras del curso.

Neferet aún no le había comentado nada a su madre sobre lo ocurrido. Pensó que tal vez se debía al estrés de los exámenes finales y prefirió no darle importancia.

Además, no quería preocupar a Dafne. Su madre cumplía largas jornadas en el hospital y, en las últimas semanas, incluso había tomado turnos extra durante la madrugada.

Todo aquel esfuerzo tenía un propósito: ahorrar para el viaje de graduación que deseaba regalarle. La joven sabía que regresaba a casa demasiado cansada como para añadirle inquietudes que quizá no eran más que producto de su propia imaginación.

Una semana después, Neferet volvió a percibir la misma sensación extraña al mirar el espejo. Aun así, le restó importancia e intentó dormir, pues al día siguiente tenía examen de Física y el cansancio empezaba a vencerla. Necesitaba descansar.

A la mañana siguiente, durante la clase de Física, la profesora Valery recogió los exámenes y anunció:

 —Hoy comenzaremos a ver algunos principios de la física cuántica. Antes, repasaremos ciertas ideas que nos ayudarán a comprender mejor estos conceptos.

El tema despertó de inmediato el interés de Neferet. Siempre se había sentido atraída por ese tipo de conocimientos y, en otra ocasión, había leído con especial interés sobre el tiempo y el universo.

Al llegar la noche, ya más descansada tras los exámenes, Neferet pensó que por fin podría dormir con tranquilidad. Sin embargo, apenas logró conciliar el sueño, un ruido la despertó.

En la penumbra de su cuarto, el espejo volvió a emitir aquellas luces extrañas. Vencida por el cansancio, terminó por caer en un sueño profundo.

La escena cambió de inmediato. Todo a su alrededor se volvió confuso y agitado. Frente a ella apareció una mujer vestida con un elegante atuendo antiguo.

Era ella misma… solo que con unos quince años más.

De sus manos se aferraban dos niños, mientras varias personas los apresuraban a avanzar. Cruzaban un muelle a toda prisa para abordar una embarcación que se agitaba sobre aguas inquietas. En el ambiente se percibía una atmósfera de tensión e incertidumbre.

El viento y la humedad del mar golpeaban su rostro. Aun así, no soltaba a los niños, debía protegerlos.

Al despertar, la inquietud permanecía. Sintió el impulso de seguir durmiendo para comprender lo que había visto, pero el sonido del despertador la obligó a reaccionar. Debía apresurarse si quería llegar a tiempo a la clase de Física.

Ese mismo día, por la tarde, recibió un aviso por correo de la Clínica Odontológica Oradent, en el que se informaba sobre su cierre temporal debido a trabajos de construcción en la esquina contigua.

—Neferet —comentó Dafne, desechando el mensaje—, quizá debas hacerte la próxima limpieza en la clínica dental a la que asiste tu tía Emma. He oído que es muy buena. Si quieres, mañana llamo y te agendo una cita.

Absorta en su lectura en la terraza, Neferet respondió con un ligero movimiento de cabeza.

—¿Qué lees? —preguntó Dafne.

—Física cuántica y metafísica —dijo ella, mostrando los libros.

—Demasiado para mí —murmuró su madre antes de ir a la cocina.

Una semana después, llegó el día de la cita. Mientras hojeaba revistas en la recepción junto a su madre, una sensación inquietante la invadió. La disposición del lugar, la ventana, la sala de espera… todo le resultaba muy familiar, como si ya hubiera estado allí.

Se acercó a la ventana. Afuera se extendía un parque repleto de palomas de Castilla, con la cúpula de la iglesia y varias casas al fondo. Todo le resultaba extrañamente conocido.

Al salir del consultorio, Dafne notó su expresión inquieta.

—¿Qué tal? —preguntó.

—Me gustaría seguir viniendo aquí —respondió Neferet con una leve sonrisa. Sin embargo, al detenerse frente a la fachada, un escalofrío le recorrió la espalda. A pesar de no conocer ese lugar, volvió a sentir la certeza de haber estado allí antes.

Ya era tarde y debía asistir a su clase de Química. Aunque no le interesaba tanto como la de Física, debía estar atenta a la entrega de resultados. La cercanía de su graduación la mantenía ilusionada, hasta que Dafne la tomó del brazo y le abrió la puerta del vehículo.

—A clases, señorita —dijo su madre.

El mes de noviembre avanzaba cargado de compromisos, como antesala a la graduación. Aprovechando el interés de la clase, la profesora Valery propuso una breve discusión sobre fenómenos inexplicables, alimentada por los comentarios habituales entre los estudiantes.

La sesión transcurrió entre anécdotas y preguntas sin respuesta. Al terminar, Neferet le pidió unos minutos.

Se quedaron en la cafetería del instituto. Valery pidió un café; Neferet apenas dio unos sorbos a una infusión de azahar mientras reunía valor para hablar. Finalmente, le contó sobre sus sueños y las sensaciones extrañas que la habían acompañado en los últimos meses. La profesora escuchó con atención, sin interrumpirla.

—Es posible que estés bajo mucha presión —explicó la profesora Valery—. La mente puede reaccionar de formas inesperadas. Aun así, hay conceptos que podrían ayudarte a comprender lo que sientes.

En ese momento, la lluvia comenzó a golpear con fuerza los ventanales.

—Por ejemplo, los espejos —continuó—. A lo largo de la historia se les ha atribuido un significado especial: no solo reflejan la imagen, sino que, en algunos casos, también pueden alterar la percepción de quien se mira. En muchas culturas se cubren durante el luto o se evitan de noche, porque se cree que poseen fuerzas extrañas… aunque esto responde más a creencias místicas. Desde una mirada racional, funcionan como estímulos que pueden intensificar la sugestión, sobre todo en estados de estrés.

Hizo una breve pausa antes de seguir.

—Sobre esa otra versión de ti que mencionas, la ciencia no contempla que existan dos personas exactamente iguales. Sin embargo, existen teorías que hablan de múltiples realidades. Aunque no son comprobables en la práctica, forman parte de modelos teóricos que intentan explicar la naturaleza del universo.

Neferet la escuchaba con atención.

—Y esa sensación de haber estado en un lugar antes… se conoce como déjà vu. Suele ser una respuesta del cerebro ante información procesada de forma irregular. Es más común de lo que crees.

Valery sonrió, como para aliviar la tensión.

—Nada de esto indica que haya algo fuera de lo normal. El estrés, los cambios y el final del curso, con la graduación cada vez más cerca, pueden hacer que todo se perciba con mayor intensidad.

La conversación se diluyó mientras la lluvia se hacía más fuerte. Neferet permaneció en silencio, tratando de procesar la información.

Al despedirse, agradeció a la profesora y salió de la cafetería. Al llegar al automóvil, su padre le ofreció la chaqueta.

Desde el interior, miró a través del vidrio empañado mientras las gotas descendían con fuerza, deformando los edificios a su alrededor.

Noviembre y diciembre transcurrieron veloces. Neferet concluyó con éxito su quinto año en el Instituto Tecnológico Kepler, cerrando el ciclo con un memorable recital de piano que conmovió a todos los presentes.

