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La bendición que trajo Delfina

Por MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte. https://orcid.org/0009-0005-6079-4214

Hace mucho tiempo, en la provincia de Alajuela, en el corredor de un humilde rancho de madera, de apariencia desgastada, una mujer llamada Enriqueta sentaba a su pequeña Delfina a recibir la caricia de los rayos tibios del sol por las mañanas. La calidez del ambiente cobijaba a la niña, ofreciéndole un respiro en medio de las estrecheces que enfrentaba al lado de su madre. Enriqueta era su único sostén y quien le brindaba protección y afecto.

El rancho tenía una hermosa vista hacia el horizonte. Desde allí se podía contemplar el ganado recorriendo los potreros de la inmensa hacienda, los vistosos árboles frutales y a los peones entregados a la faena diaria de la tierra, bajo el inclemente sol o la fría lluvia.

La llegada de Delfina al mundo había sido, en sí misma, un verdadero milagro. Durante un embarazo complejo y lleno de quebrantos de salud, los médicos no auguraban un buen desenlace para la madre. Sin embargo, una noche de verano, la niña nació, desafiando todo pronóstico y aferrándose con fuerza a la vida.

Aquella gestación demandó sacrificios inmensos. Para poder alimentarse, Enriqueta dependía de las mazorcas de maíz que lograba recolectar en la milpa de la hacienda de los Arriola. Para conseguirlas, debía cruzar con mucha cautela el enmarañado monte para evitar ser descubierta.

Los peones de la propiedad, al notar la presencia de la mujer en su estado, preferían mirar hacia otro lado y disimular. Actuaban con empatía y guardaban un silencio respetuoso, pues conocían bien la injusticia que había detrás de aquella situación, ya que el dueño de la finca era el progenitor de la criatura. En el caserío donde vivían los peones con sus familias, todos comentaban que aquel sustento no era un favor, sino un derecho elemental para la madre y la criatura que se gestaba en su vientre.

Años atrás, cuando Enriqueta llegó a trabajar a la hacienda, se sintió sinceramente ilusionada por las promesas de don Jacinto Arriola. Incapaz de prever las intenciones de aquel hombre ventajoso, le entregó un afecto genuino, confiando en palabras que no tenían base ni sustento. Cuando ella le comunicó que esperaba un hijo, él reaccionó despidiéndola de inmediato en medio de acusaciones falsas, ocultándole la verdad a sus hermanas.

Aquella misma tarde, tras el injusto desahucio, don Jacinto partió a toda prisa en su caballo, como quien lleva una carga de conciencia que desea aligerar. En el trayecto, el animal resbaló en la calzada y el hacendado falleció al instante a causa del fuerte golpe que sufrió en la cabeza.

Tras la tragedia, sus tres hermanas solteras —Remedios, Francisca y Juana Elvira Arriola— quedaron a cargo de la administración total de la propiedad. Al conocer el estado de Enriqueta y saber que entre los peones y el personal de servicio se afirmaba que la paternidad era de su hermano ya fallecido, le permitieron instalarse en el antiguo rancho del capataz, ubicado en los linderos de la finca. Así intentaban brindarle algo de protección, aunque fuera a regañadientes y con desgano.

Desde entonces, Enriqueta camina a diario hasta la hacienda para conseguir alimento. Allí, las hermanas del difunto, aún resentidas y aferradas a un orgullo vano, la reciben con reproches y palabras duras antes de entregarle algunos víveres. Además, condicionan la ayuda a que realice alguna labor doméstica, como lavar los trastos o tender la ropa al sol, a pesar de que cuentan con dos criadas a su servicio.  De esta manera, someten a Enriqueta a una constante servidumbre.

Ajena al rencor del mundo, la pequeña Delfina aguarda en su silla de madera. Al ver a su madre regresar a lo lejos con la bolsa en sus manos, la niña de dos años grita con entusiasmo y celebra la llegada de las frutas dulces y verduras que tanto le gustan. Enriqueta evita llevarla consigo por temor a que las hermanas de Jacinto le hagan algún daño.  Sin embargo, cuando aquellas mujeres alcanzan a ver a la niña en brazos de su madre, quedan cautivadas por su dulzura. En sus rostros se trasluce el deseo oculto de querer abrazarla, pues reconocen en ella los rasgos de su hermano ya fallecido.

