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Desempleo en Costa Rica: La relación salud mental-seguridad financiera

Por Emanuel Rodríguez Monge

El desempleo representa un desafío económico y social que influye en la seguridad financiera y el bienestar de los individuos. De acuerdo con la Organización Internacional del Trabajo, el desempleo se presenta cuando una persona capaz y dispuesta a trabajar no consigue un empleo remunerado (OIT, 2024). En Costa Rica, esta problemática constituye un reto importante por sus repercusiones en la economía, el consumo y el bienestar de la población. Aparte de las repercusiones económicas, la ausencia de trabajo puede causar efectos adversos en la salud mental, como angustia, perdida de autoestima, nerviosismo e inseguridad, por la presión económica y la imposibilidad de cubrir necesidades esenciales. Debido a esto, la conexión entre el desempleo, la economía y la salud mental se ha transformado en un asunto importante en el estudio social y económico del país.

Aunque Costa Rica no presenta una de las tasas de desempleo más altas de América Latina, sí mantiene cifras superiores a varios países de Centroamérica. Según datos del Banco Mundial, en 2025 Costa Rica registró una tasa de desempleo cercana al 7%, mientras que Guatemala presentó aproximadamente un 2% y Nicaragua cerca de un 3%. Estos datos reflejan que, a pesar de la estabilidad económica relativa del país, el desempleo continúa siendo una problemática importante que afecta la economía y el bienestar de la población.

Con base en esto, se tiene que, el desempleo impacta de manera significativa la economía costarricense, ya que restringe la capacidad de gasto de las familias y disminuye la seguridad financiera de numerosos individuos. Al perder su trabajo, una persona sufre una reducción de ingresos y enfrenta mayores dificultades para satisfacer necesidades básicas como comida, vivienda o educación. Asimismo, el desempleo puede generar un aumento del trabajo informal, donde los individuos laboran sin seguridad laboral ni beneficios sociales.

Por otro lado, cuando un individuo posee ingresos reducidos o nulos, su poder adquisitivo se ve comprometido, por lo que aporta menos al mercado como consumidor. Esto, tratándose de una parte significativa de la población, llega a afectar de manera generalizada al PIB, y al progreso comercial de la sociedad costarricense.

De igual manera, el desempleo produce efectos tanto económicos como psicológicos. La tensión económica y la falta de claridad sobre el futuro pueden influir en la salud mental de los individuos, generando estrés, ansiedad y sensaciones de frustración. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el desempleo constituye uno de los factores sociales que pueden impactar de manera adversa el bienestar emocional y elevar la probabilidad de trastornos mentales como la ansiedad y la depresión (OMS, 2022). En Costa Rica, estas circunstancias impactan especialmente a quienes enfrentan extensos intervalos sin trabajo o dependencia económica familiar, evidenciando la conexión entre estabilidad financiera y salud mental.

En fin, a modo de conclusión, se tiene que el desempleo constituye una de las principales problemáticas económicas y sociales en Costa Rica, por las diversas repercusiones que ocasiona en la salud mental y en la estabilidad financiera de la población. La escasez de trabajo restringe los ingresos de las personas, disminuye el gasto e incrementa la dependencia económica en los hogares, impactando de manera directa el crecimiento y la estabilidad financiera del país. Asimismo, el desempleo provoca situaciones de informalidad en el trabajo y de inestabilidad financiera que obstaculizan el crecimiento personal y profesional de numerosas personas. De manera similar, esta cuestión genera un impacto emocional y psicológico significativo. La presión financiera debido a la ausencia de ingresos puede ocasionar estrés, ansiedad, frustración e incertidumbre sobre el futuro. En numerosas ocasiones, los individuos sin trabajo sienten una sensación de inutilidad y ansiedad continua por no poder cubrir sus necesidades fundamentales o lograr una seguridad financiera. Esto evidencia que la economía y la salud mental tienen una conexión significativa, puesto que los problemas económicos afectan directamente el bienestar emocional de la gente.

Desde mi perspectiva, considero que el desempleo no debe ser visto solo como un problema económico, sino también como una circunstancia que impacta considerablemente la calidad de vida de los individuos. Pienso que a menudo se ignora el efecto emocional que genera la falta de estabilidad en el empleo, sobre todo en una sociedad donde el trabajo simboliza seguridad, autonomía y posibilidades de desarrollo. Por esta razón, considero que Costa Rica debe reforzar las oportunidades de empleo, la formación y la ayuda social, para mejorar no solo la economía nacional, sino también el bienestar emocional y la calidad de vida de sus habitantes.

Referencias

Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2024). Balance preliminar de las economías de América Latina y el Caribe 2024. CEPAL.

Organización Internacional del Trabajo. (2024). Panorama laboral 2024. Organización Internacional del Trabajo.

Organización Mundial de la Salud. (2022). World mental health report: Transforming mental health for all. OMS.

Banco Mundial. (2025). Tasa de desempleo total (% de la población activa total) (estimación modelada OIT). Banco Mundial.

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Ciencia con visión humanista y humanismo con visión científica

Por Dr. José Matarrita Sánchez

Introducción

La educación superior enfrenta actualmente el desafío de formar profesionales capaces de responder a las complejas demandas de una sociedad caracterizada por la acelerada innovación tecnológica, la globalización del conocimiento y la transformación permanente de los sistemas productivos. En este contexto, la educación técnica universitaria no puede limitarse a la transmisión de competencias operativas o conocimientos especializados, sino que debe promover una formación integral que articule el desarrollo científico, tecnológico, técnico y humano. En razón de lo expuesto, una vitrina educativa como la Revista Académica Arjé se convierte en una ventana hacia un mundo de oportunidades de cara a la articulación entre ciencias y humanidades.

El concepto de humanismo científico surge precisamente como una propuesta integradora que busca superar la tradicional separación entre las ciencias y las humanidades. Esta visión propone una ciencia orientada por principios humanistas y un humanismo enriquecido por el rigor metodológico y la evidencia científica. Se trata de una síntesis que reconoce la importancia del conocimiento técnico sin perder de vista la centralidad de la persona humana. Respeto a la dignidad humana y desarrollo científico son realidades complementarias que deben avanzar en un marco de unidad.

Ciencia con visión humanista

La educación técnica universitaria tiene la responsabilidad de formar profesionales altamente competentes en sus respectivos campos. Sin embargo, el dominio técnico carece de sentido si no se encuentra orientado hacia la promoción del bienestar humano y el desarrollo social.

La ciencia con visión humanista reconoce que todo avance tecnológico per se tiene consecuencias éticas, sociales, económicas y ambientales que deben ser consideradas desde una ética de la responsabilidad. La pregunta educativa no debe limitarse a determinar qué puede hacerse desde el punto de vista técnico, sino también para qué debe hacerse y al servicio de quién está ese conocimiento.