Tras la graduación, la familia se dedicó a los preparativos para el viaje a Perú.

El domingo en la tarde, después de la misa de acción de gracias por haber terminado el quinto año, Neferet encontró finalmente el valor para contarle a su madre lo que le había estado ocurriendo: las pesadillas, las sensaciones extrañas y todo aquello que no lograba comprender. Dafne la escuchó con dulzura y trató de tranquilizarla.

—No hay nada de qué preocuparse, hija. Dios tiene el control, y lo que has visto no es más que construcciones mentales, a veces influenciadas por nuestra imaginación. Estoy segura de que eso es todo: simples sueños sin importancia. Te aconsejo que hagas una oración al acostarte y al despertar, como solías hacerlo de niña. Recuerda que siempre te he dicho que la oración nos protege y nos llena de fortaleza.

—Ahora, mi “bella durmiente”, prepárate porque mañana salimos muy temprano. Tu padre ya tiene los boletos para el viaje a Perú. Rodeada de esas montañas imponentes, te olvidarás de todo. Recuerda que ya eres toda una bachiller y que pronto empezarás la universidad.

Ambas salieron abrazadas de la iglesia, llenas de optimismo. Mientras caminaban hacia el vehículo donde Sebastián las esperaba, Neferet experimentó una liberación profunda. Se sentía segura y decidida, lista para emprender uno de sus anhelos más grandes: conocer el imponente paisaje de las ruinas incas.

Al llegar a casa, sentía que aquel capítulo se cerraba ante sus ojos. Dejaba atrás las aulas y la rutina de los exámenes de graduación; ahora el tiempo le pertenecía para decidir, sin prisa, su ingreso a la universidad y elegir entre la Física, la Arqueología o la Docencia… hasta que el llamado de su madre interrumpió sus pensamientos.

—Duerme, cariño. Mañana salimos temprano.

A través de su ventana, las estrellas brillaban con una claridad inusual. Se acomodó bajo la frazada e hizo una larga oración de agradecimiento y de protección, tranquila por primera vez en mucho tiempo. Las pesadillas parecían haber quedado atrás.

Al apagar la lámpara, un destello cruzó la superficie del cristal, pero Neferet ya dormía profundamente, ajena a toda inquietud. En las últimas semanas había alcanzado mayor madurez, confianza en Dios y seguridad en sí misma; el espejo ya no ocupaba lugar en sus pensamientos.

Así, entre la calma y la esperanza, se abría un nuevo horizonte ante su vida.

Reflexión de la autora:

A menudo creemos que lo que no podemos percibir o comprobar con nuestros sentidos no existe; sin embargo, vivimos rodeados de fuerzas invisibles. Hay experiencias que escapan a nuestra comprensión.

La fe es la certeza de lo que se espera y la convicción de lo que no se ve. Dios siempre nos cuida y, a través de la oración, encontramos paz, fortaleza y dirección.

Categories
Huellas talentosas

2026: Una puerta numérica a la innovación en el aula de matemáticas

Emmanuel Chaves Villalobos
Es docente de matemáticas desde el año 2006 para diversas instituciones a nivel de secundaria, en el que atendió diversos proyectos como Olimpiadas Costarricenses de Matemática (OLCOMA), proyecto MATEM, Bachillerato Internacional, entre otros.
Actualmente es académico de la Universidad Técnica Nacional (UTN) y de la Universidad Estatal a Distancia (UNED).

Resumen

Este ensayo académico reflexiona sobre estrategias de innovación pedagógica en matemáticas que parten de la exploración de contextos cotidianos. Tomando como eje el año 2026, se analizan sus propiedades aritméticas, algebraicas y de teoría de números, descubriendo la densidad conceptual que se oculta tras una simple notación en el calendario. Además, se incluye un estudio de febrero de 2026 como «mes perfecto» y su potencial didáctico. El objetivo central es mostrar cómo la curiosidad matemática, suscitada por un objeto familiar, puede convertirse en una estrategia efectiva para fomentar la motivación, facilitar la comprensión conceptual y modelar un enfoque de enseñanza basado en la indagación y el pensamiento flexible. A través de ejemplos concretos y sus conexiones curriculares, se sostiene que la innovación académica más significativa puede emerger de resignificar lo cotidiano, proporcionando al docente un marco para diseñar experiencias de aprendizaje situadas y significativas.

Palabras clave: Innovación educativa, Educación Matemática, Curiosidad matemática, Pensamiento flexible.

Abstract

This academic essay reflects on pedagogical innovation strategies in mathematics that start from the exploration of everyday contexts. Taking the year 2026 as a starting point, its arithmetic, algebraic, and number theory properties are analyzed, uncovering the conceptual density hidden behind a simple calendar notation. An examination of February 2026 as a «perfect month.and its didactic potential is also included. The central objective is to show how mathematical curiosity, sparked by a familiar object, can become an effective strategy to foster motivation, facilitate conceptual understanding, and model a teaching approach based on inquiry and flexible thinking. Through concrete examples and their curricular connections, it is argued that the most significant academic innovation can emerge from re-signifying the everyday, providing teachers with a framework for designing situated and meaningful learning experiences.

Keywords: Educational innovation, Mathematics Education, Mathematical curiosity, Flexible thinking.

  1. Introducción

¿Cuántas veces se ha anotado el año 2026 en la pizarra, en una asignación o en un documento, sin detenerse a considerar la compleja red de relaciones matemáticas que encierran esos cuatro dígitos? En la dinámica habitual de cobertura curricular, quienes enseñan matemáticas a menudo pasan por alto el potencial didáctico contenido en los elementos más cotidianos.

Este ensayo nace de una convicción que se ha ido consolidando a lo largo de la práctica docente: la innovación académica más sostenible y profunda, no siempre requiere de tecnologías sofisticadas o recursos especializados; frecuentemente, reside en la mirada inquisitiva que se logra cultivar y proyectar sobre el entorno inmediato.

El elemento innovador que se explora aquí es de naturaleza académica y conceptual. No se presentan los resultados de una investigación empírica, sino una reflexión pedagógica fundamentada en una premisa fundamental: cualquier objeto familiar, como la notación del año en curso, puede ser deconstruido y reconstruido a través del lente matemático para transformarse en un contexto generador de aprendizaje.

El año 2026 sirve, en este caso, como prototipo idóneo para este ejercicio intelectual. Constituye una entidad numérica de uso universal, un marcador temporal que estructura la experiencia, y simultáneamente, un objeto abstracto con propiedades formales precisas. A esto se suma un fenómeno calendario particular: febrero de 2026 ha sido identificado como un «mes perfecto» (OEM/El Heraldo de Juárez, 2025), característica que no se repetirá hasta 2037, lo que ofrece una oportunidad única para explorar matemáticas aplicadas al tiempo.

El propósito de este texto es doble. En primer lugar, realizar un recorrido analítico y reflexivo por algunas de las particularidades matemáticas que ofrece el número dos mil veintiséis, incluyendo su expresión calendaria. En segundo lugar, y con mayor relevancia, emplear dicho recorrido como sustento para una propuesta pedagógica más amplia: cultivar la curiosidad y el asombro matemático desde contextos significativos, fomentando un pensamiento flexible y creativo (Boaler, 2016; Cockcroft, 1982), constituye una estrategia de innovación poderosa y accesible.