Así, en el ocaso de la tarde, se vislumbra un destello de esperanza para Enriqueta y un futuro prometedor para Delfina como única heredera de la Hacienda Arriola, al no existir ningún otro sucesor en la familia. De esta manera, la bendición llega por caminos inesperados para quien ha sido humillada y sometida a servir en medio de malos tratos.

Reflexión de la autora:

Como dice aquel antiguo refrán: “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista” pues siempre va a existir algún consuelo ante las dificultades, es cuestión de esperar y tener fe en Dios. Las situaciones difíciles tarde o temprano llegan a su fin.  “Los molinos de Dios muelen despacio pero muelen fino.”

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Ausencia

Autora: María de los Ángeles Chacón Eduarte. 

ORCID: https://orcid.org/0009-0005-6079-4214 

Con los rostros semejantes a las hojas de un magazine francés, desteñidas por el paso del tiempo cuando el color adquiere una palidez suave y áurea; así lucían las caras de aquellas dulces ancianas, con sus lindos cabellos blanquecinos ceñidos en una trenza impecablemente elaborada.

Sentadas y apoyadas en el borde de los camastros podían contemplarse una a la otra, como dos seres que habían aprendido a convivir con la lasitud de los días, a quienes la vida parecía estarles concediendo un tiempo adicional debido a su extraordinaria longevidad, pues Consuelo Rojas ya rondaba los noventa y cuatro años y Olivita Johnson las noventa y seis primaveras.

Nunca estuvo entre sus aspiraciones casarse o formar una familia propia; sin embargo, conservaban una serenidad que pocas personas logran alcanzar. Habían transitado por la existencia encontrando satisfacción en el servicio a los demás, en las pequeñas labores cotidianas y en la tranquilidad que produce una conciencia en paz.

La vida se convierte entonces en un invariable transcurrir, donde el panorama se conoce a fuerza de contemplarlo todos los días desde la misma ventana; tanto así que al cerrar y abrir los ojos permanece allí la misma pintura del paisaje, etéreamente perpetuo, como si el tiempo hubiese decidido detenerse una tarde cualquiera, justo cuando comenzaron los dolores, la rigidez y las limitaciones propias de su avanzada edad.

¿Pero quién decide sobre los designios de la humanidad sino el Supremo y Soberano Creador que moldea los destinos con el cincel de la verdad, encuadrando un incomprensible devenir donde nadie sabe con certeza qué le concederá el mañana?

Existe de todo un poco en el viñedo de la creación; personas que gastan sus fuerzas persiguiendo afanes y otras que encuentran plenitud en una existencia sencilla y equilibrada.

Así vivían Consuelo y Olivita; amigas inseparables desde tiempos mozos. Durante décadas acompañaron a familiares, vecinos y conocidos en momentos de necesidad, permaneciendo junto a quienes sufrían, ofreciendo ayuda cuando era requerida y procurando aliviar cargas ajenas antes que las propias.

Ahí estaban hasta el final, compartiendo una misma morada con el fin de hacerse compañía y patentizar cuál de las dos partiría primero de este mundo. Pasaban los días incesantes con las pupilas vacías y turbadas por los años, pero profundamente conformes con el camino recorrido. A pesar de las limitaciones propias de la edad, conservaban una tranquilidad difícil de explicar y una gratitud sincera por la vida que les había sido concedida; en verdad se sentían plenas y realizadas.

Hasta que un día, entrada la noche, Consuelo sintió un frío que le recorría la espalda y que poco a poco le invadía todo el cuerpo, acompañado de un ligero desvanecimiento. Pensó entonces:

—Creo que ya llegó mi hora postrera… No voy a molestar a Olivita; al fin y al cabo es mejor que se dé cuenta mañana. Voy a fingir dormir y esperar a que esta tribulación termine pronto, de forma callada y discreta… Así mañana Olivita me ayudará a recibir la Santa Unción como despedida, sin tener que enfrentar llantos ni sufrimientos a medianoche; ¿para qué voy a adelantarle esa angustia?