La excelencia técnica encuentra así su complemento natural en la excelencia ética. En esta ruta de acción la Revista Arjé es una alternativa para dinamizar ese noble objetivo que consiste en maximizar las buenas prácticas bioéticas de cara a promover ciencia, tecnología y técnica de alta pertinencia.

Humanismo con visión científica

Por otra parte, el humanismo contemporáneo debe dialogar activamente con los avances científicos, tecnológicos y técnicos. Los desafíos asociados a la inteligencia artificial, la biotecnología, la automatización, la robótica, la ciberseguridad y la sostenibilidad ambiental exigen una comprensión rigurosa basada en datos empíricos interpretados de modo correcto.

Un humanismo desvinculado de la ciencia corre el riesgo de formular propuestas retóricas desconectadas de la realidad. Por ello, la educación técnica universitaria debe promover una cultura académica donde las humanidades, las ciencias sociales, la ética y la bioética interactúen permanentemente con las ciencias aplicadas, las tecnologías emergentes y las diversas formas de aplicar el conocimiento técnico para la empleabilidad, la innovación y el progreso humano integral.

El humanismo científico y su pertinencia práctica general

La educación técnica universitaria encuentra en el humanismo científico un paradigma particularmente pertinente. Desde esta perspectiva los artículos que serán promovidos en esta nueva sección de la Revista Académica Arjé deben integrar tres dimensiones fundamentales:

Saber

Corresponde al dominio de los conocimientos científicos, técnicos y tecnológicos propios de cada disciplina.

Saber hacer

Implica la capacidad de aplicar dichos conocimientos para resolver problemas concretos mediante procedimientos, metodologías y tecnologías apropiadas.

Saber ser

Comprende la formación ética, bioética, ciudadana y humanística que orienta el ejercicio responsable de la profesión.

Pertinencia de una sección de Humanismo Científico en la Revista Académica Arjé

La Universidad Técnica Nacional posee una identidad académica particularmente compatible con los principios del humanismo científico. Su misión institucional integra la formación técnica, la vinculación con los sectores productivos y el compromiso con el desarrollo humano y social del país.

Desde esta perspectiva, el humanismo científico puede constituirse en uno de los ejes orientadores de la formación universitaria al promover:

  • La innovación con responsabilidad social.
  • La investigación aplicada al servicio de las comunidades.
  • La transferencia tecnológica con criterios éticos.
  • La formación integral del estudiantado.
  • El fortalecimiento de la ciudadanía democrática.
  • La construcción de una cultura de paz y sostenibilidad.

La educación técnica deja entonces de ser únicamente un mecanismo de inserción laboral para convertirse también en un instrumento de transformación social, esa es una de las cuestiones esenciales de esta sección naciente.

Conclusión

El humanismo científico representa una respuesta pertinente a los desafíos educativos de la Costa Rica del siglo XXI. Su propuesta de una ciencia con visión humanista y de un humanismo con visión científica permite integrar conocimiento, tecnología, técnica, ética y compromiso social en un mismo proyecto formativo.

Para la educación técnica universitaria, este enfoque constituye una oportunidad para formar profesionales capaces de innovar con responsabilidad, investigar con sentido bioético y utilizar el conocimiento científico y técnico como una herramienta al servicio de la dignidad humana, la justicia social y el desarrollo sostenible.

En última instancia, la educación técnica universitaria encuentra su mayor legitimidad cuando contribuye simultáneamente al progreso científico y al florecimiento humano. En esta sección de la Revista Académica Arjé al igual que en todas nuestras actividades académicas aspiramos a fomentar más ciencia para comprender la realidad; más humanismo para transformarla en beneficio de las personas.

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Refugio Interno: una invitación a repensar la masculinidad desde las emociones

¿Qué ocurre cuando a los hombres se les enseña a ser fuertes, pero no a reconocer lo que sienten? Esta es una de las preguntas que atraviesa Refugio interno: una guía para hombres que quieren entenderse, sentirse y reconstruirse, de Marlon García Rivera, publicado en 2026 por el Departamento de Investigaciones de la Universidad De La Salle, Costa Rica.

Más que ofrecer respuestas rápidas, el libro propone detenerse a mirar aquello que durante mucho tiempo ha permanecido en silencio: las emociones, los mandatos sobre lo que significa «ser hombre» y los costos de sostener una imagen de fortaleza permanente.

Cuando «aguantar» se convierte en una forma de vida

El punto de partida de Refugio interno está en la experiencia del autor como psicólogo, docente universitario y terapeuta, particularmente en el trabajo con hombres y adolescentes. Desde esa experiencia, García Rivera identifica una situación que se repite: hombres que han aprendido a resolver, sostener y cumplir, pero que no necesariamente han aprendido a detenerse, sentir o pedir ayuda.

La obra cuestiona la idea de que la desconexión emocional sea una característica inherente a los hombres. Por el contrario, plantea que muchas de estas formas de relacionarse con las emociones son aprendizajes construidos socialmente desde la infancia y, precisamente por ello, pueden transformarse.

«Sentir no te hace menos hombre, te hace más consciente», plantea el libro.

Desde esta perspectiva, la fortaleza deja de entenderse únicamente como capacidad para resistir. También puede significar reconocer los propios límites, pedir apoyo y desarrollar herramientas para comprender aquello que sucede en el mundo interno.

Del silencio al lenguaje emocional

Uno de los ejes centrales de la obra es el denominado analfabetismo emocional masculino: la dificultad para identificar, diferenciar y nombrar las emociones.

El libro señala que muchos hombres no carecen de emociones, sino de un lenguaje que les permita comprenderlas y expresarlas. Cuando ese lenguaje no se desarrolla, emociones como la tristeza, el miedo, la soledad o la frustración pueden quedar ocultas detrás del enojo, el silencio, la evasión o incluso determinadas manifestaciones corporales.

Así, aprender a decir «estoy triste», «tengo miedo», «me siento solo» o «necesito ayuda» adquiere una dimensión que va más allá de la comunicación cotidiana: significa comenzar a reconocer la propia experiencia.

El libro aborda también cómo este aprendizaje repercute en las relaciones de pareja, en las amistades y en la posibilidad de construir vínculos emocionalmente significativos. Estar acompañado, plantea el autor, no necesariamente significa sentirse acompañado cuando no existe la posibilidad de compartir aquello que ocurre internamente.

La salud mental detrás de la hiperfuncionalidad

Otro de los aportes de Refugio interno consiste en llamar la atención sobre formas de malestar que pueden pasar inadvertidas porque no siempre parecen una crisis.

El hombre puede continuar trabajando, cumpliendo responsabilidades, produciendo y atendiendo a los demás mientras experimenta cansancio persistente, irritabilidad, desconexión, pérdida de interés o sensación de vacío. El libro denomina este fenómeno agotamiento silencioso y lo relaciona con una acumulación progresiva de emociones y necesidades que no han encontrado un espacio para ser procesadas.