Se invita al lector, no a seguir un protocolo de investigación, sino a participar de una exploración intelectual que aspira, ante todo, a renovar la percepción sobre los números que nos rodean.

  • Una mirada analítica al 2026: más que una fecha
    • Descomposición y propiedades fundamentales

Al abordar un número como el 2026, el primer acto matemático implica su descomposición. En el sistema decimal posicional: 2∙103+0∙102+2∙101+6∙100. Este ejercicio, aparentemente elemental, constituye el punto de partida. La pregunta inmediata es sobre su naturaleza íntima: ¿es primo? Una revisión inicial confirma su paridad, lo que indica divisibilidad entre 2. El cociente, 1013, no se puede dividir por todos los primos menores que 101331,8√1013≈31,8, revelándose como primo. Por consiguiente:

2026 = 2 * 1013

Esta factorización, de obtención sencilla, es muy rica en conexiones. Define a 2026 como un número semiprimo, concepto relevante en áreas como la criptografía. Además, la suma de sus divisores propios (1, 2, 1013) es 1016, menor que 2026, clasificándolo como un número deficiente. Así, una simple designación temporal conduce directamente a discusiones sobre primalidad, clasificaciones numéricas y la teoría de divisores.

  • Representación en distintos sistemas numéricos

La exploración trasciende la aritmética básica al considerar su representación en otros sistemas. En el sistema binario, fundamental para la computación, 2026 se expresa como 11111101010. En el sistema hexadecimal, ubicuo en la programación y el diseño digital, adopta la forma concisa 7EA, donde el grafema A evidencia la naturaleza convencional y extensible de los símbolos numéricos. La conversión entre bases no es un mero artificio; es una lección profunda sobre el valor posicional y la relatividad de la representación.

Una perspectiva histórica enriquece el análisis: en numeración romana, 2026 se escribe MMXXVI. Esta representación permite contrastar sistemas numéricos no posicionales con el sistema decimal hindú-arábigo, destacando las ventajas computacionales de este último y ofreciendo una ventana a la evolución del pensamiento matemático.

  • Conexiones geométricas, aditivas y propiedades notables

El análisis revela conexiones elegantes. Por ejemplo, 2026 = 212+452, vinculándolo directamente con el teorema de Pitágoras y la geometría del plano cartesiano, donde el par ordenado (21, 45) puede interpretarse como un vector. Asimismo, en cumplimiento de la conjetura de Goldbach, puede expresarse como suma de dos números primos (1013+1013).

Otra representación reveladora es como suma de enteros consecutivos: 2026=505+506+507+508. Esta descomposición sirve de introducción natural a las sucesiones y series aritméticas.

La posición de 2026 en la secuencia numérica adquiere significado al compararlo con sus vecinos. El año anterior, 2025, es un cuadrado perfecto (452). Este par consecutivo—uno cuadrado perfecto y el otro semiprimo—ilustra la diversidad de propiedades que pueden presentar números adyacentes. Además, 2026 guarda una relación próxima con una potencia de dos: 211=2048, por lo que 2026 = 211-22, conectándolo con el crecimiento exponencial característico de la informática.

Finalmente, su raíz digital—obtenida sumando iterativamente sus dígitos hasta reducirla a una sola cifra: 2+0+2+6 =10, luego 1+0=1. Los números con raíz digital 1 poseen propiedades distintivas en aritmética modular, ofreciendo otro punto de partida para la exploración.

  • Febrero de 2026: Un mes perfecto como contexto matemático

Una propiedad en el calendario singular dota al año 2026 de un atractivo adicional para el aula. Febrero de 2026 ha sido señalado como un «mes perfecto» (OEM/El Heraldo de Juárez, 2025). Este calificativo surge porque el mes comienza en domingo y termina en sábado, abarcando exactamente 28 días (cuatro semanas completas). Esta configuración, que no se repetirá hasta febrero de 2037, es un fenómeno derivado de las reglas del calendario gregoriano y la distribución de los días de la semana.

Desde una perspectiva matemática, esta particularidad abre la puerta a investigaciones fructíferas. Los estudiantes pueden explorar la aritmética modular (específicamente, congruencias módulo 7) para entender cómo se determinan los días de la semana. Pueden formularse preguntas como: ¿qué propiedades debe tener un año para que febrero sea perfecto? ¿Con qué periodicidad ocurre? Esto conecta con conceptos de divisibilidad (años bisiestos, reglas del calendario) y puede llevar al diseño de algoritmos simples para predecir estas configuraciones. Es un ejemplo paradigmático de cómo un dato aparentemente trivial del entorno (el calendario) se convierte en un problema matemático rico y accesible.

Este conjunto de propiedades muestra que un ente aparentemente ordinario como 2026 es, en realidad, un nodo conexo dentro de una vasta red de ideas matemáticas. La cuestión pedagógica subsiguiente es: ¿cómo aprovechar esta riqueza conceptual en el proceso de enseñanza-aprendizaje para desarrollar un pensamiento matemático flexible?

  • De la exploración conceptual a la innovación didáctica: principios y aplicaciones

El valor de este análisis no reside únicamente en el inventario de propiedades, sino en su traducción a una práctica pedagógica innovadora. Se considera que el docente que modela una actitud de indagación frente a lo cotidiano está, en esencia, innovando. Demuestra que la matemática no es un corpus estático de verdades, sino una disciplina viva para interpretar la realidad. Este enfoque es fundamental para desarrollar lo que Boaler (2016) denomina una «mentalidad matemática»: la creencia de que la capacidad matemática puede desarrollarse, junto con la disposición a explorar, conjeturar y aprender de los errores.

La transposición didáctica de estas ideas puede tomar múltiples formas, siempre con el objetivo de fomentar un pensamiento flexible y creativo (Cockcroft, 1982). En lugar de ejercicios descontextualizados, pueden diseñarse actividades ancladas en la exploración de 2026. Para estudiantes en etapas iniciales, el planteamiento de un enigma numérico es efectivo: mediante pistas basadas en sus propiedades (paridad, suma de dígitos, número de divisores), se desafía a los estudiantes a deducir la identidad del número, integrando habilidades de lectura, cálculo y razonamiento lógico. Esto promueve la flexibilidad al permitir múltiples caminos de deducción.

En temas como álgebra y funciones, 2026 puede dejar de ser un objeto estático para convertirse en una meta dinámica. Problemas de modelización, como proyectar el crecimiento de una población o de un fondo de ahorro para alcanzar dicho valor, dotan de sentido y contexto a las operaciones algebraicas y al estudio de funciones. Los estudiantes deben elegir modelos (lineales, exponenciales), ajustar parámetros y validar sus resultados, ejercitando el pensamiento crítico y la toma de decisiones.

El estudio del «mes perfecto» de febrero de 2026 se presta para proyectos interdisciplinares. Los alumnos pueden investigar el algoritmo de Zeller para el cálculo del día de la semana, crear una línea de tiempo de meses con esta característica, o incluso programar una simulación sencilla. Estas tareas, que van más allá del cálculo repetitivo, desarrollan habilidades de investigación, representación múltiple y pensamiento computacional.