Así se perdió entre pensamientos, sin fuerzas, hasta quedarse profundamente dormida…

Al cantar de los gallos llegó el nuevo día. La luz comenzó a filtrarse por la ventana y los primeros rayos del sol se dejaron sentir sobre el aposento. Así lo percibió Consuelo al abrir los ojos, todavía aturdida al descubrir que seguía con vida y que aquel episodio nocturno no había sido más que una falsa alarma, producto del frío desolador que la había sobresaltado durante la noche.

Después de elevar una larga plegaria en agradecimiento al Creador, se incorporó poco a poco y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno ligero que solía compartir con Olivita. Más tarde se acomodarían en las poltronas del patio interior para tomar un poco de aire fresco y continuar con aquella rutina que, con el paso de los años, se había convertido en parte necesaria de su existencia.

Sin embargo, algo le resultó extraño. El tiempo avanzaba lentamente y Olivita aún no daba señales de haberse levantado.

Apenas terminó de preparar el té, afligida por una extraña sensación y un fatal presentimiento, se apresuró hacia la habitación para despertar a Olivita. Sobrecogida, mientras la incertidumbre secuestraba sus pensamientos, la llamó repetidamente.

Cuando al fin le tomó la mano, la encontró pesada e inerte. ¿Qué era aquello que estaba sujetando, lánguido y frío?… Aquella sensación helada le recordó el escalofrío que la había sobresaltado durante la noche.

El mundo se le vino encima, el silencio de la habitación se volvió ensordecedor y poseída de un estupor, Consuelo comenzó a suplicar por ayuda y sintió su vida desvanecerse en un agujero que la arrastraba hacia las profundidades; cuanto más descendía, más angosto y oscuro se iba tornando todo a su alrededor…

Horas más tarde despertó en un aposento diferente al que compartía con Olivita. No había ventanas; estaba completamente cerrado. Una mujer entró por la puerta y acercándose con amabilidad, le dijo:

—No se preocupe, aquí va a estar bien —dijo la dama voluntaria con una sonrisa serena.

Los ojos de Consuelo se humedecieron. —¿Dónde está Olivita? —preguntó con voz temblorosa.

 —¿Olivita? Ah, ¿se refiere a la señora que compartía el aposento con usted? No se preocupe, ya se encargaron de todo. Ella ya descansa en la paz eterna.

Una profunda tristeza desdibujó el rostro de Consuelo. Pensó que ni siquiera había tenido la fuerza necesaria para despedirse de su entrañable compañera de tantos años y exclamó en su corazón:

—Señor, que se haga Tu Santa Voluntad…

Luego se dirigió hacia la puerta con paso indeciso y lento. Al salir de la habitación encontró muchos rostros surcados por los años y miradas pausadas inmersas en un silencio supremo. Entonces otra anciana residente se acercó y le tomó la mano para integrarla a aquel nuevo grupo, trayendo de inmediato a su memoria el recuerdo de Olivita,

Absorta y profundamente conmovida, todavía una lágrima le recorría la mejilla. Se sentó en un taburete junto a la ventana, como quien hace fila junto a sus compañeros para esperar el próximo autobús, aunque esta vez sin ninguna prisa por llegar al destino.

De repente salió la dama voluntaria del cuarto y le dijo en voz alta:

—Hermana Consuelo, ya puede pasar al baño; le ayudaré a quitarse su hábito de monja.

Y por primera vez, desde que amaneció aquel día, Consuelo sintió la inmensidad de la ausencia…

Reflexión de la autora

Llegar a una edad longeva permite acumular experiencias, compartir con los seres queridos y contemplar el fruto de los años vividos. Este relato invita a valorar y respetar a los adultos mayores, cuya sabiduría enriquece a la sociedad, y nos recuerda que cada ser humano, sin distinción de edad, posee una dignidad invaluable y merece vivir rodeado de amor, respeto y consideración.