En este contexto, pedir ayuda puede resultar particularmente difícil. Si la autosuficiencia se ha convertido en parte de la identidad, reconocer que se necesita acompañamiento puede sentirse como una contradicción con aquello que se aprendió sobre la masculinidad.

La propuesta del autor no consiste en eliminar la fortaleza, sino en redefinirla: pedir ayuda no implica perder autonomía, sino ampliar los recursos disponibles.

Construir un refugio diferente

El concepto que da nombre al libro aparece como una metáfora para pensar la relación que cada hombre establece consigo mismo.

Un refugio interno construido desde el silencio, la exigencia y la evitación puede convertirse en un espacio de aislamiento. Frente a ello, la obra propone reconstruirlo como un lugar donde las emociones puedan existir sin ser negadas ni juzgadas; un espacio que permita integrar fuerza y sensibilidad.

El recorrido concluye con una idea que resume buena parte de la propuesta: no se trata de dejar de ser fuerte, sino de dejar de sostenerlo todo en soledad.

En ese sentido, Refugio interno no plantea una oposición entre fortaleza y sensibilidad. Propone, más bien, reconocer que ambas pueden coexistir. La fuerza permite sostener; la sensibilidad permite comprender. Integrarlas abre la posibilidad de construir relaciones más conscientes consigo mismo y con los demás.

Una conversación necesaria

Con diez capítulos que recorren desde la construcción social de la masculinidad hasta la salud mental, las relaciones de pareja, las heridas de la crianza, la vulnerabilidad, la responsabilidad emocional y la construcción de un lugar interno seguro, Refugio interno propone una conversación sobre aquello que ocurre cuando las personas aprenden a esconder sus emociones en lugar de comprenderlas.

La obra puede leerse como una invitación a revisar algunos de los mandatos que todavía acompañan la experiencia masculina: «aguantar», «resolver», «no quebrarse» y «poder solo».

Quizá la pregunta que queda después de cerrar el libro no sea cuánto puede soportar un hombre, sino qué ocurre cuando finalmente se permite dejar de hacerlo solo.

Si desea leer el libro, puede descargarlo gratuitamente, desde el siguiente enlace: https://doi.org/10.5281/zenodo.22148669

Sobre el autor

Marlon García Rivera es psicólogo, docente universitario y terapeuta. Cuenta con experiencia en atención clínica privada, acompañamiento psicosocial, intervención en crisis y trabajo con poblaciones en condición de vulnerabilidad. Su trayectoria profesional se ha desarrollado principalmente en la atención a hombres y adolescentes, abordando temas relacionados con ansiedad, relaciones, autoestima, gestión emocional y masculinidades.

Referencia

García Rivera, M. (2026). Refugio interno: una guía para hombres que quieren entenderse, sentirse y reconstruirse. Departamento de Investigaciones, Universidad De La Salle. https://doi.org/10.5281/zenodo.22148669

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La Finca Experimental Fernando Varela Zúñiga: un aula viva para la investigación y la conservación

Por: Elsa López / Kimberly Alvarado Matamoros

La Finca Didáctica Experimental Fernando Varela Zúñiga de la Universidad Técnica Nacional, ubicada en el Coyolar de Orotina, en la provincia de Alajuela, con una extensión aproximada de 11,3 hectáreas, este espacio combina áreas de bosque secundario, sistemas agroforestales y cultivos, lo que permite integrar la teoría con la práctica en un entorno real. En el año 2019, la finca fue nombrada en honor a Fernando Varela Zúñiga, en reconocimiento a su aporte al desarrollo institucional, especialmente durante su labor en el antiguo Colegio Universitario de Puntarenas y su participación en el proceso de transición hacia la UTN. Este es un espacio que impulsa la investigación, la conservación y el aprendizaje práctico. Actualmente, la finca continúa desempeñando un papel fundamental como centro de aprendizaje, investigación y vinculación con la comunidad, promoviendo la sostenibilidad y el uso responsable de los recursos naturales.

En este escenario se desarrolla el proyecto Evaluación de la composición y estructura de la avifauna asociada a microhábitats presentes en la Finca Experimental Fernando Varela Zúñiga de la UTN, el cual busca conocer la diversidad de aves y la relación que mantienen con los diferentes ambientes presentes en la finca. Como parte de nuestra práctica profesional, tuvimos la oportunidad de integrarnos a esta investigación, el cual esta llevado a cabo por los profesores: Alejandro Zuñiga Ortiz y Silvia Ramírez Flores.

En este proyecto nos correspondió hacer observación y monitoreo de aves, sistematización información, así mismo, se usaron cámaras trampa para registrar la diversidad de fauna presente en el lugar. Durante el periodo de muestreo con las cámaras se logrado registrar la presencia de diversas especies de fauna silvestre, entre las que destacan el manigordo, oso hormiguero, mapache, zorros, coyotes, zorro pelón, zorrillo y pizotes, lo que evidencia la diversidad biológica presente en la finca. Esta experiencia nos permitió aplicar los conocimientos adquiridos durante nuestra carrera, fortalecer nuestras habilidades en investigación y comprender la importancia de conservar los ecosistemas que forman parte de este valioso recurso universitario.

La práctica profesional desarrollada en la Finca permitió aplicar de manera integral los conocimientos adquiridos durante la formación académica en la carrera de Gestión Ecoturística en el nivel de Bachillerato. A través de las diferentes actividades realizadas, asimismo, el desarrollo de esta práctica facilitó la adquisición de habilidades en investigación, manejo de herramientas digitales, trabajo de campo y análisis de información, aspectos fundamentales para el desempeño profesional en el ámbito ecoturístico.

Los resultados obtenidos evidencian la importancia de la finca como un espacio clave para la conservación, la educación ambiental y la investigación aplicada, así como su potencial para generar estrategias de manejo sostenible que favorezcan la protección de la fauna silvestre. En este sentido, la experiencia no solo fortaleció la formación profesional, sino que también reafirmó la relevancia del turismo sostenible como una herramienta para la conservación de los recursos naturales en Costa Rica.

La Finca Didáctica Experimental Fernando Varela Zúñiga es mucho más que un lugar para realizar investigaciones; es un aula viva que ofrece experiencias únicas de aprendizaje y contacto con la naturaleza. Invitamos a toda la comunidad estudiantil de la Universidad Técnica Nacional a conocer este espacio, recorrer sus senderos y descubrir la riqueza natural que alberga, aprovechando una oportunidad que fortalece tanto la formación profesional como el compromiso con la conservación del ambiente.

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La bendición que trajo Delfina

Por MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte. https://orcid.org/0009-0005-6079-4214

Hace mucho tiempo, en la provincia de Alajuela, en el corredor de un humilde rancho de madera, de apariencia desgastada, una mujer llamada Enriqueta sentaba a su pequeña Delfina a recibir la caricia de los rayos tibios del sol por las mañanas. La calidez del ambiente cobijaba a la niña, ofreciéndole un respiro en medio de las estrecheces que enfrentaba al lado de su madre. Enriqueta era su único sostén y quien le brindaba protección y afecto.