En educación superior, particularmente en carreras tecnológicas, la representación de 2026 en bases 2 y 16 constituye un caso concreto para discutir los fundamentos de los sistemas de numeración y su importancia crítica en las ciencias de la computación. Su factorización prima, 2∙1013 , ofrece un punto de entrada accesible para discutir los números semiprimos y sus aplicaciones en algoritmos de criptografía asimétrica, estableciendo un puente tangible entre la teoría de números abstracta y la tecnología contemporánea.

Este enfoque se alinea con los postulados de la Educación Matemática Realista (Bressan et al., 2005), que enfatiza el aprendizaje a partir de contextos plausibles. También responde al llamado de los Estándares para la Educación Matemática (National Council of Teachers of Mathematics, 2000) a fomentar una cultura de indagación en el aula, donde el docente actúa como guía más que como única fuente de conocimiento, y donde la resolución de problemas es el centro de la actividad matemática. La innovación, pues, no radica únicamente en el recurso (el número 2026), sino en el marco metodológico que lo utiliza como catalizador del pensamiento matemático flexible y creativo.

  • Implicaciones y valor de la propuesta: hacia una innovación situada

Adoptar esta perspectiva conlleva implicaciones significativas para la práctica docente. En primer lugar, democratiza la innovación. No se condiciona a la disponibilidad de tecnología avanzada, sino a la capacidad de observación, creatividad y dominio disciplinar. Cualquier educador puede emprender la tarea de analizar matemáticamente elementos de su propio contexto: datos demográficos locales, métricas financieras sencillas, medidas espaciales del entorno, o eventos calendarios como el «mes perfecto» de 2026.

En segundo término, este enfoque humaniza y contextualiza el conocimiento matemático. Al partir de un objeto familiar y revelar su complejidad subyacente, se desmitifica la disciplina, presentándola como una construcción humana, llena de patrones y conexiones inesperadas. Esta aproximación puede contribuir a mitigar la ansiedad matemática, un obstáculo bien documentado en el aprendizaje, al mostrar las matemáticas como una exploración accesible y fascinante.

Por último, y de mayor trascendencia, empodera al docente como un intelectual diseñador. En una era de abundancia de recursos digitales prediseñados, recuperar la agencia para crear a partir de elementos simples constituye un acto de autonomía profesional y reflexión crítica. El docente que diseña una secuencia didáctica alrededor de 2026 trasciende el rol de aplicador de currículo para asumirse como un profesional que genera conocimiento didáctico situado (Shulman, 1986).

El valor de esta propuesta, por tanto, trasciende el caso específico del 2026. Ofrece un marco de referencia pedagógico: un modo de concebir la enseñanza que privilegia la curiosidad, la contextualización, el pensamiento flexible y la búsqueda de conexiones interdisciplinares. Representa una invitación a re-concebir lo cotidiano como un reservorio inagotable de problemas matemáticos genuinos, esperando ser descubiertos y empleados para generar aprendizaje significativo y duradero.

  • Conclusiones

El recorrido analítico por el número 2026, desde su factorización prima hasta sus diversas representaciones, propiedades y su expresión como un «año con un mes perfecto», ha servido como andamiaje para sustentar una tesis central: la innovación en la educación matemática puede y debe nutrirse de una mirada inquisitiva hacia lo ordinario. Lejos de ser un ejercicio trivial, esta aproximación tiene el potencial de transformar la ecología del aula, favoreciendo un aprendizaje activo, colaborativo y orientado al desarrollo de un pensamiento matemático flexible y creativo.

El año 2026, como hito temporal, es efímero. Sin embargo, la perspectiva analítica y pedagógica que permite ejemplificar puede perdurar. La invitación final de este ensayo es a que, como comunidad educativa, se cultive deliberadamente dicha perspectiva. A que, al anotar la fecha o al toparnos con cualquier cifra en el quehacer cotidiano, se formulen, siquiera brevemente, las preguntas propias del quehacer matemático: ¿cuál es su estructura? ¿qué relaciones oculta? ¿a qué otros conceptos fundamentales permiten acceder? ¿qué fenómenos del mundo real (como los calendarios) puede ayudarnos a modelar?

En última instancia, la innovación más poderosa podría consistir precisamente en eso: en recuperar y fomentar el asombro fundamentado ante lo familiar. Si se logra que los estudiantes—y los docentes junto a ellos—experimenten esa chispa de curiosidad satisfecha y comprensión profunda al develar las propiedades de un número como el 2026 o al descubrir la matemática detrás de un «mes perfecto», se habrá alcanzado un objetivo pedagógico esencial. Se habrá colocado en el centro de la experiencia educativa no la mera cobertura de contenidos, sino el cultivo de una mente inquisitiva, flexible y creativa, capaz de discernir belleza, complejidad y conexión en los escenarios más cotidianos. Ese, quizás, constituye el aprendizaje de mayor valor y más duradero que se puede propiciar.

Referencias

Boaler, J. (2016). Mathematical Mindsets: Unleashing Students’ Potential Through Creative Math, Inspiring Messages and Innovative Teaching. Jossey-Bass.

Bressan, A. M., Zolkower, B., & Gallego, M. F. (2005). Los principios de la educación matemática realista. Reflexiones teóricas para la educación matemática. Revista EMA, 10(1), 69-96.

Cockcroft, W. H. (1982). Mathematics Counts. Her Majesty’s Stationery Office.

National Council of Teachers of Mathematics. (2000). Principles and Standards for School Mathematics.

OEM/El Heraldo de Juárez. (2025). Febrero 2026, el mes perfecto que no se repetirá hasta 2037. Consultado el 10 de febrero de 2025, desde https://oem.com.mx/elheraldodejuarez/ tendencias/febrero-2026-el-mes-perfecto-que-no-se-repetira-hasta-2037-28218818

Shulman, L. S. (1986). Those who understand: Knowledge growth in teaching. Educational Researcher, 15(2), 4-14. https://doi.org/10.3102/0013189X015002004

Categories
Huellas talentosas

Narrativa auditiva

Kenneth Aguilar Blanco

Universidad Técnica Nacional, Costa Rica

kaguilarb@utn.ac.cr

Kenneth Aguilar es un artista costarricense, cuya discografía publicada de manera independiente en plataformas como Bandcamp, Youtube, o Spotify, revela influencia de varios géneros para establecer la música atmosférica y experimentación sonora como base en sus obras.

La música de Kenneth Aguilar suele ser exploratoria y vanguardista. Sin embargo, su EP más reciente, titulado “P.I.” se presentanversiones acústicas de 6 temas como con arreglos minimalistas sencillos.

En los siguientes enlaces se puede acceder a su música.

https://kennethaguilar.bandcamp.com/album/p-i

https://music.youtube.com/playlist?list=OLAK5uy_mi2W0MYjDFiF2WfZVKAqzOPJlFMv2tfAg

https://open.spotify.com/artist/1XPnzdSAuL8HZPy1cKFgLx?si=MbvFCIukSWWQs04Fv083oQ

Categories
Uncategorized

Poemas

Lucía Gabriela Vindas Vargas, mejor conocida como “La Bruja Poética”, es una poeta costarricense apasionada por todas las manifestaciones artísticas y por los temas esotéricos y espirituales. Comenzó a escribir poesía en su adolescencia, participando en concursos estudiantiles, y desde entonces ha sido invitada a diversos recitales y actividades culturales; sus escritos han sido difundidos en programas de radio, revistas culturales y sitios web literarios, tanto nacionales como internacionales. Ha sido publicada en múltiples antologías —incluyendo tres a nivel nacional y cinco a nivel internacional (en países como Argentina, Chile, Colombia, España, Guatemala, Italia, México, Perú y Venezuela). En 2023 publicó su primer poemario titulado Tríptico de mí, y en 2024 obtuvo el segundo lugar en el Festival Internacional de Poesía “La Estación del Arte”, en Madrid. Más información en este enlace: https://biolink.website/LaBrujaPoetica

Mujer*

Soy mujer, he nacido,

tengo emociones y palabras.

Yo exijo, por lo tanto,

que me dejen usarlas.

No soy un ángel: soy una mujer

(sin comparación a más nada).

Pero exijo una sociedad sin estereotipos,

y justicia para mis hermanas.

No pido promesas vacías

que perecen en una hoja blanca.

Pido comprensión, equidad,

autonomía, sororidad y paz en mi casa…

Soy mujer, es decir,

humana con derechos y libertades.

Y exijo, por lo tanto,

que me dejen usarlas.

*Este poema fue escrito inspirado en el poema “Hombre” de Jorge Debravo

Habitar la poesía*

Es recorrer esa casa de la memoria,

a la que se acude como un lugar seguro

lejos de la realidad que perfora nuestros ojos;

donde los sonetos son calmantes para el dolor

y nos cubrimos las heridas

con los versos que un día dejamos inconclusos.

Habitar la poesía

es trazar una ruta profunda,

desde nuestra alma hasta nuestra mente,

es orquestar una sinfonía

entre lo efímero y lo eterno,

y convertirse en alquimista de las palabras.

Habitar la poesía es vivir diariamente,

en una permanente, pero desafiante

coexistencia con el verbo,

descubriendo y describiendo,

en un mundo a veces tan sombrío como la muerte,

la singular belleza de las cosas.

*Con este poema gané el segundo lugar en el Festival Internacional de Poesía La estación del Arte 2024

Septiembre

Con la calma de un lirio

te esperan mis manos,

confiando en un setiembre

en que rebosen de tu esencia;

donde mis labios encuentren un pretexto

para cantar en tu espalda,

para escribir sonetos

y danzar entre caracolas;

donde mi piel respire la tersura de tu nombre,

y mis tatuajes se pueblen de tus sonidos.

Categories
Uncategorized

Noche de espantos

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte.

Toño González y Jovel Arroyo eran habilidosos bailarines y los solterones más galanes de la zona. Todos los sábados bajaban a caballo al centro de la provincia de Alajuela a malgastar el jornal ganado tras una ardua semana en los cafetales de las faldas del volcán.

Una noche de esas en que la pachanga se alargaba, después de una buena juerga, encontraron en Desamparados de Alajuela un salón de baile, abierto a muy altas horas de la noche, que nunca habían visto en aquel oscuro lugar, por lo que decidieron entrar para cerrar con broche de oro aquella tremenda farra. 

El sitio era extraño, envuelto en una atmósfera cargada y bañada por una luz tenue y grisácea. Del centro brotaban chorros de humo denso y, entre la neblina, aparecían de la nada mujeres de mediana edad ataviadas con trajes decorados con plumas de faisán. Aunque los escaños resultaban excesivamente cómodos, el lugar no dejaba de sentirse lúgubre y tétrico.

Cuando ya el baile había calentado y estaban al máximo de embriaguez, les servían tragos de licores finos y para rematar gallos de bocas exquisitas, pero lo que más les llamaba la atención, era que las anfitrionas de aquel salón nocturno eran sólo mujeres, bastante bellas por cierto.

Después de largas horas de estar comiendo y gozando de aquellos suculentos bocadillos, en compañía de aquellas hermosas damas, Jovel notó algo extraño y era que las bocas a pesar de ser sabrosas, no tenían sal, fue así como al momento que Jovel externó tal apreciación en voz alta a sus compañeros, que el enigma se desvaneció por completo.

De pronto, se percataron de la verdad; no había salón, ni luces, ni damas. Estaban en la oscuridad de un lote baldío, sentados en el barro y bajo unos palos de guayaba, comiendo cagajones de yegua, rodeados de bestias desbocadas que no paraban de relinchar, al fondo del terreno sus caballos amarrados a las ramas, se agitaban espantados y hacían también gran relincho y alboroto, pues ellos en su instinto animal sabían que esas apariciones no eran de este mundo.

Relatos antiguos, cuentan que aquellas hermosas mujeres que servían en el misterioso salón eran espantos que salen por las noches para perder a las almas callejeras, y como la sal se utilizaba antes para espantar los malos espíritus, según las creencias y supersticiones; apenas Jovel lo mencionó, con solo decirlo, el espejismo se deshizo y el salón se desvaneció en la penumbra de la noche.

Nuestros gallardos jinetes, vueltos ya en razón, montaron sus caballos y escaparon de aquel terreno baldío a todo galope. No volvieron la vista atrás, temiendo encontrarse con las yeguas ya transfiguradas en seres horripilantes; tal fue el espanto que, desde aquella noche, Toño y Jovel le dijeron adiós para siempre a la vida nocturna…

Reflexión de la autora: Las historias que se suscitaban en los cafetales y los caminos rurales de nuestra tierra son mucho más que simples relatos; son la esencia de nuestra identidad. «Noche de espantos» nace del deseo de rescatar esas voces de antaño, donde lo cotidiano se entrelaza con lo sobrenatural y el misticismo.

Categories
Uncategorized

Agustina la rezadora

Autora:  María Chacón Eduarte.

¿Quién fue Agustina?

Muchos te recordarán como la rezadora de fe inquebrantable: mujer de rezos largos, de corridos cantados a pulmón abierto y de verdades descalzas.

Esta es la historia de una mujer sencilla, olvidada por muchos, pero jamás borrada de la memoria.

Como un endeble y difuso rastro de la mujer recia y maciza que fue alguna vez, alejándose por el camino a paso lento y vacilante, vencida por el cansancio, avanzaba doña Agustina; con los pies resentidos por el peso de los años y el trabajo duro sostenido durante toda su vida.

Solía vestir con estricta pulcritud.  Su espalda dibujaba una pronunciada curvatura que marcaba su silueta y, a su paso, dejaba un tenue aroma a agua de rosas, proveniente del botecillo que había comprado años atrás y que aún conservaba con gran recelo, a pesar de las limitaciones.