El rancho tenía una hermosa vista hacia el horizonte. Desde allí se podía contemplar el ganado recorriendo los potreros de la inmensa hacienda, los vistosos árboles frutales y a los peones entregados a la faena diaria de la tierra, bajo el inclemente sol o la fría lluvia.

La llegada de Delfina al mundo había sido, en sí misma, un verdadero milagro. Durante un embarazo complejo y lleno de quebrantos de salud, los médicos no auguraban un buen desenlace para la madre. Sin embargo, una noche de verano, la niña nació, desafiando todo pronóstico y aferrándose con fuerza a la vida.

Aquella gestación demandó sacrificios inmensos. Para poder alimentarse, Enriqueta dependía de las mazorcas de maíz que lograba recolectar en la milpa de la hacienda de los Arriola. Para conseguirlas, debía cruzar con mucha cautela el enmarañado monte para evitar ser descubierta.

Los peones de la propiedad, al notar la presencia de la mujer en su estado, preferían mirar hacia otro lado y disimular. Actuaban con empatía y guardaban un silencio respetuoso, pues conocían bien la injusticia que había detrás de aquella situación, ya que el dueño de la finca era el progenitor de la criatura. En el caserío donde vivían los peones con sus familias, todos comentaban que aquel sustento no era un favor, sino un derecho elemental para la madre y la criatura que se gestaba en su vientre.

Años atrás, cuando Enriqueta llegó a trabajar a la hacienda, se sintió sinceramente ilusionada por las promesas de don Jacinto Arriola. Incapaz de prever las intenciones de aquel hombre ventajoso, le entregó un afecto genuino, confiando en palabras que no tenían base ni sustento. Cuando ella le comunicó que esperaba un hijo, él reaccionó despidiéndola de inmediato en medio de acusaciones falsas, ocultándole la verdad a sus hermanas.

Aquella misma tarde, tras el injusto desahucio, don Jacinto partió a toda prisa en su caballo, como quien lleva una carga de conciencia que desea aligerar. En el trayecto, el animal resbaló en la calzada y el hacendado falleció al instante a causa del fuerte golpe que sufrió en la cabeza.

Tras la tragedia, sus tres hermanas solteras —Remedios, Francisca y Juana Elvira Arriola— quedaron a cargo de la administración total de la propiedad. Al conocer el estado de Enriqueta y saber que entre los peones y el personal de servicio se afirmaba que la paternidad era de su hermano ya fallecido, le permitieron instalarse en el antiguo rancho del capataz, ubicado en los linderos de la finca. Así intentaban brindarle algo de protección, aunque fuera a regañadientes y con desgano.

Desde entonces, Enriqueta camina a diario hasta la hacienda para conseguir alimento. Allí, las hermanas del difunto, aún resentidas y aferradas a un orgullo vano, la reciben con reproches y palabras duras antes de entregarle algunos víveres. Además, condicionan la ayuda a que realice alguna labor doméstica, como lavar los trastos o tender la ropa al sol, a pesar de que cuentan con dos criadas a su servicio.  De esta manera, someten a Enriqueta a una constante servidumbre.

Ajena al rencor del mundo, la pequeña Delfina aguarda en su silla de madera. Al ver a su madre regresar a lo lejos con la bolsa en sus manos, la niña de dos años grita con entusiasmo y celebra la llegada de las frutas dulces y verduras que tanto le gustan. Enriqueta evita llevarla consigo por temor a que las hermanas de Jacinto le hagan algún daño.  Sin embargo, cuando aquellas mujeres alcanzan a ver a la niña en brazos de su madre, quedan cautivadas por su dulzura. En sus rostros se trasluce el deseo oculto de querer abrazarla, pues reconocen en ella los rasgos de su hermano ya fallecido.

Así, en el ocaso de la tarde, se vislumbra un destello de esperanza para Enriqueta y un futuro prometedor para Delfina como única heredera de la Hacienda Arriola, al no existir ningún otro sucesor en la familia. De esta manera, la bendición llega por caminos inesperados para quien ha sido humillada y sometida a servir en medio de malos tratos.

Reflexión de la autora:

Como dice aquel antiguo refrán: “No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista” pues siempre va a existir algún consuelo ante las dificultades, es cuestión de esperar y tener fe en Dios. Las situaciones difíciles tarde o temprano llegan a su fin.  “Los molinos de Dios muelen despacio pero muelen fino.”

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Ausencia

Autora: María de los Ángeles Chacón Eduarte. 

ORCID: https://orcid.org/0009-0005-6079-4214 

Con los rostros semejantes a las hojas de un magazine francés, desteñidas por el paso del tiempo cuando el color adquiere una palidez suave y áurea; así lucían las caras de aquellas dulces ancianas, con sus lindos cabellos blanquecinos ceñidos en una trenza impecablemente elaborada.

Sentadas y apoyadas en el borde de los camastros podían contemplarse una a la otra, como dos seres que habían aprendido a convivir con la lasitud de los días, a quienes la vida parecía estarles concediendo un tiempo adicional debido a su extraordinaria longevidad, pues Consuelo Rojas ya rondaba los noventa y cuatro años y Olivita Johnson las noventa y seis primaveras.

Nunca estuvo entre sus aspiraciones casarse o formar una familia propia; sin embargo, conservaban una serenidad que pocas personas logran alcanzar. Habían transitado por la existencia encontrando satisfacción en el servicio a los demás, en las pequeñas labores cotidianas y en la tranquilidad que produce una conciencia en paz.

La vida se convierte entonces en un invariable transcurrir, donde el panorama se conoce a fuerza de contemplarlo todos los días desde la misma ventana; tanto así que al cerrar y abrir los ojos permanece allí la misma pintura del paisaje, etéreamente perpetuo, como si el tiempo hubiese decidido detenerse una tarde cualquiera, justo cuando comenzaron los dolores, la rigidez y las limitaciones propias de su avanzada edad.

¿Pero quién decide sobre los designios de la humanidad sino el Supremo y Soberano Creador que moldea los destinos con el cincel de la verdad, encuadrando un incomprensible devenir donde nadie sabe con certeza qué le concederá el mañana?

Existe de todo un poco en el viñedo de la creación; personas que gastan sus fuerzas persiguiendo afanes y otras que encuentran plenitud en una existencia sencilla y equilibrada.

Así vivían Consuelo y Olivita; amigas inseparables desde tiempos mozos. Durante décadas acompañaron a familiares, vecinos y conocidos en momentos de necesidad, permaneciendo junto a quienes sufrían, ofreciendo ayuda cuando era requerida y procurando aliviar cargas ajenas antes que las propias.

Ahí estaban hasta el final, compartiendo una misma morada con el fin de hacerse compañía y patentizar cuál de las dos partiría primero de este mundo. Pasaban los días incesantes con las pupilas vacías y turbadas por los años, pero profundamente conformes con el camino recorrido. A pesar de las limitaciones propias de la edad, conservaban una tranquilidad difícil de explicar y una gratitud sincera por la vida que les había sido concedida; en verdad se sentían plenas y realizadas.

Hasta que un día, entrada la noche, Consuelo sintió un frío que le recorría la espalda y que poco a poco le invadía todo el cuerpo, acompañado de un ligero desvanecimiento. Pensó entonces:

—Creo que ya llegó mi hora postrera… No voy a molestar a Olivita; al fin y al cabo es mejor que se dé cuenta mañana. Voy a fingir dormir y esperar a que esta tribulación termine pronto, de forma callada y discreta… Así mañana Olivita me ayudará a recibir la Santa Unción como despedida, sin tener que enfrentar llantos ni sufrimientos a medianoche; ¿para qué voy a adelantarle esa angustia?

Así se perdió entre pensamientos, sin fuerzas, hasta quedarse profundamente dormida…

Al cantar de los gallos llegó el nuevo día. La luz comenzó a filtrarse por la ventana y los primeros rayos del sol se dejaron sentir sobre el aposento. Así lo percibió Consuelo al abrir los ojos, todavía aturdida al descubrir que seguía con vida y que aquel episodio nocturno no había sido más que una falsa alarma, producto del frío desolador que la había sobresaltado durante la noche.

Después de elevar una larga plegaria en agradecimiento al Creador, se incorporó poco a poco y se dirigió a la cocina para preparar el desayuno ligero que solía compartir con Olivita. Más tarde se acomodarían en las poltronas del patio interior para tomar un poco de aire fresco y continuar con aquella rutina que, con el paso de los años, se había convertido en parte necesaria de su existencia.

Sin embargo, algo le resultó extraño. El tiempo avanzaba lentamente y Olivita aún no daba señales de haberse levantado.

Apenas terminó de preparar el té, afligida por una extraña sensación y un fatal presentimiento, se apresuró hacia la habitación para despertar a Olivita. Sobrecogida, mientras la incertidumbre secuestraba sus pensamientos, la llamó repetidamente.

Cuando al fin le tomó la mano, la encontró pesada e inerte. ¿Qué era aquello que estaba sujetando, lánguido y frío?… Aquella sensación helada le recordó el escalofrío que la había sobresaltado durante la noche.

El mundo se le vino encima, el silencio de la habitación se volvió ensordecedor y poseída de un estupor, Consuelo comenzó a suplicar por ayuda y sintió su vida desvanecerse en un agujero que la arrastraba hacia las profundidades; cuanto más descendía, más angosto y oscuro se iba tornando todo a su alrededor…

Horas más tarde despertó en un aposento diferente al que compartía con Olivita. No había ventanas; estaba completamente cerrado. Una mujer entró por la puerta y acercándose con amabilidad, le dijo:

—No se preocupe, aquí va a estar bien —dijo la dama voluntaria con una sonrisa serena.

Los ojos de Consuelo se humedecieron. —¿Dónde está Olivita? —preguntó con voz temblorosa.

 —¿Olivita? Ah, ¿se refiere a la señora que compartía el aposento con usted? No se preocupe, ya se encargaron de todo. Ella ya descansa en la paz eterna.

Una profunda tristeza desdibujó el rostro de Consuelo. Pensó que ni siquiera había tenido la fuerza necesaria para despedirse de su entrañable compañera de tantos años y exclamó en su corazón:

—Señor, que se haga Tu Santa Voluntad…

Luego se dirigió hacia la puerta con paso indeciso y lento. Al salir de la habitación encontró muchos rostros surcados por los años y miradas pausadas inmersas en un silencio supremo. Entonces otra anciana residente se acercó y le tomó la mano para integrarla a aquel nuevo grupo, trayendo de inmediato a su memoria el recuerdo de Olivita,

Absorta y profundamente conmovida, todavía una lágrima le recorría la mejilla. Se sentó en un taburete junto a la ventana, como quien hace fila junto a sus compañeros para esperar el próximo autobús, aunque esta vez sin ninguna prisa por llegar al destino.

De repente salió la dama voluntaria del cuarto y le dijo en voz alta:

—Hermana Consuelo, ya puede pasar al baño; le ayudaré a quitarse su hábito de monja.

Y por primera vez, desde que amaneció aquel día, Consuelo sintió la inmensidad de la ausencia…

Reflexión de la autora

Llegar a una edad longeva permite acumular experiencias, compartir con los seres queridos y contemplar el fruto de los años vividos. Este relato invita a valorar y respetar a los adultos mayores, cuya sabiduría enriquece a la sociedad, y nos recuerda que cada ser humano, sin distinción de edad, posee una dignidad invaluable y merece vivir rodeado de amor, respeto y consideración.

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“Thank you, life, for giving me so much.”

Hay historias que empiezan antes de nacer.

En una fotografía antigua, tomada en el país de Chile, dos jóvenes celebran su compromiso y unión, rodeados de familia y sueños, sin imaginar lo que la vida les depara. En esa imagen, detenida en el tiempo, también habita una ausencia: la de Marcela Sepúlveda, tía paterna de Izabella, cuya vida fue arrebatada durante la violencia política del golpe de Estado en Chile. Aunque Izabella aún no había nacido, aquella historia marcaría profundamente la manera en que aprendería a comprender el amor, la paz y la vida misma.

Nacida en San José, Costa Rica, creció en un entorno familiar amoroso, donde la lectura ocupó un lugar central. Su padre leía en voz alta novelas, historias policiacas y leyendas chilenas y costarricenses, sembrando en ella una relación temprana con los libros. Leer no era únicamente un pasatiempo, sino una forma de comprender el mundo. distinta. Introvertida y con dificultad para vincularse con personas de su edad, encontró mayor afinidad fuera de las estructuras formales. En el barrio, entre juegos, árboles y tardes compartidas, construyó un sentido de pertenencia más auténtico. Esa dualidad, entre el mundo interior y la vida social, marcaría su forma de relacionarse con el entorno.

A los once años, su vida se amplió al trasladarse a Canadá junto a sus abuelos paternos. Dos años después regresó a Costa Rica, pero con una mirada distinta. La experiencia le permitió comprender que existen múltiples formas de vivir y de entender la realidad.

Desde sus primeros años, valores como la amistad, el respeto, el compromiso, la puntualidad y la compasión formaron parte de su vida. Con el paso del tiempo, esos valores adquirieron una dimensión más profunda al comprender la historia de su tía paterna, Marcela Sepúlveda. A partir de ello, la paz se convirtió en un valor fundamental: no como una idea abstracta, sino como una convicción profundamente sentida, nacida de la conciencia de que la violencia y la guerra dejan heridas que atraviesan generaciones.

Izabella define su infancia con una palabra: “libre”. Libre de esquemas únicos, enriquecida por la convivencia de diversas tradiciones, formas de crianza y perspectivas de vida que no se contraponían, sino que se entrelazaban.