Los domingos salía de visita a casa de su hermana y, de vez en cuando, era contratada como rezadora. Su rezo era de antaño, a todo pulmón, colmado de cantos, ruegos incansables y responsos; tan prolongado que terminaba por vencer el cansancio de más de un devoto. Nunca cobró, lo hacía por mérito propio y dejaba a conciencia el reconocimiento que quisieran ofrecerle en señal de pago.

Durante los rezos del rosario nunca faltaba el bizcocho casero, el café chorreado, el tamal de elote y algún picadillo de papa o arracache, que se compartían al final entre murmullos y agradecimientos.

Agustina también se había dedicado a hacer corridos, como remembranza de sus tiempos mozos, subida en tarimas proselitistas durante campañas electorales, allá por el año de 1953. Así fue como se convirtió en una destacada declamadora, acostumbrada a recitar extensos corridos y poesías de su propia autoría, con gran facilidad y agrado para quienes la escuchaban.

Era una mujer de espíritu alborozado, alegre y optimista, independientemente de las adversidades que estuviera atravesando. En sus momentos de soledad escuchaba canciones de Javier Solís, Bienvenido Granda y otros famosos de su tiempo; y los domingos, en el baile de La Polilla, en el Parque Central de Alajuela, era siempre la primera en salir a la pista, como una bailadora incansable, aun con todo y sus achaques.

Vivió sola en su casita, en algún barrio de Alajuela; sostenida apenas con lo indispensable. Así vivió Agustina, ayudando, aunque pareciera imposible, a quien pudo, aun cuando se sacara el propio bocado de la boca, sin más sustento que la caridad, la divina providencia y una pensión del Régimen No Contributivo, que se le esfumaba a medio mes.

Había criado tres hijas naturales. Todas crecieron, se marcharon y formaron un hogar, enfrentando los mismos apuros económicos de tantos matrimonios envueltos en las fatigas de la crianza y esa rutina diaria que apenas les permitía ofrecerle ayuda o compañía.

Así fue como pasó Agustina los últimos años de su vida, en una casa sencilla, escuchando música ranchera en compañía de su lora, que llenaba el silencio con su voz.

 “Agus dame amor” repetía la lora, “Agustina, Agustina”

Fue su única compañía, pues muchas de sus amistades y familiares habían fallecido, y otros se fueron distanciando con el tiempo. La lengua de Agustina era muy franca y no a todos les agradaba que les señalaran las faltas de frente. Decía la verdad sin tapujos, aun cuando incomodara, y en ocasiones la aderezaba con exageraciones nacidas de su imaginación, como quien agrega rabo y cola a una historia, más por el gusto de contarla que por la intención de herir.

De cuando en cuando recibía alguna visita, a la que atendía con esmero, ofreciéndole un pedazo de pan casero ya entrado en días, que sacaba de la estufa sin reparar en su estado. En sus ratos de ocio se la pasaba escuchando canciones rancheras o viendo algún programa nacional en un televisor antiguo, ubicado en la esquina de la pequeña sala. Al caer la noche, se le escuchaba en ferviente oración, prolongada durante horas.

Hacía tiempo que demandaba cariño, aceptación y buen trato, con la esperanza de ser asistida en la vejez. Con los años, su visión se fue volviendo más borrosa y sus manos más lentas, marcadas por los dolores persistentes en los hombros y las articulaciones.  Aun así, lo que encontraba era indiferencia.

Una noche en que la soledad le pesaba más de lo habitual, decidió visitar a una de sus hijas,  con la esperanza de que la invitara a pasar, le ofreciera un café caliente y algunas palabras de afecto. La visita, sin embargo, derivó en una discusión, cargada de reproches antiguos. La alteración fue tal que su hija sufrió una descompensación que obligó a pedir ayuda de urgencia.

Minutos después se escucharon sirenas de patrullas que acudieron al lugar, en medio de la confusión.

En cuanto Agustina escuchó las sirenas, se alejó con premura entre las sombras del vecindario, mientras los ladridos y aullidos de los perros se alzaban en medio del ruido. Agustina terminó cayendo rendida rodeada por los oficiales, y así concluyó el escape.

Pues no había tal persecución, fue solo un malentendido. Tras escucharla con atención, los guardias la dejaron en libertad, obsequiándole un puñado de monedas y billetes que reunieron, luego de oír también algunos ingeniosos corridos y versos que Agustina recitó con gran soltura y desenvolvimiento.

Así regresó a su humilde casa, agotada pero contenta, con lo suficiente para un café caliente y unos bollos de pan casero, satisfecha por los corridos que recitó con tanta gracia.

¡Cómo cuesta con los hijos, una vez criados… hijos criados, trabajos redoblados!, murmuraba Agustina, sentada en su cocina, envuelta en la penumbra de la noche, y sonriendo al escuchar de nuevo la voz de su innegable amiga, la lora, repitiendo: ¡Agustina, dame amor!, ¡Agustina, dame amor!

Categories
Uncategorized

Un nacimiento enmantillado

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte

En tiempos antiguos, cuando el nacimiento dependía del conocimiento y el talento de la partera, la vida pendía de un hilo frágil, sostenida más por la fe y la esperanza. De eso trata la historia a continuación.

Las contracciones iniciaron a eso de las cinco de la tarde. Cada dolor se volvía más intenso, mientras la partera limpiaba el sudor de la frente de Altagracia y el sangrado aumentaba de manera preocupante.  La lluvia hacía un golpeteo hueco y constante sobre la teja de arcilla.

La matrona, visiblemente alterada, llamó a Nicomedes y le susurró con la voz quebrada:  No escatime en tiempo, vaya y ruéguele a Dios. No lo voy a engañar, temo por la vida de su mujer y de la criatura.

Nicomedes, frunciendo el ceño y con una mueca de desesperación, apretó la mano de la partera, suplicándole que hiciera todo lo posible.

Sin decir más, la mujer cerró la puerta y regresó junto a la parturienta. Ayudó a Altagracia a recostarse en el camastro y, al palpar de nuevo, sintió la cabeza del niño.  Con el rostro desencajado Altagracia pronunció el nombre de Nicomedes y exhaló un suspiro largo, casi como un quejido de desesperación.

Muy cerca de la habitación, en el pasillo, Nicomedes se arrodilló en el piso de madera, junto a un altar que su mujer había colocado días atrás, con un hermoso ramo de geranios rojos. Temblaba de sufrimiento entre sollozos, suplicándole a Dios misericordia.  Allí permaneció en oración por varios minutos, mientras veía cómo entraban y salían, llevando palanganas con agua tibia y mantas.

De repente, en la penumbra del pasillo, comenzó a ver destellos luminosos que giraban a su alrededor, como pequeñas luces de bengala: diminutas chispas suspendidas en el aire. Atónito, no supo explicarse qué eran aquellas misteriosas luminarias.

El cansancio y el humo de la vela de cebo terminaron por vencerlo. Sentado en el suelo, recostado a la pared, se desvaneció entre el sueño y la preocupación. Aquel día había trabajado desde muy temprano en la finca y quedó profundamente dormido, con la cabeza apoyada en la esquina de la pared.

Soñó que caminaba por una senda oscura, subiendo hacia la montaña. Al final, veía una luz cada vez más intensa. Conforme se acercaba, una calidez y una calma lo envolvían, como si una gran fortaleza naciera en su interior. Cuando ya no pudo avanzar más, cayó de rodillas y sintió una paz profunda.

De pronto, unos movimientos lo sacudieron. Al abrir los ojos tenía enfrente a Tomasa.  Ella lo abrazó con cariño y le dijo:

Venga, don Nico, vamos para que se tome un tecito de azahares con leche; eso calma los nervios.

Lo llevó a la cocina y se sentaron frente al fogón.   Mientras le acercaba la taza, añadió con voz segura:

Altagracia es una mujer valiente. Ánimo don Nico, susurró como si se tratara de un niño:   Todo es cuestión de fe; acuérdese de la historia de san Ramón Nonato. Dicen que lo sacaron del vientre de su madrecita cuando ella ya había muerto durante el parto.  Ahora solo queda esperar.

Más calmado, Nicomedes se quedó junto a la lumbre aferrado a la espera.

De pronto, el llanto de un bebé rompió el silencio de la madrugada. Tomasa y Nicomedes se miraron y corrieron al cuarto. La matrona Samira salió con el niño en brazos y exclamó con voz firme: ¡Es un varón grande y saludable!

Luego añadió: Don Nico, su hijo vino al mundo enmantillado… Nació envuelto en la bolsa amniótica, tal como estaba en el vientre materno.  En todos mis años de partera, nunca me había tocado atender un parto de esta naturaleza; pues ocurre en muy raras ocasiones.  Esto es lo que nuestros abuelos llamaban un parto velado.

Es un gran augurio de buena suerte y bendición.  Este niño probablemente trae una misión muy especial para cumplir en esta vida.

Hacía unos minutos, en el cuarto, al ver al recién nacido rodeado por la membrana transparente, Samira recordó a su madre, quien también había sido una de las mejores parteras de su tiempo.  Ella le hablaba de los partos con zurrón como verdaderos portentos.

Con sumo cuidado, retiró la membrana; luego la envolvió en una manta limpia y se la entregó a Nicomedes, explicándole que debía guardarla como símbolo de protección.

Con lágrimas en los ojos, Nicomedes recibió a su hijo y lo estrechó contra su pecho. Tomasa se acercó y, después de observar al niño con detenimiento, comentó que se parecía mucho a Altagracia, aunque los ojos eran iguales a los de él.

Luego, con gesto respetuoso, tomó el mantillo de la mano de Nicomedes y, con unos cogollos de ruda, le roció unas gotas de agua tibia del perol que había quedado en el fogón; después lo envolvió entre mantas para secarlo y lo guardó en un lienzo blanco.

Samira indicó, con una sonrisa serena:  Don Nico, no sé a qué Santo le rezó usted, pero Altagracia se recuperó de una forma que nunca había visto.  La hemorragia se detuvo y el niño salió sin dificultad, envuelto en ese hermoso manto.

Llevó al bebé hasta el camastro y lo colocó junto a su madre, que yacía pálida y exhausta.  Ella sonrió al ver a Nicomedes. 

Ahora debe guardar reposo, indicó Samira: buena comida, bastante agua y descanso. Que le dé pecho al niño; el calostro es importante para ambos. Aunque sea a ratos, con calma y paciencia.

Nicomedes se recostó en la poltrona, contemplando a su amada esposa y a su hijo. Ya era de madrugada.  Extenuados, dejaron que la noche se fuera disipando.

Al día siguiente, Altagracia le contó a Nicomedes que había visto una extraña luz atravesar la puerta y que, desde ese momento, una fuerza inesperada la sostuvo hasta el final del parto. Nicomedes no dudó ni un instante.  Fue un milagro de Dios, dijo, con los ojos nublados de felicidad.

Tomasa tocó a la puerta con un cofre de madera en sus manos y le consultó a Altagracia dónde quería que colocara el mantillo, ella le indicó que debajo del moisés.  

En ese instante, entró por la ventana un viento suave que acarició el rostro del recién nacido y que parecía traer la tranquilidad después de tanta agitación y sufrimiento.

Reflexión de la autora:  Recuerdo que de niña,  mi madre me comentó acerca del nacimiento “enmantillado”.  Años después confirmé que este fenómeno realmente existe; lo que más me sorprendió fue descubrir que ella ya lo sabía, sin haberlo leído o investigado.

Categories
Uncategorized

Juliana Candil

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte

Belisario tomó la cruceta y empezó a repartir cinchazos en el aire, pues no había nada delante de él  más que la oscuridad de la noche; la supuesta aparición era una hermosa mujer montada en un caballo negro azabache y lustroso.   La mujer soltaba unas risotadas de espanto, según exclamaba el hombre, en medio del terreno encharralado, a la entrada de su casa, cuando ya ni siquiera podía sostenerse debido a la embriaguez que se cargaba.

 ¡Juliana Candil!, gritaba Belisario una y otra vez.

Desde adentro se escuchaba a su mujer, Teresa, en medio de la congoja, rezando en voz alta y temblorosa, al escuchar aquel escándalo estruendoso:

“Señor San Silvestre del Monte Mayor, resguarda mi casa de todo alrededor, de brujas hechiceras, de brujas en cabresto y de un hombre traidor.  Ya toca la endona, la misa rezada, Jesucristo la reza, los ángeles la adoran, dichosa el alma que se acuesta a esta hora.  Si me acuesto, Jesucristo me reza, si me muero Jesucristo me vela, en la casa bendita de Jerusalén, donde velaron las doce mil candelas del Señor Jesucristo. ¡Amén!

Juliana Candil vivía en el Barrio de Quebrada Seca.  A la entrada de su casa de madera, colgaba un sapo disecado, de mal aspecto, sujeto a una cuerda transparente, con la intención de espantar a los curiosos, pues en el barrio se corría el rumor de que la pobre mujer era bruja.  El aire estaba impregnado de sahumerios: sándalo, palo dulce y salvia virgen,  acentuando el halo de misterio.

Era una mujer de buen ver, difícil de pasar inadvertida; llevaba el pelo negro rizado, tenía tez blanca y siempre olía a agua florida.   Por lo general vestía de negro o gris, de manera recatada, en señal de respeto por su difunto esposo.

Teresa le gritaba desde adentro a  Belisario, mientras quitaba una cafetera tiznada del anafre:

¡Belisario, nada de eso existe: ni los aparecidos, ni los entierros, ni las brujas! Pasá para adentro, que ya es muy tarde.  Agarrá juicio, por favor.

¡Qué ideas tan descarriadas, mujer!, ¡yo sé lo que digo! refunfuñaba Belisario entre dientes, con una borrachera de semanas encima, oliendo a puro chinchibí y hasta viendo espectros en el aire.

Belisario, tené cuidado con esa mujer, porque pesca la mirada de los hombres con puras mañas y encantos.

¡Qué me estás hablando mujer! Me voy a acostar para bajar esta tranca que me traigo.

Teresa lo miraba de reojo, con tristeza, pues no había comida, solo tortilla tiesa del fogón de anafre para acompañar con café tibio.