Con el paso del tiempo, la vida le presentó experiencias decisivas: el nacimiento de sus hijos, Fabián y Fiorella; el proceso de su divorcio; y, en 2025, el diagnóstico de Esclerosis múltiple. Cada una de estas vivencias le permitió descubrir en sí misma capacidades que no había imaginado: resiliencia, adaptabilidad, persistencia y una profunda gratitud.

Su forma de ver el mundo también evolucionó. Lo que suele llamarse madurez, ella lo nombra con humor “viejera”: una manera de elegir con mayor conciencia, de asumir riesgos significativos y de dejar pasar aquello que no aporta sentido.

Hoy, para Izabella, aprender significa no rendirse. Es avanzar, crecer, valorar lo vivido y compartirlo con otros. Su aporte en los espacios que ha habitado se basa en la coherencia: no exigir sin haber intentado primero, reconocer límites y acompañar procesos desde el ejemplo.

En el ámbito profesional, ha desarrollado iniciativas significativas en la Universidad Técnica Nacional, como la implementación de cursos optativos en traducción e interpretación, así como la creación de una instancia institucional dedicada a estas áreas. Estas acciones han permitido ampliar oportunidades para estudiantes y fortalecer el trabajo académico interdisciplinario.

A ello se suma su designación como Traductora Oficial del Gobierno de Costa Rica, un reconocimiento que no solo valida su trayectoria, sino que también conecta con aquella niña que descubrió en la lectura una forma de entender el mundo y de habitar otros lenguajes. En ese logro se entrelazan su historia personal, su vocación y su compromiso por tender puentes entre culturas.

Más allá de sus logros, lo que la motiva a seguir avanzando es la posibilidad de contribuir en la vida de otras personas. No desde la magnitud del impacto, sino desde la disposición constante de darse.

Al mirar hacia atrás, reconoce que los aprendizajes más valiosos han surgido de las experiencias más difíciles: pérdidas, fracasos y momentos de dolor que, lejos de detenerla, le han permitido reafirmar su capacidad de continuar.

Si pudiera dirigirse a su versión más joven, le diría que se tenga paciencia y que aprenda a quererse primero. Porque en ese acto reside la base para todo lo demás.

A quienes hoy enfrentan dificultades, les comparte un mensaje claro: no rendirse. En esa decisión se encuentra la posibilidad de seguir viviendo plenamente.

Hoy, al contemplar aquella fotografía que guarda como símbolo, comprende que su historia está tejida por lazos invisibles que trascienden el tiempo. En ellos reconoce una certeza que atraviesa toda su vida: el amor, incluso en medio del dolor, siempre prevalece.

Haciendo propias las palabras de Violeta Parra:

“Gracias a la vida, que me ha dado tanto.”

 Izabella Sepúlveda

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Naturaleza y alcance de la palabra Arjé

Dr. José Matarrita Sánchez.

Coordinador del Programa Institucional de Formación Humanística, UTN

Reseña histórica

En los albores de la presente Revista, surgió una conversación entre el compañero Alexander Porras y el suscrito, en dicha tertulia se pretendía asignarle un nombre adecuado al esfuerzo académico de consolidar pensamientos universitarios para su respectiva difusión, entre otros asuntos se buscaba pertinencia intelectual aplicada a la educación técnica universitaria.

Partiendo de la máxima que dicta que el lenguaje crea cultura me pareció oportuno sugerir el nombre de Arjé, este bello término proviene del griego ἀρχή (arché), posiblemente, uno de los conceptos centrales y de alcance universal de la filosofía clásica ¿Qué significa? Es mucho más que un comienzo, implica la búsqueda del sentido, del origen de todo lo que existe. Desde los Presocráticos, hablar del Arjé, sin duda, representó la búsqueda de aquello que explica la existencia de las cosas y les otorga unidad. Eso se busca desde esta prestigiosa Revista.

Con la venia de las autoridades universitarias del momento (2016), a todas luces, con ese nombre se trazó una ruta académica que vincula la labor investigativa con la búsqueda permanente de los fundamentos del conocimiento humano en plena armonía con el carácter técnico de la Universidad Técnica Nacional de Costa Rica.

El significado filosófico de Arjé

Tal como fue esbozado, en la cosmovisión presocrática, el Arjé era entendido como el principio explicativo de todas las cosas. Se buscaba superar los mitos y construir una explicación razonable para relacionarse con el contexto vital.

 Desde esta perspectiva articulada con la visión universitaria actual, el concepto de Arjé representa un puente entre la ciencia y la técnica, puesto que estamos ante la actitud teórica y práctica en convergencia, de los que no se conforman con las apariencias, sino que buscan las causas profundas de los fenómenos y las razones que sustentan la realidad. Estamos ante el paso de las entidades mentales (ideas o pensamientos teóricos) a las entidades reales (técnica aplicada que busca soluciones prácticas). Así pensamos el horizonte de la Revista Académica Arjé.

Revista Académica Arjé. Relación entre el nombre y su misión educativa universitaria

La universidad en general y la UTN, en particular, tiene entre sus fines esenciales la generación, conservación y difusión del conocimiento. No obstante, la labor educativa no se limita a una función de repositorio, más bien debe aspirar a estudiar y difundir las razones profundas de los fenómenos naturales, sociales, tecnológicos, técnicos y culturales. Saber cómo y saber para qué son tareas insoslayables de una universidad de naturaleza técnica.

Desde esta perspectiva, el concepto de Arjé se relaciona directamente con la misión de una universidad en el siglo XXI porque invita a:

  • Investigar los orígenes de los problemas actuales.
  • Fomentar el pensamiento crítico.
  • Promover el diálogo interdisciplinario.
  • Construir soluciones innovadoras para la sociedad.
  • Aplicar criterios éticos en la formulación teórica y aplicación práctica del conocimiento.

La UTN, por medio de la Revista Arjé, es un lugar de aprendizaje donde se estudian los principios que sustentan la realidad y se generan nuevas respuestas prácticas para los desafíos del presente y del futuro.

Conclusión

Al evocar el origen, el fundamento y la búsqueda de sentido, el término Arjé expresa la vocación académica de indagar las raíces del conocimiento y de promover una reflexión rigurosa sobre la realidad no solo con fines de interpretativos sino con la aspiración de transformar el contexto.

En definitiva, a través de esta narrativa se puede constatar cómo por medio de una conversación académica fraterna nació a la vida académica, para la Universidad Técnica Nacional, la Revista Arjé que simboliza el compromiso institucional con una investigación aplicada. En la época clásica y en la actualidad saber qué hacer con el conocimiento es una forma de buscar el principio explicativo de todas las cosas.

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Mila y la volanta

Autora:  MBA. María de los Ángeles Chacón Eduarte

Código ORCIDhttps://orcid.org/0009-0005-6079-4214

Les voy a contar la historia de Emilia, a quien de cariño le decían Mila. Era una muchacha de veintitrés años, de carácter reservado. Cada mañana bajaba al río a lavar la ropa, aprovechando las primeras horas, cuando aún era de madrugada. En aquellos tiempos, era costumbre lavar temprano para luego atender las faenas del campo.

Después de tender la ropa en las enredaderas y ramas frente al rancho, corría a la cocina y, en el molino, con el saquillo repleto de granos, molía el maíz y chorreaba el café. El olor se esparcía por todo el caserío. Cuando sus padres, Pedro y Clemencia despertaban, la mesa ya estaba servida con cuajada, tortillas y café endulzado con dulce de caña.

Emilia también elaboraba el famoso jabón de chancho, que vendía en todo el caserío los fines de semana. Se encargaba de las gallinas ponedoras, recogía los huevos y limpiaba los corrales. Como sus padres ya eran mayores, ayudaba incluso en la siembra, en la limpieza de granos y semillas, y hasta en el deshierbe de la huerta.

Por la tarde se ocupaba de los remiendos y bordados de vestidos, pantalones y camisas de manta y lienzo; después buscaba leña seca para el fogón. Era callada, reservada y hacendosa. Todos en el caserío admiraban su fortaleza y humildad.

Pedro, su padre, era peón en la hacienda de Tito Vargas, hijo de doña Virginia, la heredera del español don Bartolomé Vargas de la Peña, antiguo dueño de la hacienda conocida como San Bartolomé de los Cafetos. Don Bartolomé fue un inmigrante andaluz que falleció algunos años atrás y dejó la propiedad a su hija Virginia, quien vivía allí con su hijo Tito, de treinta y ocho años.

La familia Vargas de la Peña siempre había sido muy conocida en la zona por su trato cordial y su buena posición económica.

Tito solía pasar por el río con la yunta de bueyes, camino al pueblo, para atender asuntos de la hacienda. En más de una ocasión se cruzó con Emilia. Él la veía ir y venir, siempre ocupada en sus labores.

Un día, Tito se detuvo junto al riachuelo para dar de beber a los animales. Al pasar, Emilia tropezó, y él se apresuró para ayudarle a levantarse.

—Pero si sos Emilia, la hija de Pedro…

Ella le sonrió con timidez y amabilidad y, con un leve gesto, le dio a entender que podía continuar su camino.

Sin saberlo ella, esa misma tarde Tito se presentaría en la estancia, por encargo de su madre, para hablar con don Pedro con toda la seriedad del caso. Debía expresarle el deseo de doña Virginia de que Emilia asistiera a clases con el cura y colaborara en la hacienda bajo su amparo, pues había notado en aquella muchacha callada, trabajadora y recatada, virtudes que no pasaban inadvertidas y eran dignas de admiración.

Emilia, por su parte, aunque sintió una alegría honda en el pecho, siguió en lo suyo, callada, como si no hubiera escuchado nada.

Así fue pasando el tiempo. Emilia estudiaba por la mañana y ayudaba a doña Virginia en la hacienda por las tardes; por las noches colaboraba con su madre. Sin embargo, como la carga de trabajo se volvió pesada, Lupita la vecina empezó a ayudarle más a Clemencia en ausencia de Mila.

Doña Virginia, mujer seria, de buen juicio y ya entrada en años, con los meses fue tomándole un profundo cariño y respeto a Emilia.

Pues era una muchacha de conducta intachable y de buenas maneras, tal como la habían criado Pedro y Clemencia. Mila ayudaba en los quehaceres de la hacienda junto a otras tres muchachas, a quienes Tito y su madre también les brindaban ayuda.

Entre todas, Emilia era quien más destacaba, tanto por su dedicación como por su buen comportamiento: siempre sencilla y humilde.

En la hacienda trabajaban otros jóvenes, como Juancito y Timoteo, quienes también asistían a clases con el cura del pueblo. No todos, sin embargo, mostraban el mismo interés: muchos preferían el trabajo recio del campo, bajo el sol de los cañales, cafetales y sembradíos, sin mayor inclinación por las letras ni la aritmética.

Al cabo de dos años de asistir a clases, Emilia ya dominaba las cuatro operaciones fundamentales: sumar, restar, dividir y multiplicar. Escribía con letra clara y ordenada, y contaba con los conocimientos necesarios para llevar las cuentas de cualquier abarrotería. A ello se sumaban los oficios domésticos, que realizaba en la hacienda con gran esmero y dedicación.

Por tal motivo, Tito y doña Virginia le confiaban, por las noches, el manejo de las cuentas del comercio de la hacienda, donde ponía en práctica todo lo aprendido. Así, además de ganarse algún reconocimiento adicional, podía corresponder, en parte, a la ayuda recibida.

Pasado el tiempo, una de las hermanas religiosas que impartían clases en la casa cural se enfermó, por lo que debieron trasladarla a otra localidad con menos obligaciones. Ante la situación, doña Virginia habló con el cura, don Arnoldo Cascante, para que consideraran a Emilia como su reemplazo.

La noticia llenó de alegría a sus padres. Tanto así que don Pedro dispuso sacrificar una gallina criolla bien cebada para que Clemencia preparara su deliciosa gallina achiotada. Las mejores porciones fueron destinadas para doña Virginia y Tito.

La misma Mencha, como le decía don Pedro a Clemencia, fue a llevarles la cazuela con profundo agradecimiento, casi con los ojos nublados por todo el bien que le habían hecho a Emilia.

En el ambiente todo era alegría y felicidad, hasta que una mañana de diciembre Emilia tomó su bolsa de manta y salió muy temprano a hacer unas compras que le había encargado doña Virginia en el almacén de Chepito Flores. Ese día llegaba el tren de carga con jabón, velas, lámpara de aceite, telas y otras mercaderías. Emilia quería evitar las largas filas y conseguir todo a tiempo, por lo que llevó a Timoteo como acompañante, para que la ayudara con lo más pesado.

Aunque en la hacienda se producía y comerciaba casi todo lo necesario, había cosas que solo podían conseguirse en el almacén: jabón de tocador, con delicados aromas de violetas y jazmín para doña Virginia; la colonia para después del afeitado de don Tito y la Glostora; así como unas hermosas peinetas de carey color ámbar, finamente adornadas, para el cabello castaño de doña Virginia, quien siempre lucía pulcra y elegante.

También debía comprar telas para las enaguas, encaje blanco y lienzos de distintos colores, pues ella misma se confeccionaba la ropa. Emilia cuidaba cada detalle con esmero. En esta ocasión, además, debía traer dos ollas grandes de metal, algunos ungüentos medicinales, vino tinto y coñac.

Al acercarse al almacén de Chepito Flores, Emilia notó el alboroto y la algarabía de una boda. Había tanta gente y tanto movimiento que, sin darse cuenta, quedó detenida en medio del camino, sorprendida y sin saber cómo reaccionar, mientras los demás se apartaban hacia la orilla.

De pronto, la multitud comenzó a hacerle señas y a gritarle:

—¡Emilia, quítese, que viene la volanta!

—¡Emilia, córrase!

Pero ella, en medio del bullicio, no alcanzó a escuchar. Todo ocurrió en un instante. Lo último que vio fue a Timoteo lanzándose hacia ella, intentando apartarla, mientras otros corrían en su auxilio.

Emilia fue atendida por don Eusebio, el boticario, y llevada de regreso a su humilde rancho, con severos golpes y raspones.

Después de varios meses de convalecencia, su pie derecho quedó con secuelas: no podía apoyarlo bien y caminaba con dificultad. Ya no podía ayudar como antes en las faenas que requerían esfuerzo físico. Con tristeza, permanecía en silencio, como siempre, de manera reservada.

Durante las noches, cuando el caserío quedaba en penumbra y solo se oía el canto lejano de los grillos, Emilia permanecía despierta. No se quejaba, pero recordaba el instante del camino, el bullicio, las voces que no alcanzó a escuchar… y el accidente que marcó su vida. No lograba conciliar el sueño: pensaba en su madre, en el esfuerzo de su padre, en la mano generosa de doña Virginia… y en todo lo que sentía que había quedado inconcluso.

Una tarde, cuando ya pudo sentarse junto a la puerta del rancho, vio pasar a unas muchachas del pueblo que iban sonriendo por la calle polvorienta. Emilia las siguió con la mirada, en silencio. Fue entonces cuando comprendió que debía retomar el oficio de la enseñanza en la casa cural.

Días después, cuando el cura Arnoldo Cascante llegó al rancho, Emilia reunió el valor para hablarle:

—Padre… si Dios me lo permite, quiero preparar a los niños y jóvenes de este pueblo.

El sacerdote la miró con atención y ternura. —principalmente a las mujeres —añadió ella— Quiero enseñarles a leer y a escribir.

Don Arnoldo asintió con la cabeza despacio.

—Emilia, tienes toda la capacidad, paciencia y buena voluntad —le dijo—. Les harías mucho bien, porque enseñar también es servir, y en eso siempre te has destacado.

Afuera, el sol caía sobre los cafetales. El cura le dio la bendición y le indicó que, apenas estuviera restablecida, se presentara con las otras dos hermanas en la casa cural.

Cuando Emilia pudo caminar con mayor firmeza, comenzó a enseñar. Llegaban niños de todo el vecindario, con los pies descalzos y curtidos por la tierra; muchos apenas sabían expresarse con claridad.  La tarea no fue sencilla.

La ignorancia, por aquellos tiempos, estaba muy extendida, y no fueron pocos los que perdieron tierras, animales o bienes en manos de hombres letrados que, amparados en su ventaja, vivían de engañar a los más humildes.

Desde entonces, Emilia comprendió que educar era una misión importante que Dios le había confiado, y se dedicó con esmero a enseñar a niños y jóvenes a leer, escribir y contar.

Con los días, doña Virginia le cedió a Emilia una salita en la hacienda para que preparara a las muchachas también en algunas labores domésticas. Las jóvenes, los miércoles después de sus clases en la casa cural, acudían por las tardes a la hacienda. Entre ellas estaba Lupita, la muchacha que ayudaba a los padres de Mila en los quehaceres. Era mulata, de manos fuertes y sonrisa contagiosa.

El primer día, en la clase de cocina, Lupita dejó quemar el arroz de tal manera que el humo salió hasta el corredor.

—¡Jesús, María y José! —exclamó doña Virginia.

Lupita soltó la risa de inmediato:

—Doña Virginia, creo que sirvo más para ordeñar y arrear ganado.

Con la aguja tampoco tenía buen pulso. Sus costuras salían torcidas y desiguales.

—Esto no es lo mío —decía casi llorando.

Fue entonces cuando doña Virginia se integró de lleno en la enseñanza de las más jóvenes en los quehaceres domésticos.

Con toda la experiencia que había adquirido, comenzó a instruir en el oficio del bordado y en la preparación de remedios caseros, convencida de que la enseñanza también debía servir para la vida y el cuidado del hogar.
—No basta con leer —decía—.

Aun así, hasta Lupita llegó a desenvolverse con gran maestría en las labores domésticas bajo la guía de doña Virginia, y aprendió a escribir y leer de corrido con Mila.

Viendo el crecimiento de aquella obra, doña Virginia habilitó un salón más grande en la hacienda y encargó a Pepe, uno de sus peones, la construcción de varios escaños de madera. Con el tiempo, incluso los hombres mayores asistían a clases con Emilia cuando el trabajo del campo lo permitía.

Pero fueron las mujeres y los niños quienes encontraron allí un verdadero espacio para aprender. Así nació una obra que comenzó a transformar la historia: mujeres que antes no tenían acceso al estudio aprendieron y se fortalecieron, cambiando de manera profunda las costumbres y formas de pensar en el pueblo.

Con el tiempo, la fama de Emilia y de doña Virginia se extendió a otros lugares. Un día llegaron emisarios y personas de gran prestigio en busca de Emilia, pues deseaban llevarla a otra región donde pudiera compartir sus enseñanzas con más personas. Habían oído hablar de la paciencia con que enseñaba, de la bondad con que trataba a los muchachos y de cómo procuraba que hasta los más tímidos lograran instruirse y salir adelante.

Doña Virginia guardó silencio. Sabía que perdería a su mano derecha, a Mila, a quien había llegado a querer como a una hija.
Sin embargo, comprendió que Emilia estaba destinada a ser luz y guía para otros, y que su misión no debía detenerse.

Antes de partir, Mila dejó a Lupita al cuidado de doña Virginia, mientras que se llevó consigo a sus padres Pedro y Clemencia, quienes ya eran adultos mayores y necesitaban de su respaldo más que nunca.

El pueblo lloró la ausencia de Emilia, pero su trabajo no se detuvo. La semilla que dejó siguió creciendo: varias mujeres continuaron enseñando en el salón de doña Virginia, y la educación se volvió una parte importante de la vida cotidiana del pueblo.

Los años pasaron. Mila nunca se casó. Su vida fue la enseñanza; su vocación era formar niños y jóvenes. Tito, cada vez que viajaba, la visitaba. Le llevaba encargos de doña Virginia, quien nunca dejó de verla como una hija. Y en el pueblo, nunca la olvidaron.

Emilia caminaba con dificultad desde aquel accidente con la volanta, pero nunca permitió que aquello marcara su destino. Siguió adelante, firme, haciendo lo que más amaba: enseñar. Con el tiempo, fueron muchos los que aprendieron a leer, a escribir y a contar con Emilia.

Así, su vida no se midió por las dificultades que enfrentó, sino por el bien que hizo a los demás.

Reflexión de la autora:

Este relato rinde honor a la enseñanza y a todas aquellas personas que, a lo largo de la historia, lucharon para que la educación llegara a todos los estratos sociales. La salud y la educación deben ser siempre los pilares más importantes dentro de cada sociedad.