Lo único que recordaba Belisario era ver a Juliana, muy hermosa, atravesando la esquina, en silencio y sin cruzarle una sola mirada. Para ella, él no era más que un hombre atrevido convencido de que ella era una bruja temible.

No me molestés Teresa, que estoy cansado y preocupado, con la huerta de don Manuel voy atrasado y ya ve cómo me tiene, que la quiere lista para el día de San Isidro. Me metí primero con las piletas de doña Filomena, pero todavía no me ha pagado; dice que hasta que vuelva don Anselmo de San Carlos.

Lo dijo entre sollozos, como excusa por la borrachera para tranquilizar a su mujer. Se quitó las botas, cayó redondo en el camastro sumido en un sueño profundo.

Y así quedó Belisario, roncando como toro, soñando que Juliana lo miraba con ternura.  Con resignación, Teresa lo cubría con una manta ajada mientras pensaba:  En Quebrada Seca no hay brujas; las inventan las lenguas de estos hombres que por culpa del guaro de caña, terminan viendo visiones.

Era la belleza de Juliana la que tenía a más de uno dando vueltas por su casa, y la supuesta brujería no estaba en ella,  sino en los chismes del caserío y en las desdichas que deja el licor.  Al amanecer,  de nuevo  Teresa le servía tortillas secas y café entibiado, cansada pero aferrada a la idea de que las penurias no serían para siempre.

Reflexión de la autora:  Este relato de Juliana Candil evoca tiempos en los que el misticismo, la imaginación y las creencias populares animaban las reuniones familiares y cautivaban a niños y a jóvenes.  Por lo general, encerraban una enseñanza o advertencia.

Categories
Uncategorized

El Esqueleto y la Botija

En el año de 1925, en una finca de la Garita de Alajuela, por las noches se escuchaban ruidos de personas corriendo sobre hojas y ramas secas, acompañados de llantos y alaridos que se mezclaban con el viento. Entre los vecinos se contaba la historia de una botija flotante que emergía del piso de tierra y, al poco rato, se esfumaba, escondiéndose ante la mirada de quienes paseaban o visitaban la hermosa finca. La aparición ocurría en la vieja casa de bajareque, forrada con paredes de adobe, que aún se mantenía en pie dentro de aquella extensión, donde tiempo atrás habían encontrado sin vida al antiguo dueño.

Cuentan los vecinos que Domingo Céspedes vivía en la finca y que, a medianoche, era atormentado por ruidos y quejidos de alguien que lloraba. Domingo pensaba que seguro era el muerto que andaba en penas. Corina, la muchacha de servicio, ya le había comentado sobre la presencia de la botija y le contó que había intentado agarrarla varias veces. La gente decía que la botija hacía un ruido como si rodara, raspando el barro sobre la superficie del suelo.

Cierto día, en tiempo de zafra, Domingo salió a cortar caña de azúcar cuando escuchó los llantos de alguien que se acercaba cada vez más al cañaveral. Empapado en un sudor copioso y preso del miedo, salió con el puño de cañas sobre el hombro, corriendo a toda prisa hacia el trapiche que tenía en el patio de la casucha.

Pasaron los días, y después de varias apariciones de la botija rodando de forma estrepitosa por el suelo, Domingo decidió despedir temprano a Corina de sus labores, pues no quería testigos. Cuando empezaba a oscurecer, tomó una pala y comenzó a cavar en el piso de tierra, justo en el lugar donde había visto esfumarse la botija en repetidas ocasiones. Cavó y cavó, hasta que por fin, al llegar a lo profundo, encontró la botija: estaba repleta de joyas de oro y plata, billetes y monedas antiguas…

Para su sorpresa, de la tumba cavada se irguió un esqueleto que halaba la botija para que no se la llevara. En ese instante, de forma tétrica, el esqueleto exclamó:

No he podido descansar en paz, porque esta plata les pertenece a mis hijos y a nadie más. ¡Detente, Domingo Céspedes!

Así fue como Domingo sostuvo una dura lucha con el esqueleto. Entre las sombras se escuchaba cómo iba forcejeando con los huesos quebradizos del espectro fantasmal; la calavera rechinaba y desprendía una fuerza siniestra. Pero Domingo era un hombre fornido, y, tras una intensa lucha, logró escapar con la botija.

Desde lo lejos solo se oía una voz que gritaba ¡No te la lleves…! ¡No te la lleves…!

Entre dudas y miedos, perseguido por aquella voz de ultratumba, Domingo corría sin volver la vista atrás.

Cuentan los vecinos que Domingo Céspedes se hizo millonario, pero su mano izquierda se le secó, como si arrastrara la culpa de la botija que un día cargó. Después de aquel encuentro espectral, pasaron los meses y nunca más se volvió a saber de él en el pueblo de la Garita. La finca se perdió y pasó a manos del gobierno, pues nadie la reclamó.

Todavía dicen los lugareños que la finca está encantada y que, en las noches, se escuchan los alaridos de un alma que no encuentra paz ni descanso. Es el alma de Baudilio Colmenares, el antiguo dueño de la finca.

Cuentan que su esposa lo abandonó hace muchos años y se llevó a sus hijos, lo que más apreciaba Baudilio en este mundo. Nunca volvió a saber de ellos: fue como si la tierra misma se los hubiera tragado.

Baudilio era uno de los terratenientes más acaudalados del lugar, y había guardado todo su dinero en una botija, enterrándola en el suelo para sus hijos. Murió solo y triste, recordando a Rosita y a Aurelio, sus dos hijos, el más preciado tesoro de su corazón.

Pero aquel tesoro  guardado con tanta ilusión y afán fue arrebatado por Domingo, pues los hijos nunca regresaron. Un familiar de Baudilio vendió la propiedad a un precio muy bajo. Así fue como la finca pasó a manos de Domingo, quien, tras encontrar la botija, también se marchó lejos,  sin dejar rastro alguno.

Sin embargo, los vecinos del lugar aseguran que, en las noches, aún se ven luces destellantes sobre el terreno, y se escuchan alaridos de confusión y pena… el lamento de un alma que todavía no encuentra paz para sus restos.

Autora:  María de los Ángeles Chacón Eduarte

Género: Relato corto / narrativa costumbrista

Reflexión de la autora:

Esta leyenda me la contó mi madre hace muchos años, en una versión más breve, y quise honrar su memoria ampliándola, contextualizándola y dándole más detalle. Ella solía compartir conmigo muchas historias de su niñez, llenas de costumbres y creencias heredadas de nuestros abuelos.

En su infancia existía mucho misticismo y numerosas creencias acerca de los muertos y la vida en el más allá, de apariciones espectrales y de miedos infundados para que los hijos no llegaran tarde ni anduvieran callejeando durante la noche.

Biografía:

María de los Ángeles Chacón Eduarte es escritora de relatos cortos y autora de artículos de crítica social. Investigadora en genealogía e historia. Es máster en Administración con énfasis en Alta Gerencia y cuenta con amplia formación en administración, recursos humanos y gestión de proyectos. Trabajó más de veinte años para el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), así como en el Banco Popular y FUNDES Costa Rica. Actualmente cursa el Profesorado Técnico en la Universidad Técnica Nacional.

ORCID: 0009-0005-6079-